Centenares de oscuros relatos que, más temprano que tarde y con total justicia, serán olvidados por los lectores, marginados por los críticos y desconocidos por el autor.

sábado, 28 de agosto de 2010

LAS PALABRAS DE ROCÍO


De pie frente a la ventana, Rocío lo observó alejarse en la esperanza de que un último milagro lo hiciera cambiar de opinión. Al otro extremo de la calle San Blas se encontraba el hombre dentro de cuyo ser ella había reinado por más de diez años, y tuvo que luchar para retener las lágrimas.

El amor es un sentimiento noble, aunque demasiado frágil. Se alimenta de todo lo bueno que hay en el espíritu, y sin embargo bastan unas pocas palabras inoportunas para destruirlo. Esto lo sabía Rocío desde siempre, pero tanto había gozado en esos años, que llegó a pensar que las reglas del universo se habían olvidado de ella. Por eso le costaba asimilar el hecho de que Braulio ya no sintiera aquel antiguo amor intacto en su esencia, sino uno mucho más endeble, hecho a la costumbre y vulnerable frente a las palabras mal elegidas. Su orgullo de hombre ya no atendía las urgencias de la carne; solo las decisiones de la razón. Y en esa nueva inteligencia había llegado a sentirse cómodo, tan fuerte como para cargar con su propio destino.

El amor hablado es un terreno peligroso para cualquier pareja que lo transite, porque las palabras, en su honesto afán de describir el sentimiento, no hacen más que deformarlo. Y de esa deformación emergen las diferencias definitivas, ya que los raptos del cuerpo y la sutileza de la pasión no pueden ser reemplazados con nada. Un poema es una magnífica expresión de la riqueza que existe en las profundidades del espíritu humano, pero no es nada comparado con la complejidad de un beso. Y lo mismo ocurre cada vez que una frase -halagadora o hiriente- se escapa de nuestros labios. Esto no lo sabía Rocío, ni desde siempre ni desde ningún otro momento, y ahora lo estaba pagando demasiado caro.

Permaneció allí, inmóvil, con el semblante abatido a causa de la angustia. Con un suspiro derramado desde alguna profundidad confidencial.

Aguardó hasta que la sombra de Braulio se fundió con las otras sombras del mundo, y entonces lloró. Lloró como nunca antes lo había hecho en su vida, maldiciendo cada uno de los agravios que había proferido amparada en su historia. Lloró, no por amor sino por palabras, sin saber que cada lágrima que se derrama a partir de un error, es una lágrima desperdiciada.

FIN

martes, 10 de agosto de 2010

OVIDIO



‘Eres feo, Ovidio. Eres feo como un pie’. Eso se dijo justo antes de llamar a la puerta de su vecina. El corazón repicaba en la profundidad de su pecho, veloz, enérgico. Minúsculas gotitas de sudor resbalaban desde su frente en dirección a los mofletes exageradamente redondos, otorgando a su rostro un brillo uniforme, un color como de cera, sensible a las variaciones de la luz. Ocultó, sin embargo, la turbación interior que lo aquejaba. Y lo hizo lo mejor que pudo. Las manos cruzadas detrás de la espalda, la respiración urgente y esa sonrisa neutra moldeada por años de incomprensión y rechazo.

La puerta se abrió revelando a Clara en todo su esplendor. Una sonrisa integradora y genuina. El cuerpo cubierto solo con una bata de seda. Una toalla blanca anudada en la cabeza, oculto el cabello húmedo detrás de un velado aroma a jazmín. Y nada más.

‘Dilo Ovidio. Di lo tuyo de una puta vez’. Eso se dijo justo antes de que Germán irrumpiera en la escena. Pectorales apretados debajo de la camisa, tostada la piel, frondosa cabellera y una nota de desprecio en la mirada.

La presencia inoportuna del galán le agrió el semblante, y su torso adiposo comenzó a humedecer la tela que lo cubría.

Tardó pocos segundos en sentirse observado, minimizado del modo más cruel por la figura del recién llegado. Belleza, capilaridad, estatura, facilidad de palabra; exceso y defecto jugando una vez más en su contra. Exponiéndolo en su imperfección frente a los ojos inocentes de su amada. Y entonces percibió en ella el recelo y la desconfianza, la potencia destructiva de aquellos contrastes.

Intentó articular una frase, una justificación para su inexplicable presencia, pero el olor rancio de su transpiración lo indujo a apurar la retirada, allanando para su rival el camino de la conquista.

‘Te amo Clara’. Eso se dijo ni bien halló refugio en la intimidad de su hogar. Se secó el rostro con una toalla de mano y devolvió al florero la rosa que había mantenido oculta detrás de la espalda. Luego se sentó a contemplar el firmamento a través de la ventana de la cocina.

Allí, inmóvil, pensó en varias cosas. En Clara, por supuesto. En las desventajas de su apariencia. En las canciones que acompañaron su niñez en Granada. En la remota posibilidad de un amor. En las enseñanzas de su padre. En el cariño tosco de su madre. Y otra vez en Clara.

Entretanto, a pocos pasos de distancia, Germán la violaba por segunda vez.


FIN