Centenares de oscuros relatos que, más temprano que tarde y con total justicia, serán olvidados por los lectores, marginados por los críticos y desconocidos por el autor.

jueves, 1 de diciembre de 2011

LA FIESTA DEL QUESO

Cuestión previa: El presente relato es viejo. Y cuando digo viejo, digo viejo con ganas. Es una de mis primeras tentativas, cuando aún era joven y hermoso. Pero bueno, vale. Como he llegado a la conclusión de que por este año ya no voy a abordar este género (quiero decir, solo escribiré artículos livianos en mi blog de cabecera), sentí que podía regalarme esta licencia.
La redacción es más bien mala. De hecho es para que me azoten en la Plaza Mayor hasta que pierda el conocimiento, pero aun así me niego a cambiar una sola coma. La idea era buena, y sin embargo la ejecución fue la de un individuo que dibuja sus primeros palotes. Y es que eso hacía exactamente.
En cualquier caso prometo continuar en esta línea para mantener vivo este espacio. Revelar todo el material que no tenía ese destino en épocas más productivas.



La decoración del salón comedor era apenas una muestra del inmenso poderío de la Corona. El Centenario era el mayor evento jamás organizado, y los sirvientes reales no habían descuidado el más mínimo detalle. Aquel palacio era, por lo general, la imagen misma de la prosperidad, pero eso no parecía suficiente para la ocasión. La intención del soberano era exhibir esa opulencia sin pudores, y grabarla a fuego en la memoria de todos sus invitados.

La mesa tenía quince metros de largo, y estaba íntegramente cubierta por un mantel de origen persa bordado a mano. En cambio, la vajilla era un diseño exclusivo de la Casa Real, y cada pieza tenía el sello distintivo. Sin embargo no había sillas, ya que el evento principal consistía en una degustación de vinos y quesos famosos en toda Europa, y la intención era facilitar la circulación de los comensales.

El Duque tomó ubicación en el centro, donde las copas de cristal habían sido agrupadas de acuerdo al tipo de vino que se deseara escoger. Las más grandes, estrechas en la parte superior para permitir el despliegue de los aromas, y con un largo pie para poder ser alzadas sin tocar el cáliz, eran las de vino tinto. Las de blanco, idénticas en cuanto a la forma pero algo más pequeñas para conservar la temperatura, estaban a la izquierda. Y por fin, las más alargadas –doce en total- estaban reservadas para los vinos espumantes.

Tomó una del primer grupo e inició su recorrida para que los demás Nobles no agotaran los mejores platos. El ala sur de la mesa estaba dominada por una combinación de quesos franceses y vinos españoles custodiados por un paisaje de Velázquez.

Se sirvió un Rioja que nadie había probado aún, y a pesar de que sabía que era preferible comenzar con los quesos menos gustosos, su fascinación por el Brie lo impulsó a desafiar la teoría. Descartó uno demasiado blanco (su falta de maduración no requería el veredicto del paladar) y se detuvo en uno muy blando y amarillo al que escrutó delicadamente en busca del olor a amoníaco característico en los quesos que se han pasado de punto. Al comprobar que todo estaba en orden, devoró algunos trozos intercalando pequeños sorbos de vino, y continuó con su marcha.

Probó el Cantal solo para entablar un diálogo con la Condesa de Gammour. Le explicó que el mismo procedía de la región de Auvernia, y que sin duda era el queso más antiguo del mundo; pero al notar el desinterés de la dama –hermosa aunque vulgar- decidió alejarse.

Siguió con un Bleu de Bassignac y otro de Sassenage, para los cuales cambió el vino por uno de la Ribera del Duero. Y antes de abandonar el sector engulló dos trozos del Camembert más oloroso que halló. Estaba tan conmovido por los sabores, que deseaba estrechar al Rey en un abrazo eterno.

En el ala norte, justo bajo el Da Vinci, se habían instalado los nobles más importantes, pero también los más tediosos. La combinación de vinos y quesos era opuesta a la anterior, pero la ubicación de estos señores se debía más al azar que a la preferencia. Ninguno era muy versado en las cuestiones de la gastronomía.

Luego de una imperceptible reverencia, atacó un manchego de Albacete macerado en oliva. Su sabor era fuerte, ácido y muy picante; de lo mejor que había probado. Por lo tanto lo acompañó con algo acorde a sus merecimientos: un Bordeaux de veinte años que para su suerte se hallaba en el punto justo. Ya no podía pedirle nada más a la noche. Mezcló un fresco de Burgos elaborado con leche de oveja desnatada con un vino blanco de Chablis, y cerró el sector con dos o tres copas de champagne que ya era incapaz de apreciar con la debida precisión.

Decidido a rematar la noche con aquel Rioja que había probado al inaugurar la jornada, se deleitó con el Emmental suizo – un disco de cien kilogramos dispuesto en una mesa aparte-, el Gorgonzola de Milán, el Provolone napolitano, un Gouda de Rótterdam y un Leiden con granos de anís que había sido devastado por el grueso Conde de Lumiere.

Luego de dos horas de excesos, ya no quedaba una sola gota de energía en su cuerpo.

Tendido en el suelo con la mirada borrosa, la nariz aleteante y el pecho jadeando para detener el vómito, alcanzó escuchar las risas y los gemidos de algunos invitados que ya disfrutaban placeres de otra índole.

¡LA ORGÍA! ¡SE ME OLVIDÓ LA ORGÍA!

Intentó incorporarse, pero ya era tarde para esa clase de proezas. Apenas fue capaz de girar la cabeza; y todo para observar entre sombras como la Condesa de Gammour, con el mismo entusiasmo que él había aplicado sobre los quesos, se abalanzaba desnuda sobre todo aquel que se moviera cerca de ella.

Mientras el Rey y el Conde de Lumiere compartían en armonía el plato principal que él había deseado para sí, el sueño comenzó a vencerlo.

Se quedó dormido a un costado. Manso. Indefenso. Temeroso de que alguien reparara en su presencia cuando la fiesta alcanzara el máximo de degradación.



FIN

martes, 16 de agosto de 2011

ERA ELLA

Cuestión previa: Reanudamos la marcha. De a poco.




Al principio le costó reconocerla, pero era ella. No cabía la menor duda. Engañaba, quizás, la disposición del cabello, el color, el dibujo añoso de las caderas, aunque él podía percibir detalles más complejos que seguían allí, patentes, idénticos a aquella época en que se grabaron en su mente, cuando los tres se saludaban cada mañana con ese ritual mecánico de lo cotidiano, sin la amenaza de una futura distancia.

Ana y Sofía eran las únicas que permanecían junto al féretro, en silencio, gobernando con la mirada el tenso desfile de los deudos mientras besaban devotas las manos huesudas del occiso. En un rincón resguardado de la luz de las velas, Manuel bebía una copa de ginebra –acaso una grapa- con el rostro circunspecto. Su presencia delatada apenas por una tos nerviosa que de vez en cuando se filtraba entre los sollozos de sus hermanas.

Ninguno de los tres reparó en su presencia. No tenían por qué. Para ellos era solo uno más de los tantos vínculos pasados y extintos que se habían acercado alertados por la aguda memoria de alguna de las tías, o simplemente por el aviso publicado en el periódico la mañana anterior. Solo Francisca se arrimó y le ofreció un bocadillo que ella rechazó con ese elegante ademán, uno más de aquellos detalles complejos que nadie salvo él estaba en condiciones de detectar.

Cuarenta años desde la última vez. Cuarenta años desde aquella mañana en que les anunció su partida, de pie junto a la puerta de la casita de Almagro, con su bolso de cuero negro y ese libro de Joyce que jamás acababa de leer. Y nunca más una carta. Una llamada. O siquiera un indicio que habilitara el sueño de una búsqueda.

Salió de la casa y encendió un cigarrillo seguro de que no iba a llegar a la mitad antes de que ella buscara también el fresco del aire. Por experiencia sabía que no era larga en las despedidas, y en esta en particular la imaginaba traída más por una voluntad de confirmación que por la posible hondura de su tristeza.

- Nunca nos explicaste por qué –le susurró justo antes de que lograra escabullirse hacia la calle.

–Por amor –respondió ella sin volverse.

–¿A quién? –retrucó él consciente del peligro de que fuera aquella su única aclaración–. ¿A vos?

–A mi libertad –agregó por fin–. Un amor puede ocultar otro, pero no eternamente.

La frase encerraba una declaración, pero también una sentencia. Ese decir sin decir, persistente, tenaz. Un detalle final antes de reanudar la marcha. Sin volverse. Siempre sin volverse.

–¿Te acordás de lo último que te dije esa mañana? –preguntó él mientras pisoteaba la colilla del cigarrillo, buscando, tal vez, ensuciarle la despedida.

–Vagamente.

Y ya ninguno de los dos dijo más.




FIN


viernes, 6 de mayo de 2011

I'M PRETTY TIRED

martes, 26 de abril de 2011

CORDELIO




Cordelio cerró la puerta de la habitación y observó al anciano con un dejo de curiosidad. No comprendía por qué aquel hombre ausente de sí mismo debía morir por su mano, y esa idea refrenaba un poco el obrar mecánico y profesional que solía rubricar sus trabajos. Sabía lidiar con la resistencia, las súplicas y hasta el llanto de los que afrontaban el irreversible final, pero no estaba acostumbrado a la indefensión.

Los ojos febriles e inexpresivos del anciano acudieron trabajosos a su encuentro (¿realmente lo estaba mirando?), y Cordelio creyó percibir en él la sospecha de un desenlace. Ese solo gesto le bastó para recobrar su impronta glacial, tan necesaria para despachar el asunto que le habían confiado.

‘¿A quién hiciste enojar cuando tenías una vida?’, le susurró en el oído. Pero sus palabras flotaron sin rumbo y se disolvieron en un instante.

Hundido en un terroso sillón de cuero, el anciano vagaba en el corazón de una nebulosa íntima, distante y hermética. Una negrura de imposible profanación. Desnudo de la cintura hacia arriba, con el mentón sumido en el pecho, los párpados a medio caer y un mechón de cabello gris atrapado en la humedad de la frente, revelaba la indiferencia de un formidable oponente.

Cordelio cedió ante una nueva vacilación. Echó la cabeza hacia atrás y permaneció algunos minutos en el más absoluto silencio, bañado por la amarillenta claridad de la bombilla suspendida en el techo, urdiendo el detalle de una ejecución o una fuga.

El hecho frío de la muerte. La respuesta brotó de su estómago hirviente casi al mismo tiempo en que lo hizo la pregunta que le dio vida. Esa era, después de todo, la justificación última de su oficio. Lo mismo un perro que un abogado. Igual una monja bañada en orín que un viejo vacío de cerebro. La pretensión del gozo solo podía ser definida como una deformación profesional.

Entonces tapó el rostro inexpugnable del anciano con un almohadón, y sobre él posó el caño de su revólver.

‘El asesino no vaciló’, leyó en un matutino al tiempo que bebía el primer sorbo de café en el bar del gallego. Y se sintió sucio.



FIN

viernes, 26 de noviembre de 2010

PORQUE DE VERAS NO ESTABAS



Y me pregunté cómo podía ser que permaneciera muda, parada delante de mi furia en progreso, mirando como quien infiere el futuro y acepta esa visión sin siquiera encajar al vacío una mueca teatral.

‘Ahora te voy a cagar a palos’, le dije. Porque eso era exactamente lo que pensaba hacer. Y no porque estuviera borracho, o un poco más borracho que siempre, sino porque era –soy- un hombre violento. Liso y llano. Sin atenuantes. Aunque ella nunca me hubiera visto de esa forma.

‘Hoy golpeó a la puerta una mujer, y preguntó por vos. A los gritos preguntó, con el hocico incrustado en la madera. Y tenía la voz, el tono, de una puta urgida. De esas putas sucias que rellenan tus tardes de ocio. De esas arrastradas de vientre templado y tetas pálidas que empiezan a ganarse el pan ni bien se vacía tu tercer vaso. Y le dije que no estabas. Porque de veras no estabas. Y que con un poco de suerte te habrías matado cruzando alguna calle a destiempo, o peleando por un cigarrillo mojado con otro borracho más fuerte o afortunado. Pero que ella podía volver a buscarte cuantas veces quisiera. Y frotar el hocico contra la madera. Y pedir por vos con su tono de puta urgida. Que siempre iba a ser bienvenida en esta casa’.

Entonces le brotó del pecho una risotada infame, y sin embargo su rostro angélico no se transfiguró. Y de pronto mi mente se llenó de Violeta, mi puta urgida y mi puta urgente, con sus tetas pálidas, su vientre templado y su hocico brioso, desnuda en su esencia por aquella finísima crueldad impropia de la mujer que la exhibía.

Quise cumplir mi promesa, romperle todos los huesos de la cara y borrar esa sonrisa odiosa y serena, pero en algún punto entre la decisión y el acto perdí el equilibrio. Mientras intentaba ponerme de pie, un dolor punzante detrás de los ojos me devolvió al suelo, y allí quedé, sumido en una parálisis indigna de mis intenciones, víctima de una ceguera transitoria y brutal.

Presencié el final de la escena preso de la más absoluta oscuridad, en cuatro patas, como una bestia torpe y arrepentida que mendiga el perdón de su amo luego de mojar una alfombra nueva.

El taconeo cada vez más lejano; el borracho de mierda te voy a prender fuego dicho en un tono neutro, tan compatible con aquella sonrisa que en ese instante solo podía imaginar; el sonido de las llaves en el interior de su bolso y luego en la puerta. Todo con una parsimonia como salida de otra obra, en otro sitio y en otra época, libre de borrachos, arpías y putas urgidas.

‘La perdiste a propósito… ahora te voy a cagar a palos’, le dije sin gritar.

Pero ya no me respondió.


FIN

jueves, 14 de octubre de 2010

RETRATO DE UNA AUSENCIA



Elmer Koster desapareció una tarde calurosa de noviembre, a los ochenta y dos años. Las circunstancias de esa ausencia, voluntaria o provocada, permanecen desconocidas.

Su gabinete de lectura es un tibio reflejo del transcurso de sus últimas horas. Destacan por sobre las demás cosas una lámpara de rústica presencia y pálida prestación, una biblioteca erigida con criterios muy lógicos y un perchero de estilo.

Siete gruesos volúmenes abiertos sobre el escritorio de algarrobo contienen fragmentos subrayados con un lápiz que descansa inmóvil, muy próximo a uno de los vértices del mueble. Dichos fragmentos revelan algo sobre la cotidianeidad de sus ideas, aunque son inútiles para mensurar la posible hondura de sus penas. Refieren datos vinculados –talvez- con alguna inquietud de corte más o menos científico; destacan frases o párrafos que conforman complejas bellezas; capturan la semilla de próximos razonamientos, imposibles de ordenar sin su presencia. Pero no permiten inferir sucesos concretos.

Poca o ninguna luz arroja hasta el momento la investigación policial, que solo se lleva adelante a causa del carácter público y obligatorio de la función. Todo con lo que se cuenta para lograr el esclarecimiento del hecho son precarias hipótesis basadas en testimonios de vecinos que apelan al género fantástico en el afán de rellenar los vacíos promovidos por el celo del ausente en relación a su intimidad. Y se agregan las continuas perplejidades de un inspector anónimo.

Más allá del curso que ha tomado el trabajo policial, y siendo del todo ajeno a la lucidez o impericia del investigador, tengo para mí que las claves de la desaparición de Elmer Koster reposan ocultas en uno o varios rincones de su gabinete. En algún terroso manuscrito que todos, los incapaces, los curiosos y el narrador, en nuestros registros o descripciones, pasamos por alto irremediablemente. O en la discreta profundidad de algún recóndito cajón ante el que nuestros sentidos permanecieron indiferentes.

En cualquier caso, el misterio de esta ausencia parece transcurrir en otro espacio y en otro tiempo, al cobijo de una desidia general y uniforme. Nadie, ni los testigos, ni los perseguidores, ni siquiera el propio Elmer Koster, ha puesto demasiado empeño en penetrar los secretos de su universo.

FIN

sábado, 28 de agosto de 2010

LAS PALABRAS DE ROCÍO


De pie frente a la ventana, Rocío lo observó alejarse en la esperanza de que un último milagro lo hiciera cambiar de opinión. Al otro extremo de la calle San Blas se encontraba el hombre dentro de cuyo ser ella había reinado por más de diez años, y tuvo que luchar para retener las lágrimas.

El amor es un sentimiento noble, aunque demasiado frágil. Se alimenta de todo lo bueno que hay en el espíritu, y sin embargo bastan unas pocas palabras inoportunas para destruirlo. Esto lo sabía Rocío desde siempre, pero tanto había gozado en esos años, que llegó a pensar que las reglas del universo se habían olvidado de ella. Por eso le costaba asimilar el hecho de que Braulio ya no sintiera aquel antiguo amor intacto en su esencia, sino uno mucho más endeble, hecho a la costumbre y vulnerable frente a las palabras mal elegidas. Su orgullo de hombre ya no atendía las urgencias de la carne; solo las decisiones de la razón. Y en esa nueva inteligencia había llegado a sentirse cómodo, tan fuerte como para cargar con su propio destino.

El amor hablado es un terreno peligroso para cualquier pareja que lo transite, porque las palabras, en su honesto afán de describir el sentimiento, no hacen más que deformarlo. Y de esa deformación emergen las diferencias definitivas, ya que los raptos del cuerpo y la sutileza de la pasión no pueden ser reemplazados con nada. Un poema es una magnífica expresión de la riqueza que existe en las profundidades del espíritu humano, pero no es nada comparado con la complejidad de un beso. Y lo mismo ocurre cada vez que una frase -halagadora o hiriente- se escapa de nuestros labios. Esto no lo sabía Rocío, ni desde siempre ni desde ningún otro momento, y ahora lo estaba pagando demasiado caro.

Permaneció allí, inmóvil, con el semblante abatido a causa de la angustia. Con un suspiro derramado desde alguna profundidad confidencial.

Aguardó hasta que la sombra de Braulio se fundió con las otras sombras del mundo, y entonces lloró. Lloró como nunca antes lo había hecho en su vida, maldiciendo cada uno de los agravios que había proferido amparada en su historia. Lloró, no por amor sino por palabras, sin saber que cada lágrima que se derrama a partir de un error, es una lágrima desperdiciada.

FIN

martes, 10 de agosto de 2010

OVIDIO



‘Eres feo, Ovidio. Eres feo como un pie’. Eso se dijo justo antes de llamar a la puerta de su vecina. El corazón repicaba en la profundidad de su pecho, veloz, enérgico. Minúsculas gotitas de sudor resbalaban desde su frente en dirección a los mofletes exageradamente redondos, otorgando a su rostro un brillo uniforme, un color como de cera, sensible a las variaciones de la luz. Ocultó, sin embargo, la turbación interior que lo aquejaba. Y lo hizo lo mejor que pudo. Las manos cruzadas detrás de la espalda, la respiración urgente y esa sonrisa neutra moldeada por años de incomprensión y rechazo.

La puerta se abrió revelando a Clara en todo su esplendor. Una sonrisa integradora y genuina. El cuerpo cubierto solo con una bata de seda. Una toalla blanca anudada en la cabeza, oculto el cabello húmedo detrás de un velado aroma a jazmín. Y nada más.

‘Dilo Ovidio. Di lo tuyo de una puta vez’. Eso se dijo justo antes de que Germán irrumpiera en la escena. Pectorales apretados debajo de la camisa, tostada la piel, frondosa cabellera y una nota de desprecio en la mirada.

La presencia inoportuna del galán le agrió el semblante, y su torso adiposo comenzó a humedecer la tela que lo cubría.

Tardó pocos segundos en sentirse observado, minimizado del modo más cruel por la figura del recién llegado. Belleza, capilaridad, estatura, facilidad de palabra; exceso y defecto jugando una vez más en su contra. Exponiéndolo en su imperfección frente a los ojos inocentes de su amada. Y entonces percibió en ella el recelo y la desconfianza, la potencia destructiva de aquellos contrastes.

Intentó articular una frase, una justificación para su inexplicable presencia, pero el olor rancio de su transpiración lo indujo a apurar la retirada, allanando para su rival el camino de la conquista.

‘Te amo Clara’. Eso se dijo ni bien halló refugio en la intimidad de su hogar. Se secó el rostro con una toalla de mano y devolvió al florero la rosa que había mantenido oculta detrás de la espalda. Luego se sentó a contemplar el firmamento a través de la ventana de la cocina.

Allí, inmóvil, pensó en varias cosas. En Clara, por supuesto. En las desventajas de su apariencia. En las canciones que acompañaron su niñez en Granada. En la remota posibilidad de un amor. En las enseñanzas de su padre. En el cariño tosco de su madre. Y otra vez en Clara.

Entretanto, a pocos pasos de distancia, Germán la violaba por segunda vez.


FIN

martes, 15 de junio de 2010

UN ARMA DE GRUESO CALIBRE (IV)

Cuestión previa: Última entrega de la saga. Luego volveremos al tenor habitual de este espacio. Muchas gracias por haber acompañado la experiencia.



UN ARMA DE GRUESO CALIBRE (ÚLTIMA PARTE)

LA SENTENCIA

Una vez esparcido el rumor sobre aquella peculiar ventaja anatómica, comencé a circular por los pasillos del colegio precedido por mi reputación, hecho por el cual los murmullos, las felicitaciones y las sonrisitas pícaras estaban a la orden del día.

Muy pronto la revolución que se generó alrededor de mi persona me obligó a dividir el universo femenino en varias categorías, siempre de acuerdo con el nivel de interacción que se daba en la práctica. En la primera estaban aquellas cuya osadía las había impulsado a experimentar el desafío de meterse entre mis sábanas, logrando completar la faena con éxito. Les seguían las arrepentidas de último momento que solo se habían animado a satisfacer mis ansias con maniobras incompletas o proezas de tipo oral. Luego estaban las curiosas, que si bien habían tenido algún tipo de contacto, el mismo solo podía calificarse como tibio, lejano, limitado a la manipulación o ajeno a la desnudez. Y en el escalón más bajo se ubicaban las amigas de la fabulación, que no habiéndose atrevido siquiera a hablarme de lejos, se vanagloriaban de haber protagonizado sesiones inolvidables que bien podrían haber sonrojado las mejillas de la mismísima Camilita Pedroza. Dentro de esta última categoría incluso llegaron a verse, en el gimnasio y delante de decenas de testigos impávidos, escenas de pugilato entre una novia y una amante, ambas impostadas e igualmente decididas a sostener la fábula.

Hay de todo en la viña del Señor, decía hace años mi abuelita con su dulce acento andaluz. Y no le faltaba razón.

Entre las conquistas más destacables de aquella época viene a mi memoria Selene Andrada, una pudorosa quinceañera de tercer año que cantaba en el coro de la iglesia, y que a la postre se reveló como una amante desenfrenada, imaginativa y, por sobre todas las cosas, discreta. También recuerdo la ductilidad de Marina Garrido, la entrega de Fernanda Romo y la elegancia de Flavia Oliver; pero ninguna podrá acercarse jamás al sitio de privilegio que guardo para Claudia ‘la tetona’ Garibotti, aquella pragmática adolescente que logró destrabar el conflicto cuando mi pudor de infante y la intransigencia de sus amigas estuvieron a punto de echar por tierra el histórico acuerdo alcanzado en la habitación de mi hermana.

Egresada del colegio dos veranos atrás, y conmigo ya convertido en un hombre de experiencia a pesar de que recién estaba cursando el tercer año, la tetona comenzó a exhibir una conducta de la que jamás había dado la más mínima muestra. Fue como si hubiera aguardado, paciente y calculadora, que fueran otras las encargadas de pulir hasta el punto justo mis habilidades amatorias.

Favorecida por el hecho de ser la inseparable compañera de estudios de mi hermana (a pesar de que cursaban carreras distintas), no le resultó difícil preparar el terreno para el encuentro, que finalmente ocurrió en un hotel alojamiento ubicado a dos cuadras de mi casa paterna la noche en que, con un manejo de los tiempos digno de elogio, cerró los libros en el preciso instante en que yo me disponía a salir, rogándome que le hiciera compañía hasta que el colectivo llegara a la parada.

Brindó Claudia Garibotti, aquella noche, una demostración de talento de alcoba que hasta la fecha no he vuelto a disfrutar de parte de ninguna mujer. Y una sentencia. Porque los pequeños retazos de gloria que un individuo puede arañar a lo largo de su existencia, llegan siempre en compañía de una factura, un contrapeso destinado a impedir que la suela de los zapatos remonte un vuelo nada recomendable.

Recostada en la cama con el pelo revuelto, un cigarrillo colgando de sus labios húmedos y la luz violácea de la habitación dibujando caprichosos reflejos en la redondez de su cuerpo desnudo, la tetona permaneció más de quince minutos en el más absoluto de los silencios. Quizás exhausta por la batalla. Quizás ebria de tanta pasión. O talvez —solo talvez— gobernada por oscuras meditaciones, por la responsabilidad que siempre conlleva la elección de las palabras correctas.

Cuando por fin se decidió a hablar, emitió un veredicto brutal. Tan lapidario como poético. Tan descarnado como sentido. Las palabras resbalaban en su boca con una estética que yo jamás le había oído en presencia de mi hermana. Una profundidad oculta en algún sitio recóndito de su pecho, y que se me antojó reservada a través de los años solo para florecer en mi exclusiva presencia.


“Vos sos un instante. Un instante de cielo. En tu vida solo vas a conocer relaciones efímeras, aunque reales. Porque ninguna mujer se va a arriesgar jamás a convertirte en una costumbre. En un amor. A quedar expuesta a la posibilidad de tener que olvidar.

Vas a conocer mil verdades. Orgasmos genuinos. Deseos atroces. Perversiones que hoy están más allá de los límites de tu imaginación. Llantos sinceros. Sonrisas del alma. Miserias del cuerpo. Fantasías inconfesables. Palabras inventadas. Elogios sufridos. Gemidos espontáneos. Un inmenso arcón de conductas femeninas vedadas al resto de los mortales. Pero vas a ser siempre una anécdota. Una anécdota de color en la vida de una o mil mujeres.

La idea es que te acostumbres, que no te gane la frustración del amor negado, porque esa es tu condena. Es el precio a pagar por el don que se te dio.

Ninguna mujer que se precie se va a arriesgar si se le concede, como ahora se me concede a mí, un momento para la reflexión”.


Dicho esto apagó el cigarrillo, tomó el teléfono interno, dio precisas instrucciones para prolongar la estadía y luego se comportó de un modo tal que me dio la impresión de que su única voluntad era la de dejar refrendada con hechos la sentencia, para impedir que operara el olvido.

De más está decir que su vaticinio se cumplió al pie de la letra, y que a más de veinte años de aquel día mi vida se encuentra signada por una compleja mezcla de variedad y fugacidad. Atrás han quedado innumerables Camilas, Fernandas, Marinas y Flavias, todas ellas desvanecidas en mi memoria luego de su propio instante de reflexión, aunque siempre habiendo expresado, en forma voluntaria o inconciente, su verdadera naturaleza.

Y yo me conformo recordando la sentencia de Claudia Garibotti, la tetona, la única mujer que, a su modo, ha logrado ganarle al olvido. Y lo hago sabiendo que en el fondo es un trato no exento de justicia. Porque soy un instante. Un instante de cielo. Una anécdota de color en la vida de una o mil mujeres. Pero una muy grande. Enorme.



FIN

jueves, 3 de junio de 2010

UN ARMA DE GRUESO CALIBRE (III)

Cuestión previa: Tercera entrega de un relato que no se ajusta al estilo exhibido hasta hoy en este espacio. Recordar la advertencia oportunamente realizada al publicar las primeras dos partes. Quedan ustedes -otra vez- debidamente notificados.



UN ARMA DE GRUESO CALIBRE (TERCERA PARTE)

LA RUPTURA

Hablar del oso Lampone implica la tarea de retratar en la mente del lector a un mastodonte de casi dos metros de altura y ciento diez kilos de puro malhumor, que por fortuna para todos los que aún nos hallábamos a medio camino entre el renacuajo y el hombre había egresado del colegio el año anterior, llevándose consigo su abultada maleta de abusos y vejaciones. Sin embargo yo continuaba temiéndole con la misma intensidad que aquel infausto día en que me lo crucé por primera vez y me obligó a hacer ciento veinte flexiones de brazos para evadir una paliza que, luego, de todos modos me propinó.

Hablar del oso Lampone implica, como dije al comienzo, hablar del músculo aplicado a la violencia por la violencia misma. De la cesión de útiles escolares a modo de tributo. Del peaje diario para transitar libremente por cada rincón del patio de recreo. De cabezas sumergidas en la profundidad de los inodoros solo por diversión. De súplicas ignoradas. De ruegos sin eco. De silencios forzados.

Hablar del oso Lampone implica hablar de todo eso, pero por sobre todas las cosas, implica hablar del novio celoso de Camila Pedroza.

Asumo entonces que ya no hace falta aclarar el motivo que me condujo a mantener mi conquista en el más absoluto de los secretos. Si bien Camila se encargó de amenazarme apenas acabó nuestro primer encuentro, lo cierto es que cualquier otro comportamiento habría puesto mi integridad física en serio peligro. Por supuesto que me moría de ganas por refregar en la cara de mis amigos la identidad de mi amante. Quería describir en detalle cada centímetro de su anatomía, cada una de las poses que me había regalado y cada grosería salida de su boca en el fragor de la batalla, pero no podía confiar en que aquel hatajo de desesperados, casto bajo protesta, fuera a mantener la compostura ante semejante revelación. Por lo tanto, y muy a mi pesar, prevaleció el instinto de conservación por sobre los alardes del semental. Y así continuó mi vida, oscilante entre los puños del oso pendiendo sobre mi cabeza como una espada de Damocles, y la caprichosa psicología de su novia, incomprensible para mi tierno cerebro preadolescente.


Cuando por fin pude convencer a Camila de utilizar sus reconocidas habilidades en el tratamiento oral del miembro masculino sobrevino la primera gran desilusión de mi vida sexual. Ese día comprendí que la única criatura con la cual puedo practicar dicha actividad sin causarle una muerte horrenda por ahogamiento es la pitón amazónica, cuyas mandíbulas superior e inferior se encuentran unidas por un ligamento sumamente elástico que le permite introducir en su boca objetos de un tamaño muy superior al suyo. Por lo tanto, si deseo mantenerme dentro de las convenciones, una generosa porción de mi aparato reproductor se encuentra circunscripta a los sitios que han sido diseñados para tolerar en forma más o menos decente una incursión completa. Y Dios sabe que no son todos.

Aunque no era precisamente una luminaria, llegó un momento en que la musa comenzó a aburrirse de mi inmadurez, y la marcha de la relación se tornó insostenible para ambos. Con la excusa de que el oso desconfiaba de su sinceridad, fijaba los encuentros en horarios que un niño de trece años no siempre estaba en condiciones de satisfacer. A veces me fugaba de casa saltando por la ventana de mi dormitorio, pero otras me resultaba imposible burlar la vigilancia de mi madre.

Así las cosas, quedé colocado en el papel del villano que abusaba de la niña inocente cuando le venía en gana, guiado únicamente por su apetito sexual y ajeno a los sentimientos de su víctima de turno. Una enorme falacia que, unida a las zonas de su cuerpo que por una cuestión de tamaño se hallaban vedadas a mi deseo, comenzó a minar su interés hasta llevarlo al punto crítico de la desaparición. La ecuación era simple: ella se divertía a dos puntas mientras yo sufría para cumplir con sus extravagantes demandas. Esa situación no permitía más que un desenlace, pero nublado como estaba por su sonrisa y su desnudez, yo era incapaz de tomar una decisión.

Aquella tarde de viernes me abordó por sorpresa al regreso de la escuela. Y al Igual que la primera vez, el futuro inmediato volvió a representarse en mi mente con una claridad meridiana. Mi aventura sexual clandestina y desenfrenada había llegado a su fin, y solo restaba la comunicación oficial para devolverme de un plumazo a mis célebres sesiones de inodoro, sitio del cual nunca había estado preparado para salir.

“No sos vos, soy yo”, comenzó diciendo. Según sus palabras, la diferencia de edad era un factor determinante para la separación, y sin embargo no daba la impresión de hallarse demasiado afectada. De cualquier modo, en los tres meses que llevaba nuestra relación yo había crecido. Ya no era aquel borrego vacilante y temeroso que podía ser sobornado para enseñar sus secretos frente a un grupo hembras en celo. Había dejado de ser un niño inocente para convertirme en un hombre, también inocente, aunque esa es otra historia. No estaba dispuesto a desaparecer sin la merecida indemnización, y por lo tanto mi contrapropuesta no fue tan precaria como aquel torpe intento de manosear las tetas de Claudia Garibotti.

“Voy a pelear por nuestro amor; estoy seguro de que el oso lo va a entender”, le dije con una calculada mueca de fastidio. Y su rostro palideció. Intentó convencerme de desistir, horrorizada con la idea de que un alfeñique de cuarenta y ocho kilos tuviera la intención de razonar con el oso Lampone, pero mucho más, intuyo, con la cuenta que aquel verdadero disparate podía traerle a ella. Pero como mi fingida tozudez resultó demasiado para sus argumentos, terminó ofreciendo lo que desde un principio yo había estado buscando.

Aquella tarde me despedí por la puerta grande. Fuimos a su casa y tuvimos una intensa sesión amatoria que culminó en el preciso instante en que la madre cerraba la puerta del ascensor al regreso de su trabajo. Nunca más volví a verla desnuda.

Más tarde, ya refugiado en la tranquilidad de mi hogar decidí que había llegado la hora de esparcir el rumor sobre las dimensiones de mi miembro. Deseaba cosechar los frutos de la fama, explorar nuevos horizontes, ignorante de que allí afuera no todas las mujeres eran tan osadas como la inefable Camila Pedroza.



Continuará...