Centenares de oscuros relatos que, más temprano que tarde y con total justicia, serán olvidados por los lectores, marginados por los críticos y desconocidos por el autor.

lunes, 29 de diciembre de 2008

EPÍSTOLAS GERMANAS (ANEXO)

Invitación epistolar de Erika Ribbentrop que a la postre desembocó en su fogosa relación sentimental (descripta someramente en el tercer intercambio) con el doctor Schroeder.

Aclaración: El siguiente texto no es de mi autoría, sino de mi amiga Celia, quien sacó de la galera el personaje de Erika luego de conocer el primer intercambio.






Queridos Profesor Von Riddelbaun y Doctor Schroeder:

Como hija de ambos -hablando en un plano puramente académico, por supuesto-, por considerarme un mero producto de sus impagables enseñanzas y, ante todo, por la autoridad que me confiere mi título de Doctora en Lógica por la Universidad de Oxford, me dirijo a ustedes, mis queridos Pigmaliones, con el ruego de que confirmen su asistencia a la cena del viernes en mi domicilio berlinés, ese que ambos, cada uno por su parte y méritos, tan bien conocen.
Llegada a este punto de mi vida, nada deseo más que aclarar mi postura ante la Ciencia, que es tanto como decir aclarar mis sentimientos. Mi propósito se funda en una idea obcecada, que desde hace meses me asedia: quiero, ansío, saber quién de ustedes es una tautología y quién una contradicción. Por descontado, de mi especialidad se infiere que tanto la tautología como la contradicción carecen de sentido si bien no son absurdas sino puramente simbólicas.
En resumidas cuentas, y por mostrarme cristalina, lo que deseo con todos mis ímpetus es saber con quién amaneceré el sábado próximo, si con la Filosofía o si con la Matemática.

Espero que respondan afirmativamente a mi invitación. Los aguardo a ambos pues de uno de ustedes dependerá la forma y el tamaño en que el sol salga para mí durante el resto de mi vida. Tengan en cuenta que en la actualidad vivo sumida en una tremenda crisis intelectual que me mantiene en perpetua incertidumbre.

Muchas gracias por adelantado.

Gracias especiales para usted, Doctor Schroeder, por el bellísimo poema de su autoría que ha tenido la gentileza de dedicarme y hacerme llegar.
Y gracias a usted, Profesor Von Riddelbaun por... por todo, ya me entiende,

Con admiración,

Erika Ribbentrop, su discípula,



Continuará...

sábado, 27 de diciembre de 2008

EL ALDEANO




Luego de que el avión privado aterrizara cerca de un pequeño poblado en el corazón de la selva amazónica, los dos hombres almorzaron sin ganas y comenzaron a aprovisionarse para la travesía. Contrataron a un aborigen para que oficiara de guía, y alquilaron una embarcación de tamaño mediano para no resignar comodidades. Cerca del anochecer ya tenían todo lo necesario para subsistir un mes sin apoyo logístico, pero la lluvia impidió su partida hasta la mañana siguiente.

A pesar de las advertencias que les habían hecho, los ocho días que duró el viaje río arriba resultaron muy placenteros, y en eso mucho tuvo que ver el guía, quien se reveló como un baquiano competente para reconocer el terreno y evitar el contacto con tribus hostiles. Y lo mismo sucedió a la hora de amarrar el barco y proseguir a pie a través del sendero que los conduciría a su destino final. El aborigen siempre sabía cuándo avanzar, cuándo detenerse y cuándo hacer un desvío para conservar la salud, así que los dieciocho días previstos inicialmente para cubrir la totalidad del recorrido se redujeron a catorce.


La choza se hallaba en medio de un claro abierto en la vegetación por la mano del hombre. Las paredes eran de madera y estaban en muy mal estado en comparación con el techo de escoba, que al parecer había sido reparado poco tiempo atrás. Los recién llegados aguardaron varios minutos en completo silencio, y luego aplaudieron para denunciar su presencia. Solo entonces, un hombre robusto y amodorrado emergió con dificultad de las entrañas de la vivienda. Sus facciones eran las típicas de cualquier europeo, pero el color de su piel y de sus cabellos evidenciaba la cruza de razas reinante en sus genes.

- Buen día amigo. ¿Se acuerda de nosotros?- dijo uno hablando por los dos.

- No.

- Somos los del emprendimiento económico. Hace tres meses mi socio americano estuvo aquí con usted- aclaró ya hablando solo por él.

- Entonces solo podría acordarme de su socio- contestó el hombre con inapelable lógica.

- Cierto. Es que pensé que se habría dado cuenta por nuestro aspecto.

- Lo imaginé.

Los empresarios lo invitaron con algo de vino buscando ablandar su ánimo para el negocio que debían tratar, y llamaron al guía para que se uniera al grupo. Se sentaron sobre la tierra húmeda, y a fuerza de sonrisas y bromas lograron generar un ambiente muy favorable a sus intenciones.

- ¿Pensó en la propuesta de mi socio?- dijo el hombre que había hablado en un principio.

- Recuérdeme cuál era- contestó el anfitrión revoleando los ojos y frunciendo la nariz como intentando traer algo a la memoria.

- El traslado de su choza a cambio de la indemnización.

- Es que ya le expliqué el problema a su socio. No es choza, es aldea.

- Es verdad- respondió el hombre concediendo la rectificación con ironía-, lo había olvidado. Necesitamos que mueva su aldea entonces.

- Eso también se lo expliqué- musitó el aldeano bastante ofuscado.

- ¡Oh sí! Por supuesto. Los Goloms no estarían de acuerdo.

- Exacto. Me alegra que recuerde el nombre.

- ¿Y cómo olvidarlo? Es lo único que conozco de ellos, porque jamás he visto uno- repuso el empresario con aire desafiante.

- Es una gente muy chiquita que se alimenta de vegetales, insectos y pequeños mamíferos que prosperan solo en esta parte de la selva. Y suelen ser muy tímidos y escurridizos- explicó el aldeano, quizás también con algo de ironía.

Los dos hombres cambiaron algunas impresiones en voz baja, y finalmente el otro tomó la palabra.

- Si es tan amable, ¿Podría enseñarme sus chozas? Soy científico, y me interesa conocer algo más sobre su civilización.

- Imposible. Duermen en el suelo, aquí mismo, donde estamos sentados. Y durante el día exploran la selva en busca de alimento.

- ¿Y a usted le molesta que nos quedemos aquí hasta la noche?- indagó con mucha cortesía.

- No, pero le advierto que no se mostrarán frente a ningún extraño. A mí me tomó cinco años ganarme su confianza.

- ¿Ni siquiera si nos ven con usted?- insistió el científico siempre cortés.

- Créame, hace años que estudio su comportamiento. Lo tengo todo descripto en tres volúmenes. No van a dejarse ver.

- Entiendo. Pero no se pierde nada con intentar.

- Si usted quiere…

En ese momento intervino el empresario, que no estaba tan entusiasmado con la idea de su compañero.

- Oiga, y si por ventura lográramos convencerlos… ¿Usted estaría dispuesto a mudarse a otro sitio con sus benditos Goloms?

- Supongo que sí, pero no se haga ilusiones.

Ayudados por el aldeano y el guía, quien había decidido dormir bajo techo en la choza, los dos hombres encendieron una fogata enfrente de un tronco volteado por alguna tormenta tropical, y allí se acomodaron para pasar la noche a la espera de los Goloms.

- Esto es ridículo- protestó el empresario cuando se quedaron a solas.

- Lo sé- respondió el científico-. Pero nos dará la oportunidad de extender la negociación. De otro modo habríamos tenido que marcharnos sin una respuesta.

Por la mañana el aldeano se despertó con los alaridos del aborigen. No solía levantarse tan temprano, pero el rostro aterrorizado del huésped lo convenció. Salió de la choza, y luego de superar la ceguera provocada por el exceso de luz, pudo ver el montón de huesos blancos apilados al pie del fogón. El guía gemía y balbuceaba palabras extrañas, pero la única respuesta que obtuvo fueron los hombros encogidos de su anfitrión. No había nada que ellos pudieran hacer.

Se metió en la choza con paso cansino, como si solo acabara de ver un nuevo amanecer. Abrió el segundo de los tres volúmenes sobre los Goloms, tomó el bolígrafo que el socio americano le había obsequiado unos meses antes y pasó las páginas hasta detenerse por el medio. Allí dibujó un prolijo asterisco, y escribió una nota al pie:

“Los Goloms comen varios tipos de vegetales, insectos y mamíferos pequeños que prosperan solo en esta parte de la selva; y también comen mamíferos grandes.”


FIN

lunes, 22 de diciembre de 2008

PEDIDO DE DISCULPAS


Estoy retrasado con las epístolas porque extravié (no definitivamente) la parte que tendría que publicar ahora. Si para hoy a la noche no la encuentro, iré mechando con otras historias hasta que lo haga o la vuelva a escribir (que para eso tengo una memoria casi infalible).

Un saludo navideño.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

EPÍSTOLAS GERMANAS (III)

TERCER INTERCAMBIO




Intimación de Von Riddelbaun a Schroeder

Estimado Doctor:

Aquí estoy, observando la persistencia de la nieve moscovita a través de la ventana de mi nuevo departamento. Ciertamente, un espectáculo maravilloso que usted debería presenciar en algún momento de su vida. En lo personal, la danza de esas minúsculas esferas blancas y etéreas me genera aquellos arrebatos de inspiración que hace ya tantos años me han colgado a la espalda la pesada mochila de la celebridad. De pronto me agito como un corcel a punto arrojarse al fragor de la batalla y libero toda la energía de mi ciencia en beneficio de la raza. No creo que exista un sitio más adecuado en la geografía europea para que arda el fogón invisible de mi creatividad. ¿No le parece? Descuento que sí.

Ayer por la tarde, mientras me debatía víctima de una de estas insobornables ráfagas de ingenio, se me ocurrió consultar un desarrollo matemático que hace algunos años llevé a cabo a partir del planteo de la ecuación de Ziegler y las refutaciones de Von Braun. Ingrata fue la sorpresa que me llevé al no hallar la carpeta en el segundo cajón de mi escritorio; y más tarde la desazón llegó a su límite con el fracaso de la búsqueda en las profundidades de mi archivo personal. Entonces, un tanto desesperado aunque todavía lúcido, recurrí a la libreta de “préstamos sin esperanzas de retorno” que guardo en la caja fuerte de mi dormitorio; y allí fue donde me topé con la solución del misterio. El mentado desarrollo (que sin duda es una de las joyas más preciadas de mi repertorio matemático) se encuentra en su poder desde el nueve de abril del año pasado. Por lo tanto, considero que ha llegado la hora de que usted evalúe seriamente la alternativa de una devolución que ponga a buen resguardo su honor. Sé que el secreto de mi teoría lo tortura, pero le pido que piense con detenimiento en lo que estoy a punto de decirle, y a continuación intente explorar las bondades de aquel sinceramiento expiatorio que alguna vez le sugiriera un enfurecido profesor Keppler: Si en el curso de estos quince meses no ha sido usted capaz de hacer fluir los intrincados mecanismos de su entendimiento, mucho más difícil será ahora que su atención ya se habrá concentrado en alguna actividad más reposada.

En otro orden de cosas le comento que han llegado a mis oídos algunos rumores no demasiado auspiciosos sobre la marcha de su relación con nuestra querida Erika. Circula la hipótesis –insólita por cierto- de que ella lo habría abandonado en Costa Rica hace varios meses, y ahora estaría viviendo un intenso romance con un camionero polaco experto en problemas de lógica. No sé cuánto habrá de cierto en todo eso, pero en nombre de nuestra amistad de tantos años me sentí en la obligación de contarle.

Le ruego que no piense que sigo resentido por el desenlace de aquella cena en la que ella, llorando a lágrima viva, se dejó conmover por ese estupendo poema que usted robó de la oficina del licenciado Richter una semana después de su muerte.

Aguardo que recapacite,

Profesor Arthur Von Riddelbaun




Reconvenciones de Schroeder

Estimadísimo Profesor:

En efecto, desde hace catorce meses tengo en mi poder un extensísimo documento que sin duda alguna es de su propiedad. No lo niego, ni pretendo disfrazar mi olvido con excusas de estudiante secundario. En el mejor de los casos mi actitud ha sido negligente, y me comprometo a reparar los daños –si es que los hubiere- con la mayor celeridad. Lo que me llama poderosamente la atención es que dicho documento no coincide en lo más mínimo con la descripción que usted me proporcionara en su última epístola.

Paso a explicarle la situación, querido amigo:

Usted me reclama la devolución de un sesudo desarrollo basado en la ecuación de Ziegler y las refutaciones de Von Braun, que es de su autoría; y lo que yo tengo delante de mis ojos es la ecuación de Ziegler (textual) con algunos desvaríos suyos al margen que, dicho sea de paso, son sugestivamente parecidos a las refutaciones de Von Braun. En síntesis, querido profesor, lo que está sobrando en este desafortunado incidente es su autoría. Por fin usted se saca la careta y demuestra esa clara voluntad de usurpación que lo acompañó toda la vida. Se conduce con el mismo aire expropiatorio que han revelado los grandes villanos de la historia en esa Rusia helada que no les resulta familiar aunque se esfuercen. Primero fue Napoleón Bonaparte, luego Hitler y ahora usted. Pero recuerde que la historia de la humanidad ha demostrado siempre un marcado afán de repetición. Y ese no es un dato menor; sobre todo cuando a renglón seguido me enrostra un solapado hurto literario que jamás cometí, llevando esta falacia a un nivel de crueldad e injusticia francamente intolerable. Pero bueno, a veces la ingratitud desconoce los límites del buen gusto, y yo, como siempre, le voy a dejar pasar el exabrupto en nombre de esa hermosa amistad que tenemos desde hace tantos años, y que usted insiste en maltratar cada cinco renglones.

En segundo lugar le informo que el profesor Keppler jamás me sugirió ningún sinceramiento expiatorio. De hecho fui yo quien le hizo a él una sugerencia de ese estilo, y como no la recibió de buen grado, hace veinticinco años que no me dirige la palabra. A propósito, si por ventura llegara a topárselo en alguna de sus orgías de creatividad sobre las nieves moscovitas, dígale que su último libro, “San Juan conoce a Heráclito”, apesta.

Por último, y para insuflar en su alicaído espíritu matemático una sensación al menos parecida a la felicidad, le confirmo que mi relación con nuestra amada Erika encontró un tormentoso final. Pero debo aclarar, para poner a salvo su reputación de compañera fiel y dama de recta conducta, que no fue ella quien me abandonó a mí, sino yo a ella. Y no hubo de por medio ningún camionero polaco experto en lógica, sino una camarera húngara ducha en cuestiones de horizontalidad (no estoy orgulloso de mi conducta pero es la verdad). Por otra parte, la crisis no tuvo lugar en Costa Rica sino en las paradisíacas playas del pacífico mexicano, y para su regocijo le confieso –solicitando su absoluta discreción- que a duras penas logré esquivar la amputación de mis tesoros más íntimos.

Quédese tranquilo profesor, no me cabe la menor duda de que su motor no ha sido el resentimiento. Aquella cena forma parte del pasado, y ahora me doy cuenta de que solo fue útil para profundizar esta estúpida brecha que existe entre los dos. Y así fue como terminamos a miles de kilómetros, en cuerpo y en espíritu. Yo, entregado bajo el calor del trópico a los brazos de la lujuria; y usted, abandonado a un exilio estepario sin sentido, congelado su corazón a causa de mi “sex appeal”. ¡Qué horror! Le prometo una pronta reparación que nos devolverá el afecto sincero. Vaya trabajando en ese ánimo festivo que alguna vez lo hizo famoso.

Contando con su sincera amistad,

Doctor Nicholas Schroeder



Continuará...

lunes, 15 de diciembre de 2008

EPÍSTOLAS GERMANAS (II)

SEGUNDO INTERCAMBIO




Precisiones de Von Riddelbaun

Doctor:

Debo admitir que su última misiva me ha dejado sumido en un estado de estupefacción del cual me cuesta mucho emerger. Más allá de que sus alteraciones mentales no son ninguna novedad para mí, en esta ocasión considero que ha llegado a lo más profundo de su universo fantástico; y para serle franco, me preocupa que ya no sea usted capaz de regresar jamás.

Al grano mi querido amigo, antes de que sea demasiado tarde para todos. Vamos a ver si echando mano a una agresiva terapia de choque podemos traerlo de vuelta al mundo de los cuerdos:

Usted no es un poeta. No lo fue en el pasado, no lo es en el presente y no lo será en el futuro. Lo único cierto es que al presenciar la vaporización del instinto maternal de su amada ciencia filosófica, perdió los estribos y quiso defender su posición insinuando unos supuestos efluvios poéticos que nunca existieron en su espíritu bestial. Hasta el día en que recibió mi correo no tenía usted la más pálida idea del significado de la palabra metáfora, y sin embargo ahora se enfunda sin vergüenza en su disfraz de Neruda con la sórdida pretensión de tomar por asalto el centro de la escena. Pero la maniobra resulta de por sí grotesca, y alcanza de sobra para ponerlo en evidencia. Es obvio que usted entiende tanto de inspiración poética como yo de apicultura, y esa realidad irremediable lo trastorna.

Cuando usted habló de maternidad, estaba haciendo referencia al acto de parir. En su sesera turbulenta flotaba una sola disciplina dando a luz al resto del universo científico para iluminarlo luego desde el Olimpo de las deidades. Ni más ni menos. No había poesía. No había metáfora. Solo su tristemente célebre concepción antropomórfica esparciendo el oscurantismo en los prados de la razón. Cuanto antes abandone esa horrible costumbre de mentirse, mayores serán sus probabilidades de recuperación.

A renglón seguido, ya en el colmo de su desvarío y agobiado tal vez por esa testaruda necesidad de asignar a cada ternero una madre, me atribuye la autoría intelectual de una supuesta relación familiar íntima entre la matemática y la filosofía. Parece que cuando se trata de malinterpretar las declaraciones ajenas usted es siempre el primero de la fila. Sin embargo, tengo el deber de aclararle que nada se encuentra más alejado de mi pensamiento, caro doctor. Lo único que yo sostengo es la ancianidad de la matemática, su preexistencia en el Universo y su completa autonomía como ciencia. Pero jamás he dicho nada respecto de sus aptitudes maternales, porque no las conozco. No ponga en mi boca palabras que nunca pronuncié; concéntrese en las suyas propias, que bastante bien se las arreglan para comprometerlo.

Por último, conmovido ante la noticia de que el tratamiento médico no ha tenido éxito en el intento de detener sus cada vez más frecuentes ataques de amnesia, cumplo en informarle –o mejor dicho recordarle- que obtuve mi título de ingeniero en el año mil novecientos cincuenta y ocho. Ni la matemática, ni la estadística ni ninguna otra disciplina fueron escollos para mi marcha demoledora. Deje de fabular.

Y por si mi testimonio no tuviera el valor suficiente para que usted deponga su actitud, adjunto una foto mía con la toga y el diploma bajo la axila. Ignore la mirada extraviada y las mujeres desnudas que aparecen en el fondo. Como usted nunca ha estado en una –sé, por una charla que mantuve hace meses con nuestra querida Erika Ribbentrop, que su título de doctor es más bien honorífico-, le cuento que así suelen ser las fiestas de egresados en estas tierras.

Sugiero que cambiemos el tema.

Con la cordialidad de siempre,

Profesor Arthur Von Riddelbaun


Comunicado de Schroeder

Profesor:

He decidido no agobiarlo con los detalles de mi brillante carrera universitaria. Las evidencias se encuentran al alcance de cualquier mortal con iniciativa, y son demoledoras. Ingrese a la página web de la Universidad de Harvard (única vía de acceso a esa casa para alguien como usted), y tómese el trabajo de buscar mis referencias. Por mi parte, considero probado su paso por el claustro universitario con la foto –por cierto bastante borrosa- de ese desnudista ebrio y desnutrido que me envió el otro día. El documento en su totalidad me produjo vergüenza ajena, pero luego de analizarlo con la cabeza más fría he llegado a la conclusión de que nadie afirmaría ser ese alfeñique mal terminado si de veras no lo fuera. Proclamo que la cartulina blanca enrollada bajo su axila es ese preciado diploma que lo habilita a tender puentes sobre el océano, y doy por terminado este desagradable incidente. Deseo olvidar esa imagen tan pronto como sea posible, y como a pesar de su última agresión epistolar a mí me cuesta demasiado borrar de la mente los malos recuerdos, acepto gustoso su propuesta de cambiar el tema de conversación.

En otro orden de cosas, veo que en su carta se animó a mencionar a nuestra querida amiga Erika Ribbentrop. Lo felicito; es un enorme avance de su psique. ¿Se da cuenta de lo que ha logrado? Usted traspuso por fin el umbral de sus represiones, y ahora se siente libre para pensar en ella. Incluso para escribir su nombre. ¡Oh dios mío! ¡Escribir su nombre! ¿No será un exceso de audacia? Puede ser, pero es evidente que ya ha jugado su carta. No hay vuelta atrás. Si persiste en el esfuerzo, en pocos años se hallará a las puertas de esa temida confesión que de seguro cambiará su vida para siempre. Pero no nos adelantemos; por ahora vaya para usted esta sincera felicitación, y mis mejores deseos para los desafíos que se aproximan.

A propósito de Erika, le comento que ayer por la tarde recibí un correo suyo con una propuesta por demás intrigante. Sé que estas son horas heroicas para su “Yo” tantas veces postergado, y créame que lo último que quiero es ponerlo a temblar de angustia; pero como la mencionada propuesta lo involucra también a usted, no me queda más remedio que transmitírsela. Y aquí va el asunto, crudo y textual, para que su corazón de enamorado no estalle a causa de la prolongación del instante: Erika Ribbentrop nos invita a cenar. A los dos. Juntos. Y no conforme con ese arrebato de impudor nos propone un juego que a mí se me antoja divertido, pero infiero que a usted lo colocará de cara a sus peores fantasmas. Ella, sugerente hasta en su caligrafía, promete que al concluir los postres uno de nosotros dos estará de más en la velada.

¿Qué le parece el convite?

Espero que esté de acuerdo, porque me he tomado el atrevimiento de aceptar en nombre de los dos. No me lo agradezca por favor; no se moleste. Descuento que en este preciso instante usted debe estar desbordado de júbilo, saltando y gritando -ahora que puede- el nombre de su amada.

Corra a revisar su guardarropa, verifique sus perfumes franceses y pida un turno en la barbería; piense que la del viernes puede ser Su gran noche.

Ansiando su triunfo definitivo,

Doctor Nicholas Schroeder



Continuará...

viernes, 12 de diciembre de 2008

EPÍSTOLAS GERMANAS (I)

PRIMER INTERCAMBIO




Primera epístola de Von Riddelbaun a Schroeder

Estimado Doctor:

Decidí sumergirme de lleno en la maraña de argumentos enfermizos que conforman los cimientos de su teoría, pero al cabo de algunas horas fui derrotado con estrépito. Lo admito bajo la sombra de una pequeña vergüenza, aunque en el fondo de mi ser entienda que esta derrota es el lógico desenlace que debe producirse luego del confronte entre una mente preclara como la mía, y una psique trastornada como la suya. Discúlpeme si se siente apabullado por mi sinceridad, pero las cosas son como son, y para los amantes del disfraz existen las fiestas de carnaval.

Usted sostiene, con una pasión a mi juicio desmedida (y hasta ridícula), que la filosofía es la madre de todas las ciencias. Y en tren de apuntalar estos nuevos devaneos de su intelecto, recurre una vez más al cucharón de la contumacia para revolver el contenido autoritario de su caldero y extraer un sinfín de postulados que solo son expresiones vivas de las más conocidas corrientes de esta filosofía maternal que pretende que nos traguemos sin la ayuda de ningún digestivo. Pues permítame que le diga algo, estimado doctor, con todo respeto: Ni el existencialismo, ni el realismo ni el idealismo van a servirle para explicar esta polémica maternidad. Tendrá que bombardearnos con razones mucho más sólidas, porque los que observamos el asunto desde la vereda de las luces pálidas no hemos logrado dilucidar cómo diablos ha hecho papá para introducir tamaña semillita en la panza de mamá.

Tomemos como ejemplo, estimado doctor, a la matemática, ciencia frente a la cual su protegida debiera ensayar una solemne reverencia, no sin antes tumbarse de rodillas para agradecer a los dioses por semejante privilegio. El Universo mismo está regido, en todo o en parte, por las leyes matemáticas. Es decir que esta disciplina es una pieza fundamental en la esencia del cosmos. ¿Comprende? La matemática no necesita del Hombre para imponer al Universo sus principios y sus fórmulas; estaba aquí mucho antes de que llegáramos nosotros, y estará aquí luego de que nos hayamos ido. En cambio, su idolatrada filosofía existe a través del Hombre, y solo a través suyo. Sin el Ser Humano no puede haber filosofía, ni nada que se le parezca. No estuvo en el mundo antes que nosotros y, ciertamente, no lo estará después. Piense y diga lo que le plazca, pero esta es una verdad incontrastable.

Se me ocurre una pregunta para que usted se de el gusto de ensayar otra de sus estrambóticas respuestas. Lo único que le pido es que en esta ocasión se ponga como objetivo lograr la claridad de la idea antes que la belleza en la exposición. Su última misiva fue poco menos que ininteligible.

¿Cómo puede una madre haber nacido después que su hija?

Es usted un orate.

Suyo,

Profesor Arthur Von Riddelbaun



Primera respuesta de Schroeder


Estimado profesor:

Decidí posar la mirada sobre el amplio círculo de mis amistades, y he notado que usted permanece dentro solo gracias a que le tengo algo de lástima. Sugiero que a partir de hoy nos relacionemos como lo que somos: Dos almas desnudas. Tome esto en cuenta la próxima vez que decida enviarme el testimonio escrito de su afecto.

Comienzo por aclararle, para tranquilidad de los dos, que su sinceridad me apabulla tanto como los arrebatos coléricos de mi nieta de dos años. Continúe en esa línea, que descuento va a acarrearle a su espíritu bufonesco muchas más alegrías que sinsabores. Por supuesto, siempre de frente a un auditorio que esté a la altura de su exposición vanguardista. Por ejemplo, mi nieta.

Veamos si a pesar de mis conocidas limitaciones intelectuales he logrado comprender correctamente el fondo de su sesudo argumento: La matemática, disciplina por culpa de la cual usted nunca obtuvo su título de ingeniero, se encuentra ubicada en el vértice superior de la pirámide científica, y de ella se deriva el resto del conocimiento humano. A continuación, preso de un irrefrenable arrebato de coraje, usted explica el milagro de la maternidad basado únicamente en el factor cronológico, habilitando al resto de la comunidad científica para enarbolar a la raíz cuadrada de dos como antecedente inmediato de la estética trascendental de Immauel Kant. ¿Y por qué no? Dos y dos son cuatro y de pronto hemos parido a Kant, a Platón, a Aristóteles, a San Agustín, a Descartes, a Schopenhauer y a Kelsen. Entonces el recorrido de aquella famosa semillita que papá dejó caer en la panza de mamá se presenta cristalino delante de nuestros ojos.

He decidido concentrarme -tal cual usted me lo solicitara en su última epístola- en la claridad de la idea; y pienso que si esta vez logra contener el brote psicótico hasta el final de la lectura, estaremos dando un paso enorme hacia el terreno de la concordia. Imagine los resultados: La paz definitiva entre el número y el verbo; la extinción del planteo acerca de la filiación; el triunfo de nuestra prolongada amistad sobre este ridículo altercado. ¿No sería algo maravilloso?

Respondo ahora su pregunta insidiosa sin evasivas ni elípticas:

En el terreno poético, en el reino de la metáfora, una madre puede nacer incluso milenios más tarde que su hija.

Espero que mis conclusiones no lo extravíen por completo de la realidad, sin embargo evidente.

Temiendo por su salud,

Doctor Nicholas Schroeder


Continuará...

martes, 9 de diciembre de 2008

UN TRANVÍA LLAMADO DESEO



No le parecía. Estaba seguro. Mientras él caminaba sumido en la batalla con sus demonios internos, la rubia que se topó cuando doblaba la esquina le había guiñado uno de sus ojazos color miel. El detalle era que el mensaje estaba llegando a su cerebro con dos minutos de retraso.

Corrió frenético por la calle diez de noviembre intentando distinguir a su musa entre una multitud de personajes que ahora le resultaban insoportables, hasta que, más debido a la frustración que al desgaste físico, se detuvo en la intersección con el parque. Allí obtuvo el segundo guiño del día, pero esta vez de la suerte. Con las manos afirmadas en sus rodillas giró la cabeza en la dirección del viento para inflar sus pulmones, y entonces vio a lo lejos el trasero de la rubia justo en el instante en que abordaba el tranvía. De nuevo emprendió la carrera, y de nuevo llegó tarde. La puerta de un amor efímero o eterno se le había cerrado en pleno rostro casi con indiferencia, y no pudo más que sentirse condenado a una soledad que no deseaba.

Se abalanzó dentro de un taxi y lo obligó a emprender una tenaz persecución, sabiendo que aunque había perdido de vista el tranvía en el tráfico, solo era cuestión de replicar su recorrido hasta encontrarlo en algún punto remoto de la ciudad. Para entretenerse mientras el conductor arriesgaba la vida de ambos, imaginó la trama de una novela que relataría las peripecias de un muchacho de barrio para reunirse con la mujer de sus sueños, y jugó con la idea de titularla “Un tranvía llamado deseo”. Su intención de plagio le arrancó una carcajada que el taxista interpretó como una aprobación a su forma de manejar.

En el momento en que la desesperación empezaba a convencerlo de abandonar la empresa, el chofer lanzó un grito al tiempo que golpeaba el techo del vehículo.

“¡Qué hembra dios mío!”

Levantó la vista y la vio. Cruzaba la calle paseando toda su voluptuosidad a escasos metros del vehículo. Otra vez la suerte le confirmaba su apoyo incondicional. Entonces pagó de apuro, y sin aguardar el cambio se arrojó a la vereda. Su musa se hallaba al otro lado de un mundo de automóviles que entorpecían su felicidad amparados por una simple lucecita verde.

Decidió no desviar la mirada de su objetivo, y cuando detectó el colorado por el rabillo del ojo apuró el paso para no dilatar la espera.

El ruido seco del impacto alteró la rutina de la zona por varias horas.

Mientras la viuda lloraba sobre el cadáver sin poder explicar a la policía su localización en un sitio tan ajeno a su cotidianeidad, un puñado de curiosos observaba la escena detrás de la cinta.

“Perdón señor, ¿sería tan amable de prestarme su pañuelo?”, preguntó la rubia, que había presenciado el accidente. “Es que desde hoy tengo una basurita en el ojo que me está volviendo loca.”


FIN

viernes, 5 de diciembre de 2008

LA CONDESA




Titulo completo: “De cómo reaccionó la condesa de Rossenflitz cuando fue sorprendida por su marido mientras jadeaba en los brazos de su amante, y de lo que luego se vio obligada a hacer para salir indemne.”

Cuando el africano se encontró con la humanidad del conde frente a sus ojos, se le ahogó el grito en la garganta. La escena no admitía segundas lecturas, y el hecho de que la condesa no hubiera oído el ruido de la puerta no fue de gran ayuda para los amantes. Antes de ser silenciada, la dama alcanzó a gritar unas loas al tamaño del miembro que aún exploraba en las profundidades de su cuerpo, e incluso dijo alguna grosería cuando el mismo le fue extraído.

Ni lerdo ni perezoso, el conde de Rossenflitz desenvainó la espada dispuesto a cortar de raíz con todo lo que sobrara en aquella alcoba traicionera. Sin embargo, ya fuera por el impacto que le producía esa visión o por hallarse midiendo las posibles consecuencias de su represalia, no se movió de su sitio.

“¡Aléjese de mí cochino abusador! ¡Cómo se atreve a tocarme con esas manos! ¡No podrá llevarse mi honra mientras aún me queden fuerzas para pelear!”, exclamó la condesa apenas su mente se enfrió lo suficiente como para comprender la gravedad de la situación. El negro palideció. Era un esclavo joven, fuerte y de gran porte, de aquellos que solían remar con grilletes en las galeras de Su Majestad hasta que el látigo se les llevaba el ánima; pero no era un bruto. De inmediato comprendió que le estaban retirando el apoyo del modo más bellaco, así que de un solo empujón arrojó a la arpía a los brazos de su marido, y se guareció en el rincón más alejado de la habitación, dispuesto a vender a precio de oro su cuero curtido por los azotes.

El conde no tenía un pelo de estúpido. La situación era demasiado evidente como para ser ignorada, pero al igual que el infortunado semental, comprendió que la salida propuesta por su mujer era la más decorosa para el matrimonio. Buen nombre y honor intacto para el conde, silencio y piedad para la condesa y acero cruel para el negro aventurero. El negocio perfecto en las manos adecuadas.

El esclavo era hombre ducho en el arte de la guerra, pero desarmado como se hallaba, no fue una presa difícil para el conde. Dos o tres movimientos bastaron para que el acero atravesara su carne sometida. Y eso fue todo. Antes de que los primeros rayos del sol asomaran en el horizonte, el teatro ya estaba listo para una nueva función.

“Pero ambos sabemos de sobra que tus carnes no son tan nobles como alegas”, fue la respuesta del conde ante la negativa de su mujer. “Es hora de que me des gusto, y te tragues de una buena vez tu maldito orgullo; que después de todo es lo único que exijo que tragues.”

Aquella noche la condesa accedió de buen grado a todas las exigencias de su marido, que por culpa de su estado de ánimo, no tenían nada de convencionales. Frente al cadáver tibio de su otrora amante, se sometió en silencio a los caprichos del único y verdadero dueño de su futuro; sin temor, sin odio y sin remordimiento. Tan fría y tan maquinal como había permanecido a la hora de sus anteriores traiciones. En el fondo, ya no le quedaban fuerzas para pelear por su honra.


FIN