Centenares de oscuros relatos que, más temprano que tarde y con total justicia, serán olvidados por los lectores, marginados por los críticos y desconocidos por el autor.

martes, 23 de marzo de 2010

LOS AMORES DE DONATO

Cuestión previa: Otro cuento muy viejito. Y con él termina esta costumbre. A partir de ahora, solo narraciones actuales.




Donato era, en apariencia, un hombre sencillo que no tenía enemistad alguna con nadie, ni tampoco grandes proezas que narrar, pero lo cierto es que su alma poseía algunos detalles no muy visibles que lo convertían en un individuo de excepción. Él no vivía como los demás; jamás iniciaba una conversación, evitaba cualquier contacto físico por mínimo que fuera y demostraba una exagerada pulcritud en sus hábitos alimenticios, entre otras excentricidades. Se entretenía, en cambio, al atardecer, detrás de la ventana, observando las idas y vueltas de una vecina a la que había llegado a amar más por culpa de la proximidad física que por el hervor de la sangre. Pero nadie vaya a creer que hacía esto con placer o alegría. Al cumplir esa rutina sentía todo el peso de su soledad, y solo se conformaba con el hecho de saber que era ese, quizás, el único acto completamente libre que ejecutaba en el día.

Si algo tenía Donato de particular, era el modo de procesar los sentimientos. No es que careciera de ellos, o fuera incapaz de desarrollarlos como cualquier otro individuo; lo original, si se quiere lo novedoso, estaba en la elección del objeto. Él amaba y odiaba cosas en las que el resto del mundo ni siquiera reparaba, o situaciones cotidianas que a una mente en equilibrio no le merecían más que una simple sonrisa o una queja liviana. Odiaba, por ejemplo, la lluvia. Y lo hacía en forma literal. No era un odio dicho al pasar, como el de aquel que expresa su contrariedad frente a un par de zapatos húmedos o un traje maltratado. No. Él la detestaba con la misma virulencia que un niño detesta al asesino de su padre. Amaba y odiaba, en síntesis, con una intensidad normal aunque mal dirigida, desviada por completo de su esencia. Y precisamente por eso, aquella devoción por las curvas de la vecina lo descolocaba.

Una tarde de primavera se dio cuenta de que el amor verdadero se hallaba al alcance de su mano, a solo unos pocos pasos de distancia. Contempló las paredes desnudas, y aferrado a las rejas de la ventana decidió que era el momento de atacar la causa de su penar. Sin embargo, odiaba la calle, y ninguna de las razones que acudieron a su mente sirvió para vencer esa fobia. No pudo traspasar la puerta de su casa. Lo intentó varias veces, pero no hubo caso. Entonces, inmerso en un profundo abatimiento, ideó un plan para sanar la herida en su corazón sin sacudir las precarias estructuras de su mente.

Esa misma noche, después de gastar varias horas haciendo cálculos y observaciones, tomó una pala que guardaba en el jardín y comenzó a cavar un túnel en dirección al living comedor de su mujer ideal. La empresa –por cierto bastante ambiciosa- se le antojó posible, nublado como estaba por la intensidad de sus sentimientos. Y tanto había trabajado su mente fogoneada por la soledad, que llegó convencerse de que la idea sería celebrada con efusión ni bien la pala asomara en el lugar de destino.

Así fue como los obstáculos que halló en su camino solo lograron que ganara más confianza. Él no necesitaba la ayuda de nadie; o al menos era eso lo que pensaba.

Finalmente, en el transcurso de la cuarta noche el túnel colapsó, y Donato quedó atrapado bajo una montaña de escombros.

De no haber sido por el inmenso agujero rectangular que se formó en el pavimento, nadie se habría percatado nunca de su desgracia. Gracias a eso, vecinos y bomberos oyeron sus lamentos y trabajaron juntos hasta la madrugada para liberarlo.

Con el último hilo de vida, Donato buscó los ojos de su amada entre la multitud, y los halló justo antes de ser introducido en la ambulancia. Esa fue su única y última alegría.

Pudo haber explicado las causas del desastre; sin embargo nadie le preguntó nada, y él, fiel a su estilo, no quiso iniciar una conversación.

Solo se turbó con el esfuerzo de los paramédicos que luchaban por salvarle la vida. Era demasiado manoseo, y él, aún preso de la necesidad, seguía odiando la calle.



FIN

sábado, 6 de marzo de 2010

LO QUE OYÓ PIERSIMONE



Cuando Piersimone oyó aquellas palabras, extrajo su revólver y le pegó un tiro en pleno rostro. Nadie iba a faltarle el respeto sin pagar el precio, y mucho menos un extranjero de alma ajena al Cristo. Luego colocó un pie a cada lado del cuerpo, y como el incauto aún se retorcía intentando encajar su mandíbula destrozada, le descargó las cinco balas que aguardaban en el tambor.

Cuando recobró la compostura (haber matado por primera vez no lo asustaba) buscó una bolsa plástica y comenzó a recoger los pedacitos de seso esparcidos por toda la habitación. Completar esa innoble tarea le demandó algo más de media hora, tiempo durante el cual no dejó de insultarse por no haber apuntado el arma hacia cualquier otro órgano vital. Para colmo de males, todavía restaba la etapa más difícil, aunque al final decidió postergarla a favor de una ducha. Lo cierto era que el desgraciado no iría a ninguna parte.

Ya aseado y con la mente libre de pasión y bravura, cargó el cadáver sobre sus hombros y lo llevó al sótano. Allí tenía su taller, y podría trabajar toda la noche sin ninguna clase de interrupciones.

Mientras bajaba cayó en la cuenta de que pronto se vería obligado a tomar otra ducha. Por estúpido que pareciera, no había reparado en el detalle de la sangre. Como pudo despejó la mesada que solía utilizar en los trabajos de carpintería, depositó el cadáver boca abajo y lo desnudó. Tampoco había reparado –y ya eran dos descuidos- en la resistencia que presentaba un cuerpo muerto cuando alguien pretendía despojarlo de su ropa. Entonces pensó en varias mujeres que habían pasado por su vida. “Muertas me habrían dado más problemas”, ironizó mientras revolvía las herramientas en busca del serrucho.

Contó doce piezas. Trece con la bolsa que contenía los despojos del cráneo. Pero antes de acomodarlas dentro del arcón que su ex esposa había cedido cuando se fue de la casa, no pudo reprimir la tentación de juguetear un poco con el antebrazo izquierdo de la víctima. Lo utilizó para acariciar la espalda de Carmelo, que en ese momento estaba ocupado en deglutir las primeras vísceras; y luego lo interpuso entre su hocico y la comida para observar su reacción.

El bicho mordió la mano aventurera y sacudió la cabeza como un demente, hasta que por fin se patinó con la sangre regada en el piso. Recién entonces soltó a la presa, y Piersimone la arrojó de nuevo a la bolsa plástica.

A la mañana siguiente, luego de borrar cuidadosamente los últimos rastros del desastre, trasladó el arcón hasta el puerto y se embarcó en una expedición de pesca.

Antes de arrojar los trozos al océano, comprobó que las corvinas abundan cuando se utilizan dedos de pies como carnada. Pescó diez, y regresó a su hogar justo para la cena.

“Tal vez se me fue un poco la mano”, pensó mientras se metía en la cama. Pero antes de profundizar en esa idea se quedó dormido.



FIN