Centenares de oscuros relatos que, más temprano que tarde y con total justicia, serán olvidados por los lectores, marginados por los críticos y desconocidos por el autor.
Imperatore lanza un ruego ocular a todos sus compañeros y a ninguno. No sabe. Nunca sabe. Pero el dramatismo de su ignorancia alcanza mayor pureza con la espalda contra el pizarrón. Está solo, de pie junto a un docente que insiste en formular esas preguntas que lo paralizan. Si tuviera algo que responder, no podría. Pero no es el caso.
“A ver Imperatare… si me dice quién era el presidente de los argentinos en el año mil ochocientos noventa y uno lo dejo volver a su asiento y me olvido del asunto.”
Imperatore conoce de presidentes lo mismo que de física cuántica. Algunos nombres rondan por su cabeza, pero ni siquiera está seguro de que hayan ejercido alguna vez el cargo. San Martín, Sarmiento, Alberdi, Rosas… para él son todos la misma cosa; personajes lejanos y oscuros que lucharon en la época en que el país estaba lleno de indios. La mayoría de ellos Aztecas e Incas. Está seguro de ese dato, porque esos eran los salvajes que dominaban a otras tribus más débiles como los Pieles Rojas y los Budas.
El docente aumenta la presión. Exige definiciones y recorta los plazos, sabiendo que el alumno no está a la altura del desafío propuesto. Imperatore percibe el final y oculta su indefensión detrás de un talante reflexivo. La hábil maniobra le regala segundos preciosos, pues parece a punto de escupir una respuesta salvadora. De hecho, gracias a esa magnífica puesta en escena, hasta sus propios compañeros se han convencido de que es su memoria -y no su astucia- la que acude al rescate.
El tiempo se consume y la cortina de humo se disipa. El fugitivo está desnudo y acorralado; tiene que jugar la última carta.
Imperatore conoce y comprende el procedimiento. Infla el pecho, elige un nombre entre tantos y lo pronuncia. Claro y seguro de sí, como siempre.
“¡Manuel Belgrano!”
Los acontecimientos se precipitan. La cara del docente y la de sus compañeros son claros indicadores de su paupérrima elección, pero él no logra contener las carcajadas. No sabe por qué dijo eso. Simplemente salió, como pudo haber salido Artigas, Rivadavia o Juan José Paso.
“Imperatore… eso no es desconocimiento. Eso es de puro bestia.”
Imperatore toma asiento. Esa era una de las únicas cosas que sabía antes de pasar al frente.
FIN
Abro los ojos y comienzo a sentir las ausencias. El silencio me impone su salvaje majestad, pero yo escucho el aullido de la belleza extraviada luchando en el infinito. Lo escucho siempre, aunque intente ocultar mi suplicio entre las sábanas, aunque me resigne a la contemplación de un mundo menos completo.
Cada noche se representa alrededor nuestro un drama que trastoca la forma de todo lo que conocemos, y de aquello que nunca vimos. Ese drama, silencioso y sutil, es hábil para disfrazar su presencia, y sin que nos percatemos nos obliga a vivir renunciando. Si al menos nos diéramos cuenta tendríamos un consuelo en la imposibilidad de obrar de otra forma; pero no lo hacemos, y vivimos oscurecidos por una especie de sombra, pendientes de una belleza que solo puede hallarse cuando no se le busca.
Faltan cosas en el mundo hoy, y faltarán otras mañana. Cosas que ayer estaban, cosas esenciales, víctimas de olvidos imperdonables y descuidos inconfesos. Cosas que por casualidad se pierden en un paréntesis abierto en la inmensidad. Cosas imprescindibles para el salto del alma voladora, que pasan a la historia sin la caricia de una mano amiga.
Abro los ojos al nuevo día y comienzo a sentir las ausencias. Desperdicio una lágrima, y me muero un poquito más.
FIN
Usted me jura, doctor Portaluppi, que nosotros mismos nos hemos convertido en el objeto de un experimento sociológico similar al que nos ocupa. Que somos cobayas; que observamos con estúpida fascinación esta pecera en la que hemos amontonado veinte animales inocentes, pero no somos capaces de percibir siquiera el reflejo del vidrio que nos mantiene cautivos. Y en el colmo de su frenesí revelador, me arroja en pleno rostro que a partir de esta nueva condición de la que apenas si alcanzamos a tener una tibia sospecha, estamos siendo analizados en nuestro proceder, en nuestras reacciones, en nuestros anhelos y frustraciones.
¿Está sugiriendo que estos indefensos ratoncitos se han puesto de acuerdo para desentrañar los misterios de nuestra personalidad? ¿De veras cree que estamos frente a una conjura urdida por un macabro grupo de roedores con oscuras ambiciones científicas?
Sí doctor Portaluppi, ya sé que lo suyo es solo una teoría. No soy un improvisado. Lo único que le pido es que me explique los dos o tres postulados básicos, no que la desarrolle por completo aquí y ahora.
¡Hable doctor! ¿Le parece que nuestro hipotético captor es alguien externo a la organización? ¿O lo tenemos enquistado en nuestro propio laboratorio?
Usted me tiene preocupado doctor Portaluppi, y le estoy hablando con absoluta sinceridad. La paranoia debe ser una enfermedad contagiosa, porque yo nunca lo había visto caer en esta clase de excesos del pensamiento. La respuesta a un problema complejo siempre será la más simple de las opciones. ¿Recuerda esa máxima? Solía ser yo el encargado de mantener con vida la posibilidad más remota. Usted siempre ha sido el frío científico con los pies en la tierra, y yo el soñador con ideas disparatadas. No a la inversa. Si justo ahora que estamos tan cercanos a la verdad definitiva decide zambullirse dentro de la pecera, mi querido Portaluppi… si abandona su capacidad de abstracción para internarse solitario en el oscuro territorio de lo concreto, estamos perdidos. Los dos.
Me gustan estos ratoncitos, doctor Portaluppi. Me he encariñado mucho con ellos. Se lo juro. Bueno; no con aquella rata grandota. Esa, la gris. No doctor, la de al lado, la de los ojos conspicuos. La que pretende ser todos y ninguno a la vez. Exacto, esa misma. Pero sí con todos los demás. ¿Me comprende? Su teoría, creativa y precisa como siempre, posee también un costado revolucionario. Y a esta altura del partido, mi muy estimado, yo ya no me encuentro en forma para ninguna revolución. Necesito transcurrir mis días en paz. No estoy de ánimo para pensar en ninguna conjura.
Doctor Portaluppi… ¡Eh doctor! ¿Está despierto? ¿Escuchó lo que estuve diciendo? No importa, le propongo lo siguiente: Si me devuelve mi quesito lo dejo corretear quince minutos en la ruedita. FIN

“Ahora sí que la jodimos Rigoberto. Sos un inútil. La idea era que aparecieras en el pico del desconcierto, y no cuando ya todo el mundo me estaba insultando. No sé para qué ensayamos tanto si después siempre termina todo en un desastre. Estoy harto de tantos tomates. Si al menos no estuvieran podridos…
El gordo acaba de despedirnos, y ya no tengo valor para pedirle una última oportunidad; así que a partir de hoy estamos solos. Vos y yo, como el primer día. Se me acabaron las ideas Rigoberto, y nuestra incompetencia es famosa en toda la región. Además, con la compra de aquellas palomas que se nos volaron se me acabó el dinero. ¿Qué vamos a hacer ahora?”
Con el hocico húmedo y la respiración agitada, el conejo olfateaba la galera en busca de su almuerzo postergado, revelando que la novedad no le resultaba tan inquietante.
Cuando el mago acabó con sus lamentaciones, el futuro, negro y cortísimo, comenzó a desafiar sus dotes de improvisación. Pero él estaba en blanco. Apenas llegaran al hotel y el viejo no viera un centavo de la malograda función, serían desalojados con toda justicia.
Miró a su compañero con un dejo de compasión, pero envidioso de su ignorancia. El mundo estaba listo para someterlos con su horrenda maquinaria de privaciones, y él solo era capaz de pensar en el almuerzo. Entonces comprendió que lo odiaba. Rigoberto lo había involucrado en un descenso hacia la miseria más cruel sin ofrecer nada a cambio. Era un farsante y un desconsiderado.
Mientras intentaba separar la carne adherida en las últimas costillas de su amigo, tomó la pata que había cortado con su cuchillo de acero alemán y la guardó en el bolsillo derecho del saco.
“Los conejos solo dan buena suerte cuando llegan al estómago”, murmuró en un suspiro brotado desde lo más profundo del alma.
Ni bien el viejo lo echó a la calle, destinó sus últimos ahorros a la compra de un billete de lotería. Luego se sentó a esperar su destino en un banco de la plaza.
FIN
Desenlace.Charlas con un ángel (VI)
Ángel: Ese es su famoso dios, mal que le pese. Algunos lo aman, otros lo odian, varios lo respetan y unos pocos se mofan de él; pero a nadie le es indiferente. En el fondo, es lo que ocurre con cualquier individuo que se hace notar. El que asoma la cabeza se expone a la mirada crítica de aquellos que no han tenido el valor para hacerlo. El mundo siempre se ha comportado de esa forma, pero en este caso, el sujeto tiene su cuota de responsabilidad. Ha dejado demasiadas cosas libradas a la imaginación de los demás, sembrando la duda y negando la certeza sin necesidad.
Yo: Supongo que Él sabrá lo que hace. Después de todo, nosotros somos demasiado pequeños para criticar sus métodos. Hay que admitir que carecemos de la información necesaria para emitir un juicio. Yo soy solo un hombre, y usted es solo un ángel. Ninguno de los dos posee naturaleza divina, por lo que es dable pensar que nuestras facultades para la comprensión de la realidad son muy limitadas. ¿Por qué pretendemos la certeza de su existencia? ¿Y si en cambio solo nos dedicáramos a vivir la vida?
Ángel: ¿Usted me está cargando? Ya le dije que no me gusta que abra la boca antes de exprimir un poco los sesos. ¿No ve que este es un tema sensible? ¿No ha notado usted que en todo el mundo la gente se mata entre ella con tal de imponer un nombre para ese dios desconocido? ¿Y todavía me pregunta por qué es tan necesaria la certeza? Imagine que mañana bajara ese ser celestial, y sin más preámbulos se presentara ante la raza humana con ese esplendor que tienen los entes de alto rango. Hola, mucho gusto, mi nombre es Juan de los Palotes y soy el dios del universo. ¿Qué tal? Se acabó la religión tal y como usted la conoce hoy en día. ¿Se da cuenta? ¡Sería algo maravilloso!
Yo: Usted está simplificando el asunto solo para dejar probado su argumento, y pienso que eso lo ha conducido al terreno de la inexactitud. Si mañana se le ocurriera bajar a la tierra –si es que para llegar hasta aquí tiene que bajar desde algún lado- nadie lo tomaría en serio. El mundo de hoy no es el de hace dos mil años. Todos lo acusarían de haber recurrido a la tecnología para darse aires divinos, y nadie estaría dispuesto a aceptar la muerte de su propia idea. Lo insultarían, lo apedrearían, y luego intentarían crucificarlo a la vieja usanza.
Ángel: Pero usted se olvida de que este visitante sería el dios verdadero, y no un loco mesiánico con ganas de ser adorado por un ejército de esclavos. Este detalle nos conduce de nuevo al asunto de las certezas. ¿Qué tal si, como quién no quiere la cosa, abriera una brecha en medio del Océano Atlántico o creara una cadena montañosa? ¿Y si hiciera resucitar a algún muerto ilustre? Y mejor ni hablemos si, solo para amedrentar, se le ocurriera arrojar un rayo fulminante sobre los primeros dos o tres mil herejes que se le cruzaran en el camino. Sería una demostración bastante más cruel, pero igual de elocuente que las otras.
En fin, a mí se me ocurrirían un millón de formas distintas de probar mi divinidad. El problema de fondo no sería ese, sino la obligación posterior de lidiar con el terror, la súplica y el arrepentimiento de los que solo se doblan cuando ello ya no acarrea ningún mérito. La valentía del ser humano es mucho más intensa en ausencia del enemigo, y eso, aunque ustedes no lo crean, es bien sabido en los estratos superiores del orden universal.
Yo: Me resulta curiosa la forma en que ha cambiado su postura frente al Creador. Ayer lo insultaba en todos los idiomas conocidos, y hoy su única crítica se centra en las dudas que sembró en el seno de una especie que usted aborrece. La verdad es que estoy desconcertado, pero celebro su renacido respeto.
Ahora me he quedado sin tiempo, así que si le parece mañana seguimos desarrollando este punto.
Ángel: ¿Cómo? ¿Todavía no le dije? Me temo que eso no va a ser posible. Ayer fui notificado de que van a devolverme mi antiguo puesto de trabajo. Hoy por la noche abandono esta fachada para siempre.Yo: Con razón. Ahora me queda todo más claro. Ángel: ¿Qué me quiere decir? No entiendo a qué se refiere.
Yo: Digo que es una pena que tenga que retirarse justo ahora que la charla se estaba poniendo interesante. Ya hemos analizado en detalle las cualidades más reprochables del ser humano, y habría sido bonito indagar un poco en sus propios defectos. ¿No le parece? Sobre todo teniendo en cuenta estas pequeñas modificaciones que introdujo en su discurso en las últimas veinticuatro horas.
Ángel: ¡No le permito! Yo nunca insulté a nadie, y por otra parte, mi espíritu crítico es el mismo de siempre. Usted quiere proyectar sobre mí todas sus miserias.
Yo: Caballero… cada uno a su casa, y con sus conclusiones bajo el brazo. Se nos terminó el tiempo. Tenga usted un feliz regreso al jardín del edén.
Ángel: Y usted una feliz existencia terrenal. Medite lo que le dije y se dará cuenta de que tengo razón: Mientras Él no aporte certezas, seguirá adelante el festín de los impíos.FINAL DE FINALES
Confesiones de un ser celestial.Charlas con un ángel (V)Ángel: Eres tan cruel como tu padre. Eso le dije. Ahora ya lo sabe. ¿Está contento? Si lo conociera como yo lo conozco, sabría por qué se lo dije; pero claro, ustedes los humanos prefieren la crítica sin basamento antes que la información valedera. Les encanta someter al indefenso, humillarlo, y de ser posible, obligarlo a declarar su culpabilidad desde el cadalso, frente al brillo de las picas de la multitud iracunda. Experimentan un placer casi sexual cada vez que alguien se arrastra desnudo por el lodo, implorando la misericordia de unos jueces que encarnan una moralidad teórica. Eso es lo único que sirve para saciar su morbosidad; todos lo saben, pero pocos lo dicen. Una vez que incurren en el error o en la crueldad, insisten con una agobiante tenacidad. Sin dudas son el cáncer del mundo.Yo: ¿Por qué se pone así? Yo no estoy juzgando su accionar, y no tengo planeado hacerlo. No tengo esa facultad. Si usted dijo lo que dijo, habrá sido por algo. Quédese tranquilo. Lo único que yo deseaba, siempre con su permiso, era analizar más profundamente esa frase. Percibo un sentimiento genuino expresado en poquísimos términos, y eso me parece maravilloso.
Ángel: No entiendo qué puede parecerle maravilloso en todo este asunto. Usted es un tipo raro, pero si quiere desmenuzar mis dichos en busca de esas verdades que lo obsesionan, no seré yo quien se interponga en su camino.
Yo: Se lo agradezco mucho. Lo primero que quiero decirle, aquí entre nosotros, es que no debió tutear al Cristo si no se hallaba expresamente autorizado. ¿Cómo se lo ocurre? Y encima para decirle esa barbaridad. ¿Se da cuenta de lo que hizo? Lo acusó de ser un personaje cruel y despiadado, y de paso metió al padre en la misma bolsa. ¿Está loco? Después de todo, Él, su padre y eso que llaman Espíritu Santo son la misma persona. ¡Por supuesto que él es como su padre! ¿Qué esperaba? ¡Él ES su Padre! Y usted lo sabe mejor que nadie. Ahora… lo de la crueldad corre por cuenta suya. La frase es un reproche, y eso no tiene discusión. Usted acusa sin ningún tapujo, y al mismo tiempo exhibe un resentimiento que involucra a todo el divino árbol genealógico. No me extraña que haya acabado convertido en piedra. Lo raro es que también le haya concedido el privilegio de conservar su aspecto angelical.
Ángel: Le anticipé que no iba a ser capaz de refrenar su instinto. No se sienta avergonzado señor, es un defecto de su especie. Usted no puede hacer nada para evitarlo. Le repito, por si en algún momento logro que se le grabe, que si lo conociera no pensaría de la misma forma. ¿Pero qué sentido tiene mi insistencia si usted ya ha bajado su martillo justiciero? Yo tengo merecido mi destino de inmovilidad, y todo lo demás no tiene ninguna importancia.
Yo: No se ponga melodramático, que yo salgo al balcón para distraerme un rato. Terminemos por hoy. Creo que esta breve introducción ha sido un buen pie para ingresar de lleno en el tema de mi dios. ¿No le parece? Mañana podrá ayudarme a conocerlo un poco más.
Ángel: Lo voy a intentar, pero no le aseguro resultados. Ustedes los humanos son criaturas muy tercas.
Yo: Lo veo mañana entonces.FIN
Algunos cruces de la cuarta charla. Naturalezas.Charlas con un ángel (IV)Ángel: No se engañe más, mi querido; se está causando un enorme daño psíquico. ¿Cómo quiere que se lo pida? El otro día hizo usted una referencia –muy atinada por cierto- al color gris con que me presento ante los ojos del mundo. Y yo le digo que con la verdad no se ofende ni se teme, siempre y cuando el contenido esté de acuerdo con la intención; y ese no fue su caso. Lo suyo fue un patético intento de desestimar mi condición celestial, o bien, de realzar su propia naturaleza cárnica. En cualquier caso, recuerdo pocas ofensas que hayan logrado enfurecerme tanto, y le advierto que llegado el momento apropiado me vengaré. Queda usted debidamente notificado.
Yo: Creo que está llevando las cosas demasiado lejos. Trate de serenarse. Olvidemos por un instante su velada amenaza de juicio, y centremos la atención en el asunto de mi autoengaño, en el daño psíquico que me estoy inflingiendo y en el color gris con que usted elige presentarse a los ojos de esta avenida. Si no completa su desarrollo, me va a resultar imposible ensayar una respuesta seria.
Ángel: Sí, por supuesto. Hablaba de mi color gris y de su estrambótico plan destinado a disfrazar sus defectos a través de un parloteo melindroso sobre la vida de los demás. Y con el agravante de que “los demás” es una criatura perteneciente a una especie evolucionada. ¿No se da cuenta de que mi problema es epidérmico? ¿No entiende que a mí siempre me queda la opción de recurrir a unas manos de pintura? Estoy hecho de piedra, mi amigo; no tengo poros. En cambio usted… ¡no me obligue a hablar!Yo: Hable tranquilo señor, que a esta altura yo no me espanto de nada. Estos diálogos han sido muy ilustrativos. Ahora comprendo que necesito que usted me ilumine para regresar al sendero de la verdad antes de que sea tarde. Ángel: ¿Todavía no lo entiende? ¡Estoy diciendo que usted se engaña a sí mismo con descaro! Su ser interior es de un irredimible color ceniza, y sin embargo se dedica a buscar la manera de maquillar el espíritu con dos o tres pigmentos que no forman parte de su insulsa colección de méritos. Por más que se golpee el pecho y me lance sus crueles carcajadas con el dedo índice apuntado entre medio de mis ojos, usted no ha tenido una mínima injerencia en la elección de su color de piel. Ha participado del gran sorteo cósmico, y se ha visto favorecido con un premio que lo conforma. Eso es todo.
Yo: Es imponente su capacidad para dar vuelta las cosas. Si mal no recuerdo, no fui yo el que comenzó con este tema de las diferencias de pigmentación. De hecho, tampoco fui yo el de la prédica hitleriana. Yo creo en una única raza conformada por todos los seres humanos, y sé que si algún día el planeta se torna inhabitable, no será a causa del color de sus moradores. Ángel: Por supuesto. Y todas las criaturas que no tenemos la gracia de parecernos a usted y a sus amiguitos amarillos, negros y rojos, somos desechables. Una actitud típica que los pinta de cuerpo entero. El límite último de su piedad, de su humildad, de su devoción hacia los seres que pueblan el mundo es su propia especie. Más allá de esa frontera moral que usted mismo se inventa, se convierte en la bestia que tanto aborrece. Allí deja de ser ese bello ser humano, culto y sensible, para transformarse en este horrendo ángel que tantas veces ha descrito.
Yo: Usted es un caso serio. En estas condiciones no se puede discutir. De cualquier modo, yo pensé que hoy íbamos a hablar de mi Dios. ¿Cómo fue que terminamos en esto?
Ángel: Habrá sido a causa de su soberbia, y le recuerdo que esa bella cualidad es uno de los siete pecados capitales que conducen directamente al infierno.
Yo: Déjese de tonterías. ¿Lo veo mañana a esta misma hora?
Ángel: Eso creo. No me voy a ir a ninguna parte. FIN
Un minúsculo pasaje de la tercera charla. Modos de pensar.Charlas con un ángel (III)Ángel: Pero por favor señor, no me cabe la menor duda: todos los ángeles son blancos y tienen el cabello repleto de hermosos bucles dorados como el sol. Le diría, casi sin temor a equivocarme, que esa es una condición sine qua non para ser admitido como ángel. No me quiero ni imaginar el desastre que sería el paraíso si estuviera poblado por criaturas imperfectas como los negros, los judíos, los chinos u otras razas inferiores que suelen prosperar en la miseria del mundo terrenal. Un sitio inhabitable. ¿No le parece?Yo: Usted es un ser horrendo. Le confieso que estoy aturdido, y creo que voy a vomitar en esa maceta. Realmente no sé qué contestarle. Se lo juro. Es que no me explico cómo diablos se convirtió usted en ángel. Una bestia dotada de un pensamiento tan retrógrado como el suyo no debería andar suelta, hablando con cualquiera que se le cruce. Más bien debería estar encerrada en una prisión federal, o al menos en el zoológico municipal. Esto es una atrocidad, un escándalo; un aviso de que Dios podría no ser esa entidad amorosa y comprensiva que el hombre siempre soñó.
Ángel: Bueno señor, tampoco es para que se horrorice de esa forma. Yo solo estoy diciendo lo que todos sabemos. Los blancos somos lindos, limpios y educados, mientras que las demás cruzas suelen ser feas, sucias y brutas. Y esta realidad también fue tenida en cuenta por Dios al momento de la creación; no se engañe. Lo que ocurrió fue que en lugar de eliminarlos como las ratas malolientes que son, prefirió dejarlos en manos de su hijo pródigo –el hombre blanco- para asegurarles varios milenios de abuso y opresión en un mundo acorde a sus merecimientos. Eso es muy evidente. Si hubiera querido salvarlos de sus penurias los habría destruido en ese mismo instante, pero no quiso privarnos de la diversión.
Yo: Esta ciudad está repleta de edificios antiguos que piden a gritos un ángel de piedra en su fachada. Entonces… ¿Por qué a mí? ¿Por qué se les ocurrió ubicarlo justo encima de mi balcón? ¡Qué desgracia!
Ángel: No se queje tanto hombre, que el mundo sigue siendo el mismo de siempre. Peor sería que le hubiera tocado un querubín, se lo aseguro. Usted no creería lo obstinadas que pueden llegar a ser esas criaturas.
Yo: Si me permite le quiero hacer una pregunta, y veamos si es capaz de responderla: ¿Quién le dijo que usted es blanco, rubio y con bucles? Yo lo veo gris, opaco y sin nada que se acerque a la forma de un rulo. Quizás los desechos de las palomas se asemejen un poco al dorado de sus sueños, pero yo le diría que más bien parece que fueran canas.
En síntesis, usted no posee ninguna de esas magníficas cualidades que considera indispensables en su especie. ¿No será esa la causa principal de su condena a la inmovilidad eterna?
Ángel: Creo que por hoy hemos tenido suficiente. Piense lo que le plazca, de todos modos las cosas son como son. Usted me está agrediendo solo porque no es capaz de tolerar la verdad. Si tiene ganas, mañana hablaremos de su famoso Dios.
Yo: Parece que finalmente se ha puesto nervioso. Aquí estaré, ansioso por continuar esta amena conversación. FIN
Transcribo ahora un fragmento de la segunda charla.Charlas con un ángel (II)Ángel: ¿Sabe por qué fracasó su bendita revolución? ¿Quiere que se lo diga con todas las letras? Se lo digo entonces, pero no vaya usted a enojarse por un simple juicio de valor que bien podría ser erróneo o falto de profundidad. Es mi opinión, y nada más que eso. Su revolución fracasó por carecer del elemental romanticismo que han sabido tener siempre las revoluciones destinadas a quedar inscriptas en las páginas más gloriosas de la historia universal. Lo suyo fue solo un triste conato de sublevación apenas distinguible de un motín carcelario bastante desorganizado. Para resumirlo en palabras más o menos piadosas, la única y última aventura de un teórico desocupado seguido sin demasiada convicción por un hatajo de trasnochados que no tenían para nada claros ni sus objetivos en esta vida, ni los de la revolución en la que participaban a causa de un error inducido o de una negligencia genética. Fue el exabrupto de un pensador inconforme nublado por el egoísmo, que prefirió soñar con la gloria personal y no con el bienestar de su gente.
Yo: Para ser un ángel condenado a posar ridículamente en esa fachada repleta de defecaciones de palomas, sus apreciaciones sobre mis asuntos son bastante agresivas. Al contrario de usted, yo pienso que fracasamos porque la sociedad no estaba preparada para recibir la libertad en las enormes dosis que nosotros pretendíamos inyectarla. La derrota obedeció más a cuestiones estratégicas que a deficiencias de liderazgo, y sostener otra cosa sería una injusticia de proporciones titánicas. Por otra parte, no comprendo cómo desde la pretensión de platicar acerca de la belleza del mundo, hemos derivado en el fracaso de mis sueños revolucionarios de juventud. Es una barbaridad que sospecho provocada por su manifiesta animosidad hacia mi persona.Ángel: ¡Cállese la boca hombre! ¡Por el amor de Dios! Deje de espetarme tamañas estupideces en pleno rostro, que mi paciencia no es infinita. ¿Sabe usted qué quieren decir exactamente los soldados cuando hablan con el pecho inflado del “orgullo de morir”? Imagino que no tiene la más pálida idea; de otro modo, el amargo destino de esa revolución de pacotilla que decidió armar como justificación de sus pobrísimas cualidades intelectuales habría sido completamente distinto. ¿No le parece?
Yo: No. No me parece en lo absoluto. Más bien sospecho que la exposición continua a la inclemencia de los rayos solares del mediodía lo ha empujado a realizar un forzado viaje –sin billete de vuelta- por el terreno de las divagaciones. ¿Qué es eso del orgullo de morir? Nadie que se encuentre en su sano juicio apoyaría una moción de esas características. No solo es disparatado, sino que es peligroso. Una cosa es morir con orgullo, algo que puedo comprender y aceptar sin oponer excepciones filosóficas de ningún tipo, y otra bien distinta es hallarse orgulloso por el hecho frío de la muerte. Eso sí que no tiene sentido.
Ángel: Vea buen hombre… cuando alguien entrega la vida por una causa noble, siempre lo hace con orgullo. Incluso puede verse conmovido por el hecho frío de la muerte. Aunque a usted no le parezca posible. Su proyecto revolucionario resultó un auténtico fiasco porque sus soldados –jóvenes cobardes e inexpertos- no conocían la causa de la movilización. Es más; ni siquiera habían ocupado su tiempo en las indagaciones más básicas. Así, apenas oyeron el estruendo de la primera bomba, corrieron espantados por los feroces ladridos de su propio instinto de supervivencia. Esa es la única explicación que tienen los sucesos.Yo: Usted habla como si hubiera sido testigo, y a mí me consta que no lo fue. Trate de no interpretar que he perdido los estribos, pero me parece que su famoso juicio de valor es un poco apresurado. Si bien no le estoy exigiendo una retractación, por lo menos lo insto a la pausa.
Ángel: Como quiera mi amigo. Igual ya me estaba cansando de la charla de hoy. ¿Por qué no vuelve mañana? A ver si nos entendemos mejor…
Yo: De acuerdo. Es una proposición sabia. Su primera actitud angelical en estos dos días. Buenas noches.
Ángel: Buenas noches.FIN
En la fachada del edificio en el que tengo instalado el cubil que de cariño llamo oficina, hay un ángel tallado en piedra. Ese ángel transcurre sus días justo encima del balcón de mi despacho, y aunque resulte difícil de creer, habla.
Transcribo aquí un fragmento pequeño de la primera de seis charlas que mantuvimos cada vez que nuestro carácter (de mil demonios por cierto) nos lo permitió:CHARLAS CON UN ÁNGEL (I)
Yo: No se desvíe del tema ni trate de utilizar recursos que no se corresponden con su naturaleza. Lo que acabo de preguntarle es muy sencillo de responder. ¿Por qué, habiendo tanto sitio en el cielo, usted ha sido enviado a una fachada tan insulsa como la de este edificio? No me diga que el hecho no es bastante sospechoso. Mientras muchos de sus compañeros se pasean semidesnudos de nube en nube, a escasos metros del Creador y amparados en una pretendida indefinición sexual que a esta altura ya nadie se traga, usted es obligado a permanecer en una inmóvil y, por qué no, eterna contemplación de la vía pública. Resulta obvio que en este asunto se me ha ocultado la mayor parte de la información. En algún punto de su turbio pasado, usted se ha mandado una macana de la cual todavía no ha sido absuelto. Y le digo más: Debe tratarse de una macana de las grandes, porque si no la desproporción de esta sanción sería aterradora. Es imposible que la organización celestial entera se haya edificado a partir de semejantes injusticias, y aún se siga hablando del reino de la felicidad.
Ángel: Me pregunto qué lo lleva a insistir tanto con el asunto de la sanción. ¿De dónde sacó esa barbaridad? ¿Quién le dijo que lo mío es un castigo? En su discurso exaltado, usted sopesa las bondades del reino divino y sale adulando lo celestial como si describiera un mapa que conoce de memoria. Habla por ignorancia, como todos los hombres. Y eso sin mencionar el tonito policial que intenta imprimirle a sus afirmaciones. Lo que en realidad ocurre es que, parado ahí, disfrutando el aire fresco en su balcón del último piso, no encuentra nada más divertido que discutir con este ángel que habita justo encima de ese depósito de aserrín que tiene por cabeza. Es lógico; desde su patético punto de vista yo poseo una existencia aun más miserable que la suya, y ese simple hecho lo hace sentir especial. ¿Cómo luchar contra este instante de gloria que decide regalarse? ¿Cómo devolverlo al mundo de las luces sin ocasionar una herida mortal en su orgullo inflamado? Imposible. Es mejor callar, e intentar introducir pequeños bocadillos en la charla para ver si se puede ahorrarle el disgusto de lucir esa camisa de fuerza que le depara el futuro cercano.Yo: Me deja mudo. Yo no quería ofenderlo, pero a la luz de su contestación parece que produje ese efecto. Tal vez no elegí bien el momento, nosotros no nos conocemos demasiado, y seguramente mi pregunta sonó a impertinencia. ¿Qué le parece si olvidamos todo y nos dedicamos a intercambiar impresiones sobre la belleza del mundo? No me va a negar que es un tema mucho más ameno.Ángel: Me da lo exactamente lo mismo. Usted elija el tema que más le guste, pero trátelo con respeto, y sobre todo, piense antes de abrir la boca. Así ambos podremos disfrutar lo poco que queda de esta tarde soleada.
FIN
Pequeña fantasía en tres episodios.
ALAS “ALAS SIGNADAS POR UN DE REPENTE INSENSIBLE A LOS MERECIMIENTOS”Esta mañana desperté con alas. Así, sin más. No hablo en sentido figurado; son dos magníficas alas plagadas de literalidad que brotan de mis omóplatos cubriendo por completo la parte trasera del cuerpo.
Imagino que debiera aflorar en mí un temor reverencial hacia lo pavoroso, y sin embargo siento mi espíritu pleno, inundado de una hermosura infinita y una inspiración profunda y poética. En el fondo, esta es solo una cosa más de las que suceden cuando uno enfrenta un nuevo día, y es muy importante que la mente esté receptiva.Se me ocurre solo una queja referida al color: Estas alas son negras, y a mí me gustaría que fueran blancas, o amarillas, o verdes, o de otro color que no me hiciera parecer un ángel de la muerte; pero asumo que son las desventajas acarreadas por la ausencia de elección.
Admirable; realmente admirable. Me gustaría deslizarme por la ventana y ensayar una nueva mirada del mundo, pero a plena luz del día solo voy a conseguir que la gente se asuste y me arroje piedras. Creo que, dadas estas particulares circunstancias, la protección nocturna es mucho más recomendable.
Pensando las cosas con detenimiento, descubro que la vista es el sentido que más me interesa estimular a través de mi nueva anatomía, hecho por el cual la noche representa un verdadero inconveniente. Es que en la oscuridad todo se disuelve dentro de una gran mancha caótica, y la ilusión que deposito en las emociones que me aguardan será defraudada por la irremediable realidad. Entiendo que mi primer vuelo se encuentra atado al deber de ser inolvidable, cargado de ese erotismo libertario que siempre anhelé, y orientado hacia un paraíso de jardines idílicos; por lo tanto no puedo dejar ningún detalle librado al azar. Debo pensar muy bien el dibujo de mi aventura en orden a optimizar el disfrute.
Otro problema que me preocupa es la imposibilidad de probar el instrumental antes de lanzarme al vacío. Tampoco es cuestión de emular a Ícaro solo en la parte del impacto. En esta habitación diminuta, la única certeza es que no me puedo suspender en el aire como un colibrí, aunque infiero que es una mera cuestión de tamaño. Como el cóndor o el buitre, requiero de las densas corrientes de aire para poder planear. Muevo las alas sin dificultad. Soy dueño de la misma conciencia instintiva de vuelo que puede albergar cualquier ave de las que pueblan el cielo y los libros de ciencias naturales, pero aún así tengo miedo. Un miedo racional. Un miedo humano.
Me dispongo a despojar el alma de su aridez intrínseca; esa misma que reina en mi especie. Quiero intervenir en la organización del mundo por vez primera. Quiero emanar la seducción de haberme consagrado como ave. Quiero ser diferente, y estoy en posesión de las armas adecuadas.
Medito aferrado en el marco de la ventana, tan ensimismado como para sentirme ausente. Ya no pertenezco al suelo. Ya no hablo el mismo idioma. Cuando me pose sobre la copa de algún árbol, cuando haya superado al fin todas las contingencias desagradables, cuando pueda plasmar mi drama en verso será el momento de contarles más. Hasta entonces, los dejo con el fruto de mis cavilaciones en prosa.
“ALAS PORTADORAS DE INTERROGANTES AMIGOS DEL VÉRTIGO”Desde aquí arriba la vista es maravillosa. Después de todo, la noche también posee un encanto particular, y me alegro de haberla elegido como marco.
Mi figura en cruz se eleva por sobre la chatura existencial del ser humano y sus penurias terrestres. Siento que no busco el idilio, sino que parto de él hacia un paraíso de esencias ajeno al de la Biblia. Por fin me he transformado en un individuo distinto; un ser superior condenado a la ostentación de su arrogancia desde el propio límite de su iluminación. Una genuina novedad que silba melodías sublimes apenas audibles para los mártires de la tierra, inmersos en actividades guiadas por un sagrado automatismo.
Si es que en realidad no soy Dios, al menos me le asemejo bastante.
Estoy agotado. Exhausto. Más allá de mi inapelable carácter divino me duelen las alas, y a pesar de esta incongruencia formidable necesito darles respiro. No creo que el reposo se encuentre reñido con la divinidad. ¿Acaso Dios no descansó el séptimo día?
Curioso. Muy curioso. Analizada desde la copa de este árbol, la imagen del mundo se torna angustiosa. Mi euforia mística desaparece por completo, y una vez más, lo paródico de la obra reclama de mi parte un papel comprometido. Pesada en el platillo de una balanza justiciera, mi pequeña evasión nocturna ya no me otorga esa excelsitud narcótica que recién creí detectar en mi naturaleza. Mis perfecciones ya no son tales, y aquella suficiencia orgullosa es ahora temblor y palpitaciones.
Tengo hambre, aunque sigo muy cansado para volar. La inminencia del amanecer exige una decisión urgente, pero yo no logro definirme. Si permanezco inmóvil seré descubierto, y si decido caminar entre la gente voy a despertar primero el pánico, luego la curiosidad, más tarde la incomprensión y finalmente un interés científico que me hará objeto de toda clase de experimentos macabros.
Pensándolo bien, y a pesar de este regreso a las fauces de lo ordinario, puede que en el fondo sí sea una criatura muy similar a Dios. Tal vez mi destino ha sido tergiversado por estas alas negras, y ya no debo vivir entre los hombres.
Cierro los ojos y me olvido de mis problemas. Espero no quedarme dormido, porque sería una calamidad.
¿Y si soy inmortal?
“ALAS SOMETIDAS AL ESCRUTINIO COLECTIVO EN BASE A SU SINGULARIDAD”Esta mañana desperté sin alas. Así, sin más. No hablo en sentido figurado; aquellas fastuosas alas de color negro que ayer adornaban mi espalda, hoy yacen inertes algunos metros debajo de mi posición. Oculto entre las ramas observo el revoltijo de plumas que hace las delicias de un grupo de infantes sin nada mejor en qué ocupar su tiempo.
Me dormí extasiado por la contemplación de mis virtudes, y despierto ciego en la densa bruma de mi ser ordinario. He perdido algo que debo recobrar, o este vacío hermético y opresivo permanecerá por siempre dentro de mí. Sin mis alas, aquella aspiración de inmortalidad redefine su plano estratégico. Ahora no poseo esa cualidad que habilita la soberbia. Ya no soy un unicornio. La fragilidad de mi alma, vulnerable a las primeras impresiones, me sustrae de la singularidad corrompida para arrojarme al reino de lo plural, de lo ordinario, de lo cotidiano.
Los niños han perdido el interés. Después de todo, no son más que unas cuantas plumas negras en proceso de descomposición. Ahora llegó un policía, tres jubiladas, un predicador con la Biblia debajo de la axila, dos vendedores ambulantes, una pareja de novios, algunos paseadores de perros y una unidad móvil de televisión. Todos se pretenden descubridores. Todos son dueños a su manera.
El agente despliega una cinta amarilla con el fin de establecer un perímetro. Al mismo tiempo dialoga con el periodista administrando palabras tales como “afirmativo” y “adminículos aptos para el vuelo”. Me pregunto por qué complica las frases de ese modo. Él conoce la existencia de la palabra “alas”, pero en el fondo debe sentirla insuficiente para el confronte con la cámara.
Las jubiladas se desesperan por contar una versión distorsionada que amenaza con sepultar la verdad de lo sucedido. El predicador ensaya una explicación improvisada tratando de que los hechos no desentonen con su discurso previo. Los novios descubren su mirada fantasiosa, teñida por la lente del amor, y discuten airadamente con los vendedores ambulantes mientras los paseadores de perros cuidan que sus protegidos no dañen la evidencia.
Cada uno desempeña su rol. Este es el automatismo que ayer me enfermaba y hoy confirmo. Han descubierto unas gigantescas alas negras muriendo al pie de un árbol, y sin embargo no son capaces de mirar hacia arriba. Si lo hicieran, mi secreto sería descubierto, pero no lo harán.
Ahora lo comprendo todo. Este único vuelo, breve pero inolvidable, me ha despojado de mi humildad. Y ya no puedo recuperarla. He adquirido una conciencia de singularidad que no murió con mis “adminículos aptos para volar”. Mi piel es nueva, y extremadamente sensible. El dichoso transitar que ayer anhelaba, hoy no parece suficiente. Es algo austero de dignidad para un ser que alguna vez fue alado. La vista se me nubla entre lágrimas. Quiero volar, pero a un mundo sin imágenes.
El policía se ha quedado solo. Se rasca la coronilla con esmero, revelando una ignorancia terminante. Su cinta perimetral es ridícula ante la ausencia de la novedad, y sin embargo ejercerá una custodia moderada hasta la hora del almuerzo. Sin duda un instante crítico en su vida. En cuanto el suelo se haga presente bajo mis pies seremos tan parecidos…Fin.
Ha llegado el momento de cortar la cinta y comenzar a trabajar. Y que sea lo que Dios quiera.
En este sencillo acto abro las puertas de este nuevo espacio que servirá, básicamente, para que yo haga lo que me gusta a expensas del sufrimiento ajeno. Someteré a la consideración del público (o sea ustedes) una serie de escritos ayunos de calidad, aunque respetuosos de las normas básicas de ortográfía, redacción y sintaxis.
He recorrido con lentitud el camino hacia esta inauguración, cuidando las formas y tratando de no dejar el más mínimo detalle librado al azar. Sin embargo, he perdido la paciencia.
Les presento "Narrador" en el estado en que se hallaba cuando me di por vencido.
Espero que guste, o por lo menos, que no genere abucheos.
El relato que elegí para este inicio de actividades se titula "Alas", y no lo hice porque crea que es bueno, sino porque es el relato más viejo que conservo.
Lo publicaré antes de que acabe el día.
Muchas gracias.