Centenares de oscuros relatos que, más temprano que tarde y con total justicia, serán olvidados por los lectores, marginados por los críticos y desconocidos por el autor.
MAREA PERDIDADe pronto el nivel del agua comenzó a descender, y Anselmo se dio cuenta de que tendría que permanecer en la cueva otras veinticuatro horas.
Con el ánimo destrozado se dedicó a medir las dimensiones de su fracaso, y atribuyó la responsabilidad a los ritmos de la naturaleza. Sabía que con veinte minutos más de crecida era factible alcanzar el borde superior con sus propias manos. Pero esto nunca ocurría.
“¿Es usted un auténtico luchador?”
Recordó aquel eslogan que él mismo había impuesto y sintió un súbito pánico abriéndose camino por el pecho.
En ese instante comprendió que jamás saldría con vida de esa horrenda caverna. Y la muerte se le antojó cercana. Omnipresente.
ALMAS DESNUDASFermín permaneció inmóvil, en silencio; batiendo sus párpados adolescentes repletos de incredulidad. ¡Cómo le dolían esos ojos púberes!
Candela emitió una risita cómplice con las manos cruzadas en la región abdominal. Estaba desnuda. Por primara vez su cuerpo era objeto de una mirada sexual. Un hombre –o el proyecto de uno- comenzaba a recorrerla como mujer.
Un beso tibio; unas palmas temblorosas sobre sus pechos y el esbozo del primer amor.
Y se amaron con esa sinceridad que solo es posible en los extremos de la existencia. Aunque ellos no lo supieran.FIN
EL ASEl naipe se deslizó por el paño hasta su posición, pero el vasco Orfila no lo tomó. En cambio sostuvo una mirada neutra sobre la humanidad de Sassone, mientras revolvía con el dedo índice los tres hielos derrotados que flotaban en su vaso de whisky.
Finalmente el italiano empujó su montón de fichas hasta el centro de la mesa, y a ello agregó un pequeño cofre repleto de alhajas y un documento que parecía ser el título de propiedad de algún inmueble.
El vasco bebió un último sorbo de whisky y levantó el naipe.
As de trébol. Póker.
Sassone forzó una sonrisa y alzó las cejas invitándolo a cubrir la apuesta, pero Orfila guardó sus cartas en el corazón de la baraja.EL EXPLORADOR
El profesor Briegel agachó la cabeza y avanzó a pesar de las ráfagas de viento helado. Helmut lo siguió como pudo, arrastrando tras de sí los restos del trineo, el radio portátil y la bolsa con las pocas provisiones que les quedaban.
Con cada paso, las piernas de ambos hombres se hundían casi medio metro en la nieve, y cada vez era más complicado predecir las grietas con suficiente antelación. Sin embargo, la palabra descanso no figuraba en los planes del profesor Briegel.
De pronto, al tiempo que Helmut caía de rodillas dispuesto a dejarse morir en aquella estepa inclemente, el mítico explorador se detuvo y clavó la bandera en un montículo más o menos parecido a todos los que habían observado por el camino.
- ¿Adónde estamos profesor?- indagó Helmut con lágrimas en los ojos.
- No tengo la más pálida idea querido amigo, pero llegamos primeros- respondió eufórico el profesor Briegel.
Helmut respiró aliviado.
CASINOS EN LAS NUBES
- ¿Sabía usted que en las nubes hay casinos?
- No lo sabía.
- ¿Y le sorprende?
- No me sorprende. Hay muchas cosas que yo no sé.
- ¿Le gustaría ir a uno?
- No lo creo.
- ¿Por qué? ¿No le parece interesante?
- No. De hecho es algo que se me antoja bastante estúpido.
- ¿Qué tiene de estúpido?
- Prefiero ser un pobre con los pies en la tierra antes que un estúpido volador.
FIN