Centenares de oscuros relatos que, más temprano que tarde y con total justicia, serán olvidados por los lectores, marginados por los críticos y desconocidos por el autor.

viernes, 23 de enero de 2009

POR EL RÍO PARANÁ

CUESTIÓN PREVIA: ME VOY DE VACACIONES HASTA MEDIADOS DE FEBRERO. NOS LEEMOS A LA VUELTA.




Por el Río Paraná
venía nadando un piojo,
con un hachazo en el ojo
y una flor en el ojal.

Me acertó con los cuernos el Diablo y no fui capaz de escribir otra cosa. Así muerto que me entierren, que yo no soy de esos que se lamentan bajo la mortaja. La poesía, en verso, me queda a trasmano del alma; y un espíritu que no es poético merece el castigo de lo material. Y todos los demás castigos del mundo.

¿No te doy lástima, mujer? Pues retuérceme bien el cuello y pon fin a mi sufrimiento. ¿Qué esperas? Y no temas, que la muerte viene con nosotros desde que vemos luz.

Ayer, en las ráfagas del viento me llegó la voz de las musas, y las obligué a que se hiciesen a la mar, y con ellas pasé embarcado la noche entera. Pero lo que en principio juzgué mar se reveló océano, y entregado a las olas gigantes no supe oír los susurros.

“Hazle unos versos al primer amor bajo la sombra de aquel cerezo”, me dije. Sin embargo, para el amor primero me sobran años, y para los versos me faltan luces. Me encuentro perdido en algún punto del inmenso abismo que separa al charlatán del poeta. Y en torno, soledad y silencio.

“Elige una mujer cualquiera y estúdiala en sus modales, en su figura, en su forma de vestir”, me conminé al verme acorralado. “Ellas son el corazón del poeta, trágicas, aunque siempre luminosas”. Y nada. Las palabras que imaginé no fueron más que tristes alardes de una técnica mediocre; demasiado dulces, demasiado trilladas, demasiado ajenas al arte incluso para estropearlo.

Desecho en este punto mis ambiciones del día, y me quedo con el verso que ensayé al comienzo. Así, entre un llorar y un maldecir, sumerjo los pies en agua templada a la espera de que otros sean los vientos que golpeen a mi puerta.


FIN

viernes, 16 de enero de 2009

DE LA SEGURIDAD DEL MOMENTO Y EL RIESGO DEL INSTANTE





Sumergido en aquella catarata de conjeturas que lo asediaba sin ofrecer tregua, era invadido por pequeños instantes de lucidez.

Instantes... un término apropiado para definir un lapso tan ínfimo, que el intelecto se niega a atribuirle la categoría de “momento”. Y esto debido a que en un momento, el pensamiento es capaz de alcanzar cierto grado de elaboración ausente en el instante. Este último es solo la semilla portadora de idea; es la chispa que no ha devenido en llama.

Decía entonces que la lucidez lo invadía en forma de instante, tornándolo impotente para guarecer el alma al calor de un razonamiento antes de ser absorbido de nuevo por el remolino de su propia ansiedad.

Miró en derredor sin comprender al campo y su paz. La suave brisa se le antojó aliento de sepultura mientras su caballo pacía a lo lejos, pisoteando las riendas en un monte de cipreses imaginarios. En la encrucijada de dos caminos polvorientos ocultos entre maizales, y bajo la atenta mirada de los caranchos, un zorro batallaba por los últimos rastros de carroña disfrazados en la osamenta de una vaca pasada.

Cuando esa lluvia inoportuna comenzó a mojar la cabellera ensombrecida por su delirio, las ráfagas de viento arrimaron la oscura proposición. Cerró los ojos y la tierra se hizo río bajo sus pies.

En ese “instante” apretó el gatillo. Y el campo fue verde y oloroso. Y todo fue naturaleza. Y su espíritu fue paz.


FIN

martes, 13 de enero de 2009

UNA MENTE BRILLANTE



“Ayer por la noche, mientras se celebraba el último enlace de la jornada en la parroquia de Santa Lucía, el techo de la misma se desplomó de repente matando a setenta y siete personas en forma instantánea. El único sobreviviente de esta terrible tragedia resultó ser el novio, quien salvó la vida de milagro al quedar sepultado bajo el enorme crucifijo de madera que coronaba el altar.”

No, no. Es demasiado. ¿Por qué siempre tiene que morir gente para que yo me salve? Encima, si ocurriera ese desastre también perdería a mi familia de sangre y a todos mis mejores amigos. Bueno, es cierto. A todos no. El gordo no quiso suspender la excursión de pesca porque la empresa le comunicó que no le devolvía la plata. Ojala que se le de vuelta el bote en el medio de la laguna y se ahogue.

¿Qué pasa? Lo estoy diciendo en sentido figurado.

En realidad yo no quiero que mueran personas. Tantas personas. No, no; ninguna persona. Solo quiero un milagro que me de una segunda oportunidad para reflexionar sobre mi vida. ¿Es mucho pedir?


“Ayer por la noche, un grupo comando interceptó un automóvil que trasladaba a una joven novia rumbo a la parroquia de Santa Lucía, y luego de despojar de sus pertenencias a los tres ocupantes del vehículo, exigieron ser llevados al domicilio de la familia, de donde sustrajeron diversos objetos de valor y dos pasajes a Aruba. Los rehenes fueron liberados en horas de la madrugada en la localidad de González Catán.”

No, no. Eso tampoco. ¿En qué estoy pensando? El final es demasiado feliz, y si el cura se interesara por la suerte de Claudia y se quedara despierto esperando el desenlace del asunto, en medio de la emoción tal vez nos casaría a las cinco y media de la mañana. ¿Además qué tiene que ver lo de los pasajes a Aruba? Aunque los robaran yo no me salvaría de la luna de miel; y en todo caso, justo de esa etapa prefiero no salvarme.

La cosa es más o menos así: O se muere alguien, o al menos me los retienen hasta la tarde del día siguiente. Si no estoy frito.

“Novio confiesa ser gay en medio de la ceremonia, se arroja en brazos de su suegro y huyen ambos en el Mercedes Benz color negro que había servido para trasladar a la novia hasta la iglesia. Fuentes cercanas a la investigación informaron a este matutino que el maduro galán habría alquilado el rodado no por una sola noche, sino por quince días, hecho por el cual se sospecha que la maniobra estuvo cuidadosamente planificada. Sin embargo, los dos individuos no son intensamente buscados por la policía; ni intensamente ni de ninguna otra forma, ya que el fiscal de turno ha declarado que la conducta exhibida no se encuentra tipificada en el código penal.”

¡Pero yo no soy gay! ¿Y qué es eso de que los individuos no son ni intensamente buscados ni nada? Un diario jamás publicaría la noticia de esa manera. Yo creo que se enfocarían más en Claudia y en la mamá, que conociéndolas, tendrían un ataque de furia digno de ser reproducido en cadena nacional. Pero bueno… yo nunca me llevé bien con mi suegro, que por cierto es bastante feo. De escaparme lo haría con Marcela, que además de ser un “sí” asegurado, tiene un novio que es un alfeñique. No podría pegarme aunque quisiera. Y si tuviera que hacerlo con un hombre, creo que elegiría al hermano de Claudia, que no solo tiene un aspecto más pulcro que el resto de su familia –incluida Claudia- sino que le gusta mucho cocinar.

Bueno, confirmado. Soy una persona horrible, y sería capaz de cruzar de vereda solo para conservar una mínima cuota de libertad. Sin embargo, mi problema real es con el compromiso, no con el sexo en el sentido más literal. Yo quisiera que la cosa pública, ese asunto estatal tan invasivo, se conformara con mis clásicas promesas de adolescente. Pero no. Enseguida tenemos que hablar de la bendita madurez, y de la palabra empeñada en circunstancias no demasiado claras. Como si un puñado de individuos vestidos de etiqueta fueran suficientes para justificar la ruina absoluta de una existencia. O de dos. El amor se corona o se hunde de la mano de dos irresponsables; como mínimo.


“Novio emprende carrera desenfrenada hacia la libertad sin dar demasiadas explicaciones a la afición. Mientras todos aguardaban por una respuesta afirmativa, el ahora fugitivo recorrió veinte metros de alfombra roja en un tiempo apto para la disputa de la plusmarca mundial. Su paradero es, por ahora, desconocido.”

A la pelota. Un diario jamás publicaría una trivialidad semejante. En el fondo, es como decir “novio se borra a último momento, igual que tantos otros”. Seamos francos; si no ocurre un milagro de proporciones titánicas, estoy condenado a exaltar las virtudes de la monogamia frente a un montón de hipócritas agobiados por una infelicidad colosal por el resto de mi vida.

Listo. Ahí viene. Saludo acartonado, cavilaciones internas similares a las mías, sudor helado saboteando el maquillaje y un camino demasiado extenso por recorrer después de que la alfombra roja desaparezca.

Sin sermones por favor, padre. Haga lo que Dios le ha encomendado y déjeme solo con mi alma. Usted es incapaz de comprender su propia obra.


“Novios se casan sin novedades de bulto. Acepta por esposo, acepta por esposa, un vals, un carnaval carioca y quince días de sexo con más facha de despedida que de otra cosa”.

Bueno. Eso es bastante más cercano a la realidad, aunque seguimos bien lejos de la publicación. O se muere alguien, o al menos me manosean a una veinteañera en la confusión del carnaval carioca. De otro modo no voy a tener ningún recorte periodístico para mostrar a mis nietos.

¡Qué lindo! Ahora que lo pienso, es la primera vez que me preocupo por el futuro de mi familia.

- ¿Acepta por esposa a...

No. No acepto. Pero eso es lo de menos.

- Sí, acepto.



FIN

lunes, 5 de enero de 2009

LOS GUERREROS DE TERRACOTA




Uno, cuatro, cero, cuatro, cero, cuatro. Y la puerta se abrió como por arte de magia. Dentro del cofre reposaban miles de dólares que había le sustraído al mundo con una paciencia infinita, y sin embargo no parecían suficientes. Entonces sumó los que llevaba consigo, y sus ojos se iluminaron.

“¿Habré llegado al millón?”, se preguntó como si de almendras se tratara.

“Esto es el resultado de una vida ayuna de mujeres”, sentenció satisfecho.

Nunca había querido pensar en el matrimonio, por no ver en la mujer otra cosa que un espíritu acostumbrado a las exigencias. Solo confiaba en sí mismo, y su mezquindad no era capaz de ver más allá de los estrechos límites de aquella caja. Poco le importaba que el dinero no produjera un solo centavo en concepto de intereses. Él no lo prestaba. Ni a un banco, ni a un hermano, ni a un amigo ni a la propia madre que lo parió. A nadie; porque si algo había sacado en limpio de su paso por el mundo, era que el Ser Humano no tenía por costumbre devolver lo prestado. Lo mismo le daba un centavo que un millón de libras esterlinas. Siempre se imponía el derecho sobre la propiedad ajena.

Un millón de dólares americanos; limpios y en fajos de a diez mil. Era el premio a una de vida de esfuerzos y privaciones que por fin hallaba el merecido descanso.

“El dinero no hace la felicidad, pero da una sensación muy parecida”, se dijo en tono burlón. Era el pacífico poseedor de una fortuna no declarada que lo ponía a resguardo de las vicisitudes de la existencia.

Uno, cuatro, cero, cuatro, cero, cuatro. La puerta se cerró con graciosa exactitud, y él no pudo menos que contemplarla extraviado, celebrando la ciencia que los ingenieros habían puesto al servicio de su felicidad, y la de nadie más. Un millón de dólares que años atrás había soñado vagamente, sin hacerse ilusiones, y que ahora formaban su propio ejército, como los guerreros de terracota, dispuestos a defender al emperador en las mismísimas fronteras del mundo.

Tropezó con ella al salir del banco. Le ruego me disculpe, por favor, faltaba más, ¿la ayudo?, si no es mucha molestia, no lo es. Ordene tranquila, son solo papeles, ¿un café?, casualmente tengo quince minutos.

Uno, cuatro, cero, cuatro, cero, cuatro. Una vez más, la puerta no se resistió a esa combinación mágica. Y los guerreros de terracota se quedaron inmóviles, como sin alma, aguardando morir de a miles.


FIN