Centenares de oscuros relatos que, más temprano que tarde y con total justicia, serán olvidados por los lectores, marginados por los críticos y desconocidos por el autor.

miércoles 8 de julio de 2009

EL NUNCA MÁS




Desde allí no podía verse el mundo, aunque de vez en cuando se oían sus ruidos. El andar lejano del ferrocarril, las usinas de las fábricas y el motor de los automóviles. Todo llegaba difuso, entremezclado en el viento.

Los días parecían eternos, y transcurrían inmersos en una opaca melancolía. El pueblo era un testigo mudo del devenir ajeno; una comunidad solitaria que existía a través de la monotonía. Respiraba, sí; pero solo por no tomarse el trabajo de morir.

La escasez de alimento era nada más que una de las tantas miserias que había que padecer. Cada día la gente se moría extenuada de hambre y de trabajo, y sin embargo todos desafiaban al futuro, dispuestos a enfrentar el desahucio en nombre de un amor que en el fondo no sentían. Era una relación compleja; incomprensible, como la mayoría de las relaciones. Una simbiosis con base en el arraigo, y sostenida por la más cruel ausencia de imaginación.

El muchacho se paró a la vera de la ruta, dispuesto a abandonar para siempre aquel páramo, harto de que la nada y sus múltiples derivaciones lo esclavizaran como a una bestia inculta. Pero pronto se encontró acorralado por la desesperación, y se arrojó a la carretera con el afán de interrumpir un tránsito inexistente.

Sabía que su intento era inútil, pero quería agotarlo, vivirlo en toda su dimensión, explorarlo como si de una idea virgen se tratara. No podía regresar a su casa sin antes haber hecho todo lo necesario para modificar su destino. No deseaba ser como los demás; entregarse entre suspiros; guardar sus lamentos hasta la vejez. Quería ser distinto, aun cuando solo fuera por la nobleza de sus intenciones.

Pasó varios días solo con su obsesión, y ante el evidente fracaso escaló el terraplén y se recostó sobre las vías del ferrocarril. Ninguno de los habitantes del pueblo había llegado tan lejos. Jamás. Y aunque aquella fuera una hazaña sin testigos, el hecho mismo era un paso gigante en dirección al mundo.

“Alea jacta est. Es el tren o el nunca más”, pensó.

De pronto se oyó el silbido de una locomotora, se vio un humo negro e irrumpió un tren. Y eso fue todo. Su andar lejano llevó al pueblo los ruidos del mundo, y el viento se robó los sueños que halló a su paso.

Nadie percibió los matices de aquella tarde distinta y trágica. Y el nunca más se instaló en el pueblo para siempre.



FIN

8 lectores indignados:

marga dijo...

No hay nada peor que verse derrotado por la desesperación.

Saludos Yoni.

Julieta dijo...

Lo peor es entregarse sin luchar ,siempre hay algo mejor que puede ser posible....Beso

Mona Loca dijo...

Me gustó mucho la imagen de respirar sólo para no tomarse el trabajo de morirse...

Muy gráfica.

Creo que la voy a adoptar para ciertas situaciones con las que me cruzo en la vida cotidiana.


besos

Duquesa de Katmandu dijo...

Está bien, fue el tren.
Muy bueno.

beso,

berenice dijo...

Terrible Yoni,
El nunca más es una de las formas de la muerte.
Besos

La candorosa dijo...

La cruel ausencia de imaginación mata casi de igual modo que los trenes!!

Saludos!!

María dijo...

Debo escribir, según mi pensamiento que, lo peor que habrá de sucederle a este pobre ser, carente de imaginación para lograr girar el timón de su vida, y por qué no, la de su pueblo; es que volverá a poner los pies sobre la tierra, tánta veces como sea necesario, hasta aprender por fin, que en la vida hay que hacerle frente a las adversidades y no escapar de ellas.

Beso!

Vill Gates dijo...

Las salidas a veces tienen una dimensión temporal. Ahora no se ven, o no están, pero mañana pueden aparecer.
Bueno, creo que a eso lo llaman esperanza.
Muy bueno Yoni.