Centenares de oscuros relatos que, más temprano que tarde y con total justicia, serán olvidados por los lectores, marginados por los críticos y desconocidos por el autor.

martes, 15 de junio de 2010

UN ARMA DE GRUESO CALIBRE (IV)

Cuestión previa: Última entrega de la saga. Luego volveremos al tenor habitual de este espacio. Muchas gracias por haber acompañado la experiencia.



UN ARMA DE GRUESO CALIBRE (ÚLTIMA PARTE)

LA SENTENCIA

Una vez esparcido el rumor sobre aquella peculiar ventaja anatómica, comencé a circular por los pasillos del colegio precedido por mi reputación, hecho por el cual los murmullos, las felicitaciones y las sonrisitas pícaras estaban a la orden del día.

Muy pronto la revolución que se generó alrededor de mi persona me obligó a dividir el universo femenino en varias categorías, siempre de acuerdo con el nivel de interacción que se daba en la práctica. En la primera estaban aquellas cuya osadía las había impulsado a experimentar el desafío de meterse entre mis sábanas, logrando completar la faena con éxito. Les seguían las arrepentidas de último momento que solo se habían animado a satisfacer mis ansias con maniobras incompletas o proezas de tipo oral. Luego estaban las curiosas, que si bien habían tenido algún tipo de contacto, el mismo solo podía calificarse como tibio, lejano, limitado a la manipulación o ajeno a la desnudez. Y en el escalón más bajo se ubicaban las amigas de la fabulación, que no habiéndose atrevido siquiera a hablarme de lejos, se vanagloriaban de haber protagonizado sesiones inolvidables que bien podrían haber sonrojado las mejillas de la mismísima Camilita Pedroza. Dentro de esta última categoría incluso llegaron a verse, en el gimnasio y delante de decenas de testigos impávidos, escenas de pugilato entre una novia y una amante, ambas impostadas e igualmente decididas a sostener la fábula.

Hay de todo en la viña del Señor, decía hace años mi abuelita con su dulce acento andaluz. Y no le faltaba razón.

Entre las conquistas más destacables de aquella época viene a mi memoria Selene Andrada, una pudorosa quinceañera de tercer año que cantaba en el coro de la iglesia, y que a la postre se reveló como una amante desenfrenada, imaginativa y, por sobre todas las cosas, discreta. También recuerdo la ductilidad de Marina Garrido, la entrega de Fernanda Romo y la elegancia de Flavia Oliver; pero ninguna podrá acercarse jamás al sitio de privilegio que guardo para Claudia ‘la tetona’ Garibotti, aquella pragmática adolescente que logró destrabar el conflicto cuando mi pudor de infante y la intransigencia de sus amigas estuvieron a punto de echar por tierra el histórico acuerdo alcanzado en la habitación de mi hermana.

Egresada del colegio dos veranos atrás, y conmigo ya convertido en un hombre de experiencia a pesar de que recién estaba cursando el tercer año, la tetona comenzó a exhibir una conducta de la que jamás había dado la más mínima muestra. Fue como si hubiera aguardado, paciente y calculadora, que fueran otras las encargadas de pulir hasta el punto justo mis habilidades amatorias.

Favorecida por el hecho de ser la inseparable compañera de estudios de mi hermana (a pesar de que cursaban carreras distintas), no le resultó difícil preparar el terreno para el encuentro, que finalmente ocurrió en un hotel alojamiento ubicado a dos cuadras de mi casa paterna la noche en que, con un manejo de los tiempos digno de elogio, cerró los libros en el preciso instante en que yo me disponía a salir, rogándome que le hiciera compañía hasta que el colectivo llegara a la parada.

Brindó Claudia Garibotti, aquella noche, una demostración de talento de alcoba que hasta la fecha no he vuelto a disfrutar de parte de ninguna mujer. Y una sentencia. Porque los pequeños retazos de gloria que un individuo puede arañar a lo largo de su existencia, llegan siempre en compañía de una factura, un contrapeso destinado a impedir que la suela de los zapatos remonte un vuelo nada recomendable.

Recostada en la cama con el pelo revuelto, un cigarrillo colgando de sus labios húmedos y la luz violácea de la habitación dibujando caprichosos reflejos en la redondez de su cuerpo desnudo, la tetona permaneció más de quince minutos en el más absoluto de los silencios. Quizás exhausta por la batalla. Quizás ebria de tanta pasión. O talvez —solo talvez— gobernada por oscuras meditaciones, por la responsabilidad que siempre conlleva la elección de las palabras correctas.

Cuando por fin se decidió a hablar, emitió un veredicto brutal. Tan lapidario como poético. Tan descarnado como sentido. Las palabras resbalaban en su boca con una estética que yo jamás le había oído en presencia de mi hermana. Una profundidad oculta en algún sitio recóndito de su pecho, y que se me antojó reservada a través de los años solo para florecer en mi exclusiva presencia.


“Vos sos un instante. Un instante de cielo. En tu vida solo vas a conocer relaciones efímeras, aunque reales. Porque ninguna mujer se va a arriesgar jamás a convertirte en una costumbre. En un amor. A quedar expuesta a la posibilidad de tener que olvidar.

Vas a conocer mil verdades. Orgasmos genuinos. Deseos atroces. Perversiones que hoy están más allá de los límites de tu imaginación. Llantos sinceros. Sonrisas del alma. Miserias del cuerpo. Fantasías inconfesables. Palabras inventadas. Elogios sufridos. Gemidos espontáneos. Un inmenso arcón de conductas femeninas vedadas al resto de los mortales. Pero vas a ser siempre una anécdota. Una anécdota de color en la vida de una o mil mujeres.

La idea es que te acostumbres, que no te gane la frustración del amor negado, porque esa es tu condena. Es el precio a pagar por el don que se te dio.

Ninguna mujer que se precie se va a arriesgar si se le concede, como ahora se me concede a mí, un momento para la reflexión”.


Dicho esto apagó el cigarrillo, tomó el teléfono interno, dio precisas instrucciones para prolongar la estadía y luego se comportó de un modo tal que me dio la impresión de que su única voluntad era la de dejar refrendada con hechos la sentencia, para impedir que operara el olvido.

De más está decir que su vaticinio se cumplió al pie de la letra, y que a más de veinte años de aquel día mi vida se encuentra signada por una compleja mezcla de variedad y fugacidad. Atrás han quedado innumerables Camilas, Fernandas, Marinas y Flavias, todas ellas desvanecidas en mi memoria luego de su propio instante de reflexión, aunque siempre habiendo expresado, en forma voluntaria o inconciente, su verdadera naturaleza.

Y yo me conformo recordando la sentencia de Claudia Garibotti, la tetona, la única mujer que, a su modo, ha logrado ganarle al olvido. Y lo hago sabiendo que en el fondo es un trato no exento de justicia. Porque soy un instante. Un instante de cielo. Una anécdota de color en la vida de una o mil mujeres. Pero una muy grande. Enorme.



FIN

jueves, 3 de junio de 2010

UN ARMA DE GRUESO CALIBRE (III)

Cuestión previa: Tercera entrega de un relato que no se ajusta al estilo exhibido hasta hoy en este espacio. Recordar la advertencia oportunamente realizada al publicar las primeras dos partes. Quedan ustedes -otra vez- debidamente notificados.



UN ARMA DE GRUESO CALIBRE (TERCERA PARTE)

LA RUPTURA

Hablar del oso Lampone implica la tarea de retratar en la mente del lector a un mastodonte de casi dos metros de altura y ciento diez kilos de puro malhumor, que por fortuna para todos los que aún nos hallábamos a medio camino entre el renacuajo y el hombre había egresado del colegio el año anterior, llevándose consigo su abultada maleta de abusos y vejaciones. Sin embargo yo continuaba temiéndole con la misma intensidad que aquel infausto día en que me lo crucé por primera vez y me obligó a hacer ciento veinte flexiones de brazos para evadir una paliza que, luego, de todos modos me propinó.

Hablar del oso Lampone implica, como dije al comienzo, hablar del músculo aplicado a la violencia por la violencia misma. De la cesión de útiles escolares a modo de tributo. Del peaje diario para transitar libremente por cada rincón del patio de recreo. De cabezas sumergidas en la profundidad de los inodoros solo por diversión. De súplicas ignoradas. De ruegos sin eco. De silencios forzados.

Hablar del oso Lampone implica hablar de todo eso, pero por sobre todas las cosas, implica hablar del novio celoso de Camila Pedroza.

Asumo entonces que ya no hace falta aclarar el motivo que me condujo a mantener mi conquista en el más absoluto de los secretos. Si bien Camila se encargó de amenazarme apenas acabó nuestro primer encuentro, lo cierto es que cualquier otro comportamiento habría puesto mi integridad física en serio peligro. Por supuesto que me moría de ganas por refregar en la cara de mis amigos la identidad de mi amante. Quería describir en detalle cada centímetro de su anatomía, cada una de las poses que me había regalado y cada grosería salida de su boca en el fragor de la batalla, pero no podía confiar en que aquel hatajo de desesperados, casto bajo protesta, fuera a mantener la compostura ante semejante revelación. Por lo tanto, y muy a mi pesar, prevaleció el instinto de conservación por sobre los alardes del semental. Y así continuó mi vida, oscilante entre los puños del oso pendiendo sobre mi cabeza como una espada de Damocles, y la caprichosa psicología de su novia, incomprensible para mi tierno cerebro preadolescente.


Cuando por fin pude convencer a Camila de utilizar sus reconocidas habilidades en el tratamiento oral del miembro masculino sobrevino la primera gran desilusión de mi vida sexual. Ese día comprendí que la única criatura con la cual puedo practicar dicha actividad sin causarle una muerte horrenda por ahogamiento es la pitón amazónica, cuyas mandíbulas superior e inferior se encuentran unidas por un ligamento sumamente elástico que le permite introducir en su boca objetos de un tamaño muy superior al suyo. Por lo tanto, si deseo mantenerme dentro de las convenciones, una generosa porción de mi aparato reproductor se encuentra circunscripta a los sitios que han sido diseñados para tolerar en forma más o menos decente una incursión completa. Y Dios sabe que no son todos.

Aunque no era precisamente una luminaria, llegó un momento en que la musa comenzó a aburrirse de mi inmadurez, y la marcha de la relación se tornó insostenible para ambos. Con la excusa de que el oso desconfiaba de su sinceridad, fijaba los encuentros en horarios que un niño de trece años no siempre estaba en condiciones de satisfacer. A veces me fugaba de casa saltando por la ventana de mi dormitorio, pero otras me resultaba imposible burlar la vigilancia de mi madre.

Así las cosas, quedé colocado en el papel del villano que abusaba de la niña inocente cuando le venía en gana, guiado únicamente por su apetito sexual y ajeno a los sentimientos de su víctima de turno. Una enorme falacia que, unida a las zonas de su cuerpo que por una cuestión de tamaño se hallaban vedadas a mi deseo, comenzó a minar su interés hasta llevarlo al punto crítico de la desaparición. La ecuación era simple: ella se divertía a dos puntas mientras yo sufría para cumplir con sus extravagantes demandas. Esa situación no permitía más que un desenlace, pero nublado como estaba por su sonrisa y su desnudez, yo era incapaz de tomar una decisión.

Aquella tarde de viernes me abordó por sorpresa al regreso de la escuela. Y al Igual que la primera vez, el futuro inmediato volvió a representarse en mi mente con una claridad meridiana. Mi aventura sexual clandestina y desenfrenada había llegado a su fin, y solo restaba la comunicación oficial para devolverme de un plumazo a mis célebres sesiones de inodoro, sitio del cual nunca había estado preparado para salir.

“No sos vos, soy yo”, comenzó diciendo. Según sus palabras, la diferencia de edad era un factor determinante para la separación, y sin embargo no daba la impresión de hallarse demasiado afectada. De cualquier modo, en los tres meses que llevaba nuestra relación yo había crecido. Ya no era aquel borrego vacilante y temeroso que podía ser sobornado para enseñar sus secretos frente a un grupo hembras en celo. Había dejado de ser un niño inocente para convertirme en un hombre, también inocente, aunque esa es otra historia. No estaba dispuesto a desaparecer sin la merecida indemnización, y por lo tanto mi contrapropuesta no fue tan precaria como aquel torpe intento de manosear las tetas de Claudia Garibotti.

“Voy a pelear por nuestro amor; estoy seguro de que el oso lo va a entender”, le dije con una calculada mueca de fastidio. Y su rostro palideció. Intentó convencerme de desistir, horrorizada con la idea de que un alfeñique de cuarenta y ocho kilos tuviera la intención de razonar con el oso Lampone, pero mucho más, intuyo, con la cuenta que aquel verdadero disparate podía traerle a ella. Pero como mi fingida tozudez resultó demasiado para sus argumentos, terminó ofreciendo lo que desde un principio yo había estado buscando.

Aquella tarde me despedí por la puerta grande. Fuimos a su casa y tuvimos una intensa sesión amatoria que culminó en el preciso instante en que la madre cerraba la puerta del ascensor al regreso de su trabajo. Nunca más volví a verla desnuda.

Más tarde, ya refugiado en la tranquilidad de mi hogar decidí que había llegado la hora de esparcir el rumor sobre las dimensiones de mi miembro. Deseaba cosechar los frutos de la fama, explorar nuevos horizontes, ignorante de que allí afuera no todas las mujeres eran tan osadas como la inefable Camila Pedroza.



Continuará...