Centenares de oscuros relatos que, más temprano que tarde y con total justicia, serán olvidados por los lectores, marginados por los críticos y desconocidos por el autor.

lunes, 24 de agosto de 2009

BREVES RELATOS DE PECADORES (III)



BREVES RELATOS DE PECADORES (III)


SANTIFICARÁS LAS FIESTAS

Un amigo de esos que la vida luego nos quita por haber sido esa intimidad un pobre producto de la coyuntura me confió una noche –no sé por qué motivo- el secreto de Don Enzo Gerarduzzi, un italiano que tenía un taller mecánico en el corazón de Parque Patricios, cerca de la vieja cárcel de la avenida Caseros.

Este inmigrante con pocas luces y una historia de mucho sacrificio halló en el país una existencia a su medida: insulsa y monótona, aunque adornada por dos o tres episodios tórridos y misteriosos. Uno de estos episodios, que luego se convirtió en su secreto peor guardado, es el que intentaré relatar a continuación, siempre que mi memoria no acabe jugándome una mala pasada.

Juraba una anciana que vivía desde niña en la calle Matheu, que Gerarduzzi había asesinado a un turco en medio de una áspera discusión a causa de un presupuesto. Siempre según aquella mujer, el hecho había tenido lugar un domingo por la madrugada en el taller del italiano, quien aterrado por el resultado de la disputa, guardó el cadáver en el baúl de su auto y se marchó con rumbo desconocido.

De tanto repetir el cuento en cada comercio de la zona, la anciana edificó un mito que llegó a gozar de cierto crédito entre los vecinos. Sin embargo Gerarduzzi, que conocía la existencia del rumor, jamás se preocupó por desmentirlo. Y así las cosas, el mito continuó su camino hasta convertirse en una auténtica leyenda barrial.

“Esa desgracia le ocurrió por no santificar el día del Señor como nos enseña la Biblia”, decía por lo general la señora, víctima de una monumental confusión entre el antiguo testamento y el nuevo, e incluso en lo referido al día o los días a santificar. Es cierto que Gerarduzzi nunca cerraba las puertas de su negocio, y que tenía empleado a un inmigrante rumano al que había reducido a una condición muy similar a la esclavitud, pero en última instancia, ese no parecía ser su pecado más grave.

Si mi gusto por la fábula no me está traicionando, creo que la policía llegó a interrogar a Gerarduzzi en alguna oportunidad. Aunque no podría jurarlo. Existen detalles del relato que los años transcurridos se han encargado de borronear, y otros que seguramente habrán sido incluidos sin la debida confirmación.

Sí recuerdo que el pobre italiano perdió algunos clientes que luego recuperó, y que la anciana falleció dos años más tarde, siempre firme en sus dichos.


FIN

martes, 18 de agosto de 2009

BREVES RELATOS DE PECADORES (II)



BREVES RELATOS DE PECADORES (II)

EL DILEMA DE EVA

Supe de Eva y de su dilema a través de un primo suyo que conocí en un curso acelerado sobre deidades nórdicas que fue impartido en el aula magna de la facultad de derecho de la Universidad de Buenos Aires en el mes de enero de mil novecientos noventa y cuatro. Era un muchacho de conversación amena, por lo que bastó el primer retraso de un profesor para que el tedio nos empujara a un intercambio que incluyó, entre otros asuntos, las terribles cavilaciones de su prima.

Por entonces Eva tenía veinte años, y además de ser una criatura preciosa, era una mujer sensible y creyente. Por eso su familia quedó estupefacta cuando aquel domingo de ramos, luego de no probar bocado durante el almuerzo, confesó su dilema entre sollozos.

“No puedo amar a Dios sobre todas las cosas. Lo intento, pero no lo logro. No puedo elegirlo en contra de mi voluntad. Deseo con toda el alma observar los diez mandamientos que nos impuso, pero eso no está en mis manos. ¿De qué sirve que reprima mis sentimientos? ¿No sería eso una violación de la octava regla? Amo a Raúl mucho más de lo que lo amo a Él, y por cierto, mucho más que a mí misma. ¿Por qué me exige lo que no puedo dar? Yo puedo prometer obediencia ciega, adoración infinita o flagelación metódica; pero no un amor excluyente. Alguien que me pide eso, es alguien que en realidad no me ama.”

Recuerdo que cuando escuché el dilema de Eva quedé sumido en una conmoción bastante auténtica. Genuina. Y es que en aquella época aún me conmovían los dramas sencillos e irresolubles.

Supongo –o deseo suponer- que además de conmoverme sugerí algún curso de acción, e incluso, tal vez, pude haber ensayado una explicación acerca del significado y la correcta interpretación del primer mandamiento. No lo sé. No podría asegurarlo. Lo que me resulta curioso es el nítido recuerdo que guardo sobre la historia de Eva, y sobre la imagen que de ella me formé en la mente. Más que nada porque no podría decir una sola palabra sobre su primo. Ni siquiera su nombre.

FIN

lunes, 10 de agosto de 2009

BREVES RELATOS DE PECADORES (I)

Cuestión previa: El primero de cinco relatos cortos, unitarios y oscuros.



BREVES RELATOS DE PECADORES (I)

LA MÍSERA EXISTENCIA DE GUAGLIANONE

Narro aquí la historia de un tal Guaglianone, no porque contenga alguna nota de especial interés, sino por la tragedia que implica. El relato de un sufrimiento conlleva siempre un desahogo, aun cuando su protagonista haya perecido en las tinieblas de un pasado lejano.

Nació Guaglianone y le fue dado codiciar, más basado en sus carencias que en la naturaleza. Hombre corriente, posó la mirada sobre aquello que la vida le había negado y deseó secretamente. Sin embargo, todos los deseos que alimentó en su vida permanecieron como tales, obligándolo a espiar felicidades o miserias ajenas.

Un día comprendió, de un modo precario aunque suficiente, que en el mundo no existen las cosas sueltas. Los objetos que no son propios deben por fuerza ser ajenos, y todos valen la vida misma del pretendiente.

Tengo para mí que los misteriosos vínculos generados por Guaglianone a partir de aquel día (y su posterior desaparición en la década del veinte) guardan una íntima relación con esta idea, pero no puedo asegurarlo. Lo único que dejó –u olvidó- fue un sobre con identificaciones apócrifas en la caja de seguridad de un hotel que me pertenece.


FIN