
De pie frente a la ventana, Rocío lo observó alejarse en la esperanza de que un último milagro lo hiciera cambiar de opinión. Al otro extremo de la calle San Blas se encontraba el hombre dentro de cuyo ser ella había reinado por más de diez años, y tuvo que luchar para retener las lágrimas.
El amor es un sentimiento noble, aunque demasiado frágil. Se alimenta de todo lo bueno que hay en el espíritu, y sin embargo bastan unas pocas palabras inoportunas para destruirlo. Esto lo sabía Rocío desde siempre, pero tanto había gozado en esos años, que llegó a pensar que las reglas del universo se habían olvidado de ella. Por eso le costaba asimilar el hecho de que Braulio ya no sintiera aquel antiguo amor intacto en su esencia, sino uno mucho más endeble, hecho a la costumbre y vulnerable frente a las palabras mal elegidas. Su orgullo de hombre ya no atendía las urgencias de la carne; solo las decisiones de la razón. Y en esa nueva inteligencia había llegado a sentirse cómodo, tan fuerte como para cargar con su propio destino.
El amor hablado es un terreno peligroso para cualquier pareja que lo transite, porque las palabras, en su honesto afán de describir el sentimiento, no hacen más que deformarlo. Y de esa deformación emergen las diferencias definitivas, ya que los raptos del cuerpo y la sutileza de la pasión no pueden ser reemplazados con nada. Un poema es una magnífica expresión de la riqueza que existe en las profundidades del espíritu humano, pero no es nada comparado con la complejidad de un beso. Y lo mismo ocurre cada vez que una frase -halagadora o hiriente- se escapa de nuestros labios. Esto no lo sabía Rocío, ni desde siempre ni desde ningún otro momento, y ahora lo estaba pagando demasiado caro.
Permaneció allí, inmóvil, con el semblante abatido a causa de la angustia. Con un suspiro derramado desde alguna profundidad confidencial.
Aguardó hasta que la sombra de Braulio se fundió con las otras sombras del mundo, y entonces lloró. Lloró como nunca antes lo había hecho en su vida, maldiciendo cada uno de los agravios que había proferido amparada en su historia. Lloró, no por amor sino por palabras, sin saber que cada lágrima que se derrama a partir de un error, es una lágrima desperdiciada.
FIN


