
Cordelio cerró la puerta de la habitación y observó al anciano con un dejo de curiosidad. No comprendía por qué aquel hombre ausente de sí mismo debía morir por su mano, y esa idea refrenaba un poco el obrar mecánico y profesional que solía rubricar sus trabajos. Sabía lidiar con la resistencia, las súplicas y hasta el llanto de los que afrontaban el irreversible final, pero no estaba acostumbrado a la indefensión.
Los ojos febriles e inexpresivos del anciano acudieron trabajosos a su encuentro (¿realmente lo estaba mirando?), y Cordelio creyó percibir en él la sospecha de un desenlace. Ese solo gesto le bastó para recobrar su impronta glacial, tan necesaria para despachar el asunto que le habían confiado.
‘¿A quién hiciste enojar cuando tenías una vida?’, le susurró en el oído. Pero sus palabras flotaron sin rumbo y se disolvieron en un instante.
Hundido en un terroso sillón de cuero, el anciano vagaba en el corazón de una nebulosa íntima, distante y hermética. Una negrura de imposible profanación. Desnudo de la cintura hacia arriba, con el mentón sumido en el pecho, los párpados a medio caer y un mechón de cabello gris atrapado en la humedad de la frente, revelaba la indiferencia de un formidable oponente.
Cordelio cedió ante una nueva vacilación. Echó la cabeza hacia atrás y permaneció algunos minutos en el más absoluto silencio, bañado por la amarillenta claridad de la bombilla suspendida en el techo, urdiendo el detalle de una ejecución o una fuga.
El hecho frío de la muerte. La respuesta brotó de su estómago hirviente casi al mismo tiempo en que lo hizo la pregunta que le dio vida. Esa era, después de todo, la justificación última de su oficio. Lo mismo un perro que un abogado. Igual una monja bañada en orín que un viejo vacío de cerebro. La pretensión del gozo solo podía ser definida como una deformación profesional.
Entonces tapó el rostro inexpugnable del anciano con un almohadón, y sobre él posó el caño de su revólver.
‘El asesino no vaciló’, leyó en un matutino al tiempo que bebía el primer sorbo de café en el bar del gallego. Y se sintió sucio.
FIN

