Centenares de oscuros relatos que, más temprano que tarde y con total justicia, serán olvidados por los lectores, marginados por los críticos y desconocidos por el autor.

domingo, 29 de noviembre de 2009

COSAS



Un hombre que está haciendo “cosas” es alguien que no tiene interés en revelar la naturaleza de esas cosas. Ni al que husmea movido por la curiosidad, ni al que guarda silencio por discreción ni a ninguna otra persona. Hay gente que lo entiende de inmediato y desiste de su voluntad indagatoria, y gente que no. Habitamos un mundo abundante en acciones y reacciones, y estar preparado para lidiar con la diversidad es una actitud prudente. Uno nunca sabe si de un momento a otro no puede ocurrir una desgracia similar a la de ese pobre vigilante que vivía en aquel pueblo pequeño del interior del país, y que acabó por ganarse una notoriedad que jamás había promovido.

“Cosas”. Esa solía ser la única respuesta del vigilante Abeijón frente a las molestas indagaciones del oficinista jubilado Verdirame. Los dos hombres eran vecinos en un barrio popular construido en los tiempos en que la desvergüenza y la culpa sostenían una batalla pareja en la mente de los gobernantes, y si bien habían logrado edificar una relación cordial, entre ellos no existía ni rastro de esa intimidad tan amena que se forja con la proximidad.

La existencia del vigilante Abeijón transcurría pacífica entre unas reposadas rondas de patrullaje nocturno y un misterioso claustro diurno. El hombre cumplía sus obligaciones con método, y guardaba su mundo privado con autoridad. Su conducta no era digna de elogios ni pasible de reproches, motivo por el cual gozaba, en algún punto, de una cierta condición de invisibilidad que le satisfacía.

Por otra parte, el retiro de la actividad había transformado la vida del oficinista jubilado Verdirame en una madeja de sucesos irrelevantes y entrelazados sin un propósito definido por alguien que no era él, y que según su opinión, estaba determinado a sumergirlo en el monótono devenir de las instancias preliminares de la muerte. Y no siendo las visitas de su hija y sus dos nietos lo bastante frecuentes como para cubrir su necesidad de interacción social, no tardó demasiado en posar la mirada sobre los curiosos hábitos de su vecino.

Horas enteras dedicaba el oficinista jubilado Verdirame al estudio de las rutinas del vigilante Abeijón, y como las mismas guardaban una simetría rayana con la perfección, le resultó muy sencillo llevar a cabo sus averiguaciones.

Las costumbres de su vecino tenían, como dijimos, mucho de rutina y muy poco de improvisación. Jamás ponía un pie fuera de su casa sin un motivo válido, y cuando lo hacía, no se alejaba más de veinte o treinta pasos. Solo su trabajo como vigilante alentaba en él cierta voluntad -por cierto bastante precaria- de exploración, pero eso ocurría de noche, así que mal podía satisfacer la curiosidad del oficinista Verdirame.

Los dos personajes coincidían en la vereda para llevar a cabo labores domésticas tan penosas como estériles, y esos breves instantes eran aprovechados por el oficinista para practicar sus indagaciones debidamente camufladas. Sin embargo, con la persistencia de la palabra “cosas” como único eje de las conversaciones, comenzó a extraviar la razón.

Una tarde calurosa de verano, el oficinista jubilado Verdirame concibió por fin la semilla de lo que más tarde se convertiría en un ambicioso –aunque irresponsable- plan orientado a materializar una irrupción subrepticia en el inmueble del vigilante Abeijón.

La operación se ejecutó en la hora más temprana de la primera noche sin luna. El oficinista jubilado Verdirame forzó una ventana de la cocina que tenía un cristal roto, y sin mayores inconvenientes se escabulló hasta el living comedor del vigilante Abeijón. La habitación, al igual que el resto de la casa, estaba completamente desierta. El vigilante no tenía mesas, ni sillas, ni estufas, ni pinturas, ni lámparas, ni ninguna otra cosa mueble que pudiera ser considerada de alguna utilidad en el hogar. Nada.

Es difícil explicar el grado de estupefacción del oficinista jubilado Verdirame al encontrarse con algo tan extraño e inesperado como aquel interior sin amueblar. Solo es dable aclarar que gastó el resto de la noche en la búsqueda infructuosa de algún pasadizo secreto que lo condujera al verdadero living comedor de su vecino.

De pronto, el rumor de las llaves en el cerrojo le devolvió algo de la cordura que había extraviado. Era el vigilante Abeijón, armado con su bastón y su pistola nueve milímetros. Parco, firme e impredecible. Amenazante, aunque asistido por la ley y la razón.

“¿Qué hace usted aquí adentro?”, le preguntó el dueño de casa a una sombra apenas visible en un rincón de su cocina sin artefactos.

El oficinista jubilado Verdirame estuvo a punto de contestarle con la palabra “cosas”, pero el vigilante Abeijón, no tan afecto a las indagaciones, le disparó tres veces.

La sombra del muerto vistió la habitación hasta que los primeros rayos del sol se filtraron a través el cristal roto. Luego se desvaneció dejando a la vista las facciones tiesas del oficinista jubilado Verdirame, que aún conservaba su clásico semblante indagatorio.


FIN

lunes, 23 de noviembre de 2009

SELVA



A punto de consumar su desnudez, Selva lanzó una mirada que supo hallar a Jacinto entre los torsos sudorosos que alentaban el desenlace.

De pronto, un haz de luz rojiza se abrió camino desde un punto difuso en el cielorraso y dibujó un círculo en el centro del escenario, justo alrededor de la bailarina. La hora había llegado.

Los amigos del joven enloquecieron, y ella respondió a sus desbordes con un delicado contoneo de caderas. Veloz. Diligente. Profesional.

Con la caída de la última prenda Jacinto cerró los ojos, aunque no pudo evitar que los gritos de la afición se filtraran en lo profundo su mente.

Cuando cesó el murmullo intentó distinguir sus curvas entre la bruma, pero la oscuridad lo hizo imposible.

“¿Cómo estuvo?”, le preguntó a Rafael.

El muchacho -talvez a causa de un repentino arranque de lucidez- supo leer la desesperación en el rostro de su amigo, y entonces midió el alcance de sus palabras.

“Sensual, como cada noche”, respondió.

“Un día de estos la vengo a buscar y desaparecemos para siempre”, agregó Jacinto como intentando justificarse.

“Seguro”, concedió Rafael.

Entonces apuraron sus tragos y se fueron en silencio. Más o menos conformes.


FIN

viernes, 13 de noviembre de 2009

LA HOGUERA DE LOS ESPECTROS



La muerte va con nosotros desde que nacemos, y sin embargo nunca acabamos de acostumbrarnos a su compañía. Me siento sobre la arena helada, tomo una antorcha y la arrojo con fuerza al corazón de hojas secas oculto bajo los leños. Los espectros se agrupan en torno del fuego y calientan sus huesos debajo de los harapos humeantes, insinuando un tácito acuerdo con mi presencia. Entretanto el mar guarda una distancia prudente.

Algunas sombras se arriman convocadas por la hoguera, buscando cobijarse entre el viento y la llovizna. Apenas se distinguen en la oscuridad. La hueste espectral se apiña al oír más pisadas en el lodo. Hablan con susurros y devoran los mendrugos mientras contemplan el oscilar nervioso de las lenguas de fuego.

La noche confirma su amenaza arrojando relámpagos que permiten distinguir la procesión de ánimas que deambula por la playa. Los espectros me observan con recelo; tensos, inquietos. Algunos se alejan hacia el pinar, aunque el sitio que vacían se cubre con nuevas presencias que recogen las migajas perdidas en el viento.

Gotas pesadas acallan los graznidos de las gaviotas. Los más obstinados resisten farfullando entre las chispas de un fuego aún vigoroso, pero la mayoría adivina un sendero seguro hacia el bosque.

Muy pronto me quedo solo entre los restos de mi hoguera derrotada. Los espectros, revueltos en tropel, se pierden detrás de los médanos castigados por la tormenta.

Una anciana de contornos decrépitos regresa de las tinieblas siguiendo su propia huella. Me observa en detalle, y así se queda, inmóvil, apenas iluminada por los leños rojizos a punto de expirar.

De pronto se revuelve y extrae una mortaja de lo profundo de sus harapos. Es blanca, cosida a mano. Una suerte de ofrenda, asumo. Luego la deposita en el suelo y regresa al bosque.

Entonces el fuego se extingue, finalmente. Y dejo de sentir su vigor en mi cuerpo. Y ya no estoy mojado.


FIN