Centenares de oscuros relatos que, más temprano que tarde y con total justicia, serán olvidados por los lectores, marginados por los críticos y desconocidos por el autor.

martes, 16 de agosto de 2011

ERA ELLA

Cuestión previa: Reanudamos la marcha. De a poco.




Al principio le costó reconocerla, pero era ella. No cabía la menor duda. Engañaba, quizás, la disposición del cabello, el color, el dibujo añoso de las caderas, aunque él podía percibir detalles más complejos que seguían allí, patentes, idénticos a aquella época en que se grabaron en su mente, cuando los tres se saludaban cada mañana con ese ritual mecánico de lo cotidiano, sin la amenaza de una futura distancia.

Ana y Sofía eran las únicas que permanecían junto al féretro, en silencio, gobernando con la mirada el tenso desfile de los deudos mientras besaban devotas las manos huesudas del occiso. En un rincón resguardado de la luz de las velas, Manuel bebía una copa de ginebra –acaso una grapa- con el rostro circunspecto. Su presencia delatada apenas por una tos nerviosa que de vez en cuando se filtraba entre los sollozos de sus hermanas.

Ninguno de los tres reparó en su presencia. No tenían por qué. Para ellos era solo uno más de los tantos vínculos pasados y extintos que se habían acercado alertados por la aguda memoria de alguna de las tías, o simplemente por el aviso publicado en el periódico la mañana anterior. Solo Francisca se arrimó y le ofreció un bocadillo que ella rechazó con ese elegante ademán, uno más de aquellos detalles complejos que nadie salvo él estaba en condiciones de detectar.

Cuarenta años desde la última vez. Cuarenta años desde aquella mañana en que les anunció su partida, de pie junto a la puerta de la casita de Almagro, con su bolso de cuero negro y ese libro de Joyce que jamás acababa de leer. Y nunca más una carta. Una llamada. O siquiera un indicio que habilitara el sueño de una búsqueda.

Salió de la casa y encendió un cigarrillo seguro de que no iba a llegar a la mitad antes de que ella buscara también el fresco del aire. Por experiencia sabía que no era larga en las despedidas, y en esta en particular la imaginaba traída más por una voluntad de confirmación que por la posible hondura de su tristeza.

- Nunca nos explicaste por qué –le susurró justo antes de que lograra escabullirse hacia la calle.

–Por amor –respondió ella sin volverse.

–¿A quién? –retrucó él consciente del peligro de que fuera aquella su única aclaración–. ¿A vos?

–A mi libertad –agregó por fin–. Un amor puede ocultar otro, pero no eternamente.

La frase encerraba una declaración, pero también una sentencia. Ese decir sin decir, persistente, tenaz. Un detalle final antes de reanudar la marcha. Sin volverse. Siempre sin volverse.

–¿Te acordás de lo último que te dije esa mañana? –preguntó él mientras pisoteaba la colilla del cigarrillo, buscando, tal vez, ensuciarle la despedida.

–Vagamente.

Y ya ninguno de los dos dijo más.




FIN