
EL ILUMINADO
Dulce espera
Miró detenidamente las paredes de su alcoba, y descubrió que todo en ella era enorme. La alfombra persa adecuada a su gusto, la mesa de cedro en la que solía jugar ajedrez con sus invitados, los finos adornos traídos de todas partes de Europa, los libros… todo. En los quince años que llevaba durmiendo allí, jamás había percibido esos detalles, pero con sus recursos de distracción agotados por completo las cosas eran muy diferentes. Había acumulado ansiedad por más de tres semanas, y cuando el aburrimiento se adueñaba de su mente no le resultaba sencillo evitar la desesperación.
Cuatro días y cuatro noches aguardando el arribo del viajero. Cuatro días y cuatro noches intentando disfrazar su obsesión por las respuestas que se aproximaban a bordo de aquel barco. Cuatro días y cuatro noches de tempestades precedidas por sueños trágicos. Cuatro días y cuatro noches.
Parado al pie del gran ventanal contemplaba la lluvia densa y persistente. El calor era sofocante, y la calma, casi insoportable. Por fin la fatiga estaba a punto de vencerlo, pero él continuaba espiando, como si ese simple hecho pudiera brindarle un panorama más amplio que aquellos cientos de metros de bosque que lo separaban del resto del mundo. No quería pensar en un naufragio, y sin embargo lo hacía todo el tiempo. Imaginaba al viajero en una carrera desenfrenada hacia el fondo del océano, y los pelos de la nuca se le erizaban. Si eso llegaba a ocurrir, si la pericia de los oficiales de a bordo se revelaba insuficiente para salvar el barco del oleaje o de los corsarios, el máximo anhelo de su vida se hundiría sin remedio junto con aquellos pobres infelices, y ya no habría para él ninguna oportunidad de salvación. Estaba indefenso como nunca, solo frente a un cúmulo de factores que no podía controlar a su antojo; y siendo uno de los hombres más poderosos de la tierra, la sensación le resultaba muy frustrante. Era tal el grado de desesperación al que había llegado, que ya asumía que el mundo entero ofrecía las mismas condiciones climáticas que la ventana de su alcoba.
De pronto, en el pináculo de su delirio persecutorio, el sueño postergado comenzó a imponerle su voluntad. Y eso fue un pequeño golpe de suerte, porque el hombre que en aquel instante cruzaba el océano para entrevistarse con él, solía olfatear con la precisión de un sabueso las ventajas que se le presentaban.
Entonces cerró los ojos y se quedó profundamente dormido; y cuando lo hizo, la lluvia cesó.
Bodelaire
Recién arribado desde el nuevo continente, y exhausto a causa de una travesía que había durado semanas, el cardenal Maurice Bodelaire relataba los pormenores de sus tres años de exilio, adornando convenientemente algunos pasajes para deleite del conjunto de borrachos que lo escuchaba en una taberna situada a pocos metros de un famoso burdel de los suburbios de Roma. Su aspecto abatido y su ropa andrajosa lo ayudaban a pasar desapercibido en el corazón de la ciudad que amaba.
En otros tiempos, el cardenal había sido un hombre poderoso dentro de la Iglesia, con fuertes influencias en Roma y otros centros neurálgicos del continente; pero su afición al alcohol -costumbre arraigada en él desde la juventud-, unida al consumo de algunas hierbas orientales no muy recomendables para un hombre encumbrado, había sido el caldo de cultivo ideal para el surgimiento de una versión libre de algunos textos sagrados que por fortuna para su pellejo alcanzó a destruir a tiempo. De cualquier modo, y a pesar de la falta de pruebas en su contra, no había logrado salvar su reputación, y aún existían fanáticos que clamaban por la hoguera.
De pronto, la nutrida actividad de la Iglesia en el nuevo mundo se convirtió en la alternativa más sensata para esperar a salvo que el asunto se diluyera, y de inmediato movió los hilos que le habían quedado intactos para embarcarse hacia el poniente como cabeza de una nueva expedición evangelizadora. Su vida continuaba en peligro, pero la distancia era un obstáculo difícil de enfrentar para sus detractores.
Maurice Bodelaire era un hombre de mundo, y disfrutaba transmitiendo sus vivencias. Sin embargo poseía una fuerte tendencia a la exageración, y solía distorsionar la verdad de los hechos en favor del interés de la historia. No volaba una mosca en aquella taberna mientras el cardenal despachaba salvajes con la espada teñida de rojo y el torso desnudo expuesto a las lanzas. Resulta irónico pensar que no fueron esas vivencias las que a la postre provocaron su absolución definitiva, sino un oscuro episodio ocurrido durante el segundo año de exilio, que a causa de sus peculiares características acabó viajando a través del océano hasta llegar a los oídos adecuados.
Puesto al frente de una verdadera cruzada evangélica que tenía por objeto realzar la importancia de su actividad en el nuevo mundo, Bodelaire se internó en la espesura de la selva al mando de una centena de hombres. Quería difundir la palabra de Dios donde nadie lo hubiera intentado antes. Al principio la expedición fue un éxito, pero luego sucedió lo impensado. Una noche, mientras adoctrinaba a una de las pocas tribus que no habían dado muestras de hostilidad, el cardenal fue mordido por una serpiente, y luego de varias horas entre delirios y fiebres altísimas terminó falleciendo ante la desesperación de sus colaboradores. A partir de allí, las versiones de los testigos se tornaron confusas: Una suerte de brujo o hechicero se pintó el cuerpo y organizó una celebración mística en la que participaron todos los hombres de la tribu mayores de veinte años. Entonces, en medio de bailes y frenéticos alaridos logró traerlo de nuevo a la vida ante los ojos atónitos de los europeos. Según los que presenciaron el hecho, había transcurrido más de una hora desde el momento de la muerte.
Luego de aquel suceso la expedición se dio por concluida, y ni bien los hombres se separaron, la noticia se diseminó con una velocidad fantástica. Pocos meses bastaron para que desembarcara en Europa una versión distorsionada del incidente, y una vez allí no tardó en llegar a oídos de los altos mandos eclesiásticos. El festín de los impíos –tal era el nombre con que se lo había bautizado- generó variadas opiniones y comentarios, y mucha gente comenzó a pensar que aquel cardenal era la llave hacia una información que había permanecido oculta durante varios siglos.
Un año más tarde, mientras las repercusiones del hecho comenzaban a desvanecerse y sus actividades literarias pasadas mantenían intacta la amenaza de la hoguera, Bodelaire recibió una carta que cambió por completo el curso de los acontecimientos. Un individuo con poder suficiente como para detener el proceso que se estaba gestando en su contra prefería dialogar en persona con él antes que arriesgarse al milagro de una nueva resurrección, y Bodelaire consideró que no era el momento oportuno para mostrarse reticente. Más allá de no poseer recuerdo alguno de su paso por el reino de Dios, tenía que inventar algo para venderle a su nuevo ángel de la guarda, y eso fue exactamente lo que decidió hacer. En pocas palabras, decidió utilizar sus dotes narrativas para convertir la fragilidad de una fe en certeza.
Con los ojos desorbitados y el estomago hinchado de alcohol, el cardenal Maurice Bodelaire continuó vomitando un sinfín de historias fantásticas en aquella taberna donde ya no cabía un alfiler; y no se detuvo hasta el día siguiente, momento en el que emprendió a pie los pocos kilómetros que lo separaban de su destino final.
La revelación
Cuando abrió los ojos, la luz solar se filtraba entre los pliegues del cortinado insinuando el día radiante que tanto anhelaba. Frente a esas nuevas condiciones climáticas su ánimo experimentó una leve mejoría, y al pararse delante del gran ventanal casi pudo sentir la proximidad del viajero.
Transcurrió la tarde entre las sábanas, inmerso en una profunda meditación. Ya no sentía ansiedad, y mucho menos desesperación. Luego de mucho tiempo, otra vez su mente era pura armonía. Algo en su interior le indicaba que la espera había llegado a su fin, aunque no pudiera aislar el motivo exacto de aquella certeza.
Al caer la noche un sirviente irrumpió en la alcoba portando una bandeja de plata con la cena, situación que le produjo cierto malestar. Llevaba meses sin experimentar una paz espiritual tan pura, y la profanación del silencio fue como un atentado.
“Mi señor, el cardenal Bodelaire aguarda por usted”, dijo una voz apenas audible a través de la rendija de la puerta.
La noticia no lo sorprendió, pero el estado de relajación interior que había adquirido a lo largo del día se desmoronó con escándalo apenas oyó los pasos de su invitado en la escalera principal. Se sentía agitado y confuso. La realidad había confirmado su instinto, y sin embargo, el coraje que lo había acompañado en la vigilia estaba flaqueando.
Maurice Bodelaire escrutó con la mirada a aquel diminuto hombrecillo que, como un niño pequeño, espiaba desde la cama tapado hasta la nariz. Habían pasado más de cinco años desde su último encuentro.
- ¡Maurice! Ven aquí, pensé que nunca volvería a verte.
- Bien sabe mi señor que no estoy en posición de negarme a su presencia, y bien sabe que lo haría si pudiera.
- Acércate muchacho, dejemos de lado el pasado.
El cardenal avanzó desconfiado, tomó una silla y la colocó junto a la cabecera de la cama. Más allá del mutuo respeto que insinuaban, el odio era el sentimiento dominante entre ellos. No lo demostraban abiertamente, pero allí estaba, agazapado, oculto, aguardando cualquier oportunidad para manifestarse.
El protocolo les demandó escasos minutos, y luego abordaron el asunto que los convocaba.
- Mi señor dirá cuál es el motivo real de mi visita.
- Maurice… ¿Hace cuántos años que nos conocemos? Los dos sabemos por qué estás aquí.
- Mi señor desea conocer el rostro de la muerte. Desea ver lo que nadie ha visto, anticipar su encuentro con El Creador.
El hombrecillo sonrió con un gesto aprobatorio. Su salud estaba muy deteriorada, y aunque él no lo hubiera mencionado, las palabras de Bodelaire daban cuenta de que se hallaba al corriente.
- Descríbeme lo que has visto y podrás seguir tu camino sin que nadie te vuelva a preguntar jamás acerca de aquellos libros.
- Si mi señor así lo desea…
- Ese es mi deseo.
- Entonces no encuentro razón valedera para privarlo de mi experiencia.
Una mueca de satisfacción se dibujó en el rostro ansioso del nuevo garante de la seguridad del cardenal.
- Por primera vez tomas una decisión sabia Maurice…
- Eso creo mi señor.
Cerrado el trato que le salvaba la piel, Bodelaire acercó la boca hasta el oído de su protector, y con un susurro lo invitó a cerrar los ojos. Solo cuando el hombre obedeció dio comienzo a su relato.
- Mi señor… todo lo que he visto es oscuridad. Una oscuridad plena, infinita, uniforme, sin pliegues ni aristas. Profunda; eternamente profunda. Vi, mi señor, una oscuridad opaca, sin blanco y sin negro. Una oscuridad sin el calor de un sol, sin luna y sin estrellas, sin viento, sin nubes… una oscuridad sin firmamento. Vi, mi señor, una oscuridad sin fe, sin Dios ni Lucifer, sin paraíso y sin infierno; una oscuridad sin cruz. Sin amo, orgullosa, dueña de sí misma, pero sin Ser, sin entidad, sin existencia. Vi, mi señor, una oscuridad sin elementos. Sin aire, sin fuego, sin tierra y sin agua. Una oscuridad inmóvil, monótona. Callada; horriblemente callada. Vi, mi señor, una oscuridad sin accesos, sin salidas… sin oportunidad. Una oscuridad sin arriba y sin abajo, sin puntos cardinales, ajena a las fronteras. Una oscuridad sin horizonte. Vi, mi señor, una oscuridad sin vida, y también sin muerte. Una oscuridad sin risa, sin lágrimas, sin amores ni odios, sin deseo, sin lujuria, sin placer y sin sufrimiento; una oscuridad insensible. Vi, mi señor, una oscuridad sin comedias, sin tragedias. Una oscuridad sin letras, sin pinceles y sin música. Una oscuridad sin arte. Vi, mi señor, una oscuridad sin mí…
Ni bien acabó con el breve relato que había producido sin premeditación, el cardenal se recostó sobre la silla tapándose el rostro con las manos. Al abrir los ojos, se encontró con un hombre devastado por su sinceridad, enfermo de pánico y desprovisto de la omnipotencia que solía proyectar amparado en la teoría de su propia infalibilidad. Era un hombre atormentado por una visión aterradora: El futuro menos pensado cobrando vida a poco tiempo del final.
En el instante en que abandonaba la alcoba como un hombre libre, Bodelaire observó la esperanza de su benefactor fracturada en decenas de minúsculas lágrimas que conformaban un llanto desconsolado aunque silencioso. Un llanto interior. Un llanto oscuro.
FIN




