Centenares de oscuros relatos que, más temprano que tarde y con total justicia, serán olvidados por los lectores, marginados por los críticos y desconocidos por el autor.

martes, 21 de julio de 2009

EL OSCURO SEÑOR DIÉGUEZ

Cuestión previa: El siguiente escrito responde a la consigna "Un relato que hable de la soledad", y a diferencia del resto del material que pueden leer aquí, que tiene entre dos y diez años (salvo El primer asesino y Bifurcaciones que son muy recientes) este ha sido escrito el día domingo. Lo aclaro porque me di cuenta de que hay muchos relatos que sigo publicando aun sin reconocerme del todo en el texto.



Usted me dice y yo le rebato, escupe el señor Diéguez, moralista, políglota y boxeador profesional. Porque con la verdad no ofende ni teme, pero menos teme que ofende. Y devuelve a la tertulia su atmósfera más propicia. Y expone una pulida erudición con base en la prehistoria. Y descubre finalmente que ni se aquieta su furia, ni se sirve su gozo; y que crece en su aparato digestivo una dolorosa náusea, una cólera, una voluntad de discurrir con el plexo solar que sin embargo se esfuerza en atribuir a la injusticia de un dardo solitario.

Y por las noches teje y desteje un ovillo de farsas. Y prepara el rebenque para el blanco de su pupila felina. Y se ríe como un orate con su cara de pájaro, al tiempo que apunta un índice justiciero hacia el villano irreverente. E igual condena un desaire o amonesta un sexo corrupto. Y produce un juramento brutal.

Con la verdad no ofendo ni temo, pero menos temo que ofendo, escupe el señor Diéguez, académico, astrólogo y mendigo de amores. Y rompe en llanto a causa de otra puñalada trapera. Y barre las migas de su pasado. Y las oculta debajo de una colorida alfombra persa. Y su aureola se enfunda en un aire profesoral. E igual regala un piropo o edifica un servicio. Y produce una melodía angelical.

Y de pronto cae presa de una rancia turbación. Y cae rendido ante su obtuso anhelo de amor. Y cae en la cuenta de que, al final del día, continúa tan solo como al principio.



FIN

jueves, 16 de julio de 2009

EL MÉDICO, LA PANTERA Y EL LOCO



El hombre del guardapolvo blanco lanzó una mirada escrutadora sobre el interno, y se sentó en la única silla vacía que había en la sala. Sin embargo, no se detuvo en presentaciones inútiles.

- ¿Así que vos sos el que no quiere hablar?- preguntó mientras examinaba una carpeta repleta de hojas sueltas-. No importa, eso no te convierte en loco.

Sin aguardar la respuesta, extrajo una banana del maletín y la devoró con los modales de un auténtico cerdo, tragando secciones completas casi sin masticar y empujando los restos con un dedo meñique muy bien entrenado. Luego decoró el acto con un eructo de mediana intensidad y pasó la siguiente media hora silbando la melodía de la pantera rosa.

Los dos hombres persistieron en su actitud haciendo caso omiso uno del otro, aunque no parecía existir entre ellos el clima de tensión que la escena demandaba. La música –por cierto muy mal ejecutada- logró instalar una mueca de placer en el rostro del interno, y entonces el médico comenzó a utilizar su lápiz negro a modo de baqueta, con el objeto de enriquecer el número.

Poco después improvisó un silencio durante el cual aprovechó para extraer del maletín un nuevo elemento destinado a seducir el agrio temperamento de su víctima. Era un retrato de una dama pintado con témpera sobre una cartulina blanca.

- ¿Le gusta?- indagó con fingido desinterés-. Claro que le gusta; es una obra mía.

El otro echó una ojeada recelosa, a larga distancia, y al cabo de unos segundos asintió con más cara de aceptar la última oferta en una transacción comercial que de estar expresando un gusto artístico. Sin embargo, el médico suspiró como si alguien le hubiera quitado un peso mortal del centro su pecho; como si un juez misterioso e inflexible lo hubiera absuelto de un delito macabro.

De pronto la débil interacción de los personajes se vio suspendida por la irrupción de un segundo médico, acompañado por dos enfermeros morenos de un tamaño colosal.

El artista se puso de pie.

- Doctor Molina- expuso plegando sus anteojos-, según mi opinión profesional las neuronas de este paciente se encuentran sumidas en una calma expectante.

Y se quedó inmóvil, visiblemente conmovido por la hondura de su conclusión.

El diagnóstico fue recibido con un gesto de desaprobación conjunto de los tres individuos.

- Gutiérrez, ya mismo le devolvés el guardapolvo y la tarjeta a Perotti y te me vas volando a tu habitación- sentenció enfurecido el colegiado, aunque sin alzar el tono de voz-. Te quedaste sin bananas hasta la semana que viene. Calma expectante… ¿sos tonto vos? ¿por qué crees que lo tenemos encerrado a este? ¿No te das cuenta de que es peligroso?

Gutiérrez ensayó un recurso humorístico, pero su risita no halló ningún eco en el grupo. Entonces se escabulló hacia el corredor con una mano en el bolsillo y la otra agitando una batuta invisible, mientras a su espalda alguien silbaba una melodía felina.


FIN

miércoles, 8 de julio de 2009

EL NUNCA MÁS




Desde allí no podía verse el mundo, aunque de vez en cuando se oían sus ruidos. El andar lejano del ferrocarril, las usinas de las fábricas y el motor de los automóviles. Todo llegaba difuso, entremezclado en el viento.

Los días parecían eternos, y transcurrían inmersos en una opaca melancolía. El pueblo era un testigo mudo del devenir ajeno; una comunidad solitaria que existía a través de la monotonía. Respiraba, sí; pero solo por no tomarse el trabajo de morir.

La escasez de alimento era nada más que una de las tantas miserias que había que padecer. Cada día la gente se moría extenuada de hambre y de trabajo, y sin embargo todos desafiaban al futuro, dispuestos a enfrentar el desahucio en nombre de un amor que en el fondo no sentían. Era una relación compleja; incomprensible, como la mayoría de las relaciones. Una simbiosis con base en el arraigo, y sostenida por la más cruel ausencia de imaginación.

El muchacho se paró a la vera de la ruta, dispuesto a abandonar para siempre aquel páramo, harto de que la nada y sus múltiples derivaciones lo esclavizaran como a una bestia inculta. Pero pronto se encontró acorralado por la desesperación, y se arrojó a la carretera con el afán de interrumpir un tránsito inexistente.

Sabía que su intento era inútil, pero quería agotarlo, vivirlo en toda su dimensión, explorarlo como si de una idea virgen se tratara. No podía regresar a su casa sin antes haber hecho todo lo necesario para modificar su destino. No deseaba ser como los demás; entregarse entre suspiros; guardar sus lamentos hasta la vejez. Quería ser distinto, aun cuando solo fuera por la nobleza de sus intenciones.

Pasó varios días solo con su obsesión, y ante el evidente fracaso escaló el terraplén y se recostó sobre las vías del ferrocarril. Ninguno de los habitantes del pueblo había llegado tan lejos. Jamás. Y aunque aquella fuera una hazaña sin testigos, el hecho mismo era un paso gigante en dirección al mundo.

“Alea jacta est. Es el tren o el nunca más”, pensó.

De pronto se oyó el silbido de una locomotora, se vio un humo negro e irrumpió un tren. Y eso fue todo. Su andar lejano llevó al pueblo los ruidos del mundo, y el viento se robó los sueños que halló a su paso.

Nadie percibió los matices de aquella tarde distinta y trágica. Y el nunca más se instaló en el pueblo para siempre.



FIN