Centenares de oscuros relatos que, más temprano que tarde y con total justicia, serán olvidados por los lectores, marginados por los críticos y desconocidos por el autor.
Algunas de sus actitudes –demasiadas por cierto- me convencieron de que aquel individuo llevaba perfecta cuenta de mis movimientos. Entonces elegí ignorarlo, pero eso lo afectó de un modo evidente y profundo. En un principio pareció sumirse en un insondable abismo de dolor, hasta que por fin percibió en mi rostro un atisbo de remordimiento. Luego mantuvo el decoro hasta que llegamos a la siguiente estación.
Cuando el tren retomó la marcha, su invasión ocular se tornó más intensa, y ya que éramos las únicas dos personas en el vagón decidí invitarlo a que se acercara. Imaginaba que un cambio de palabras en un clima distendido sería suficiente para restablecer la calma. Para mí, porque su desparpajo había comenzado a irritarme, y para él, porque era evidente que mi presencia era el motivo de su turbación.
“Usted es él”, concluyó al tiempo que un temblor vigoroso le sacudía la barbilla.
“Usted es el hombre del traje negro.”
Casualmente me dirigía al pueblo vecino para visitar a mi sastre, y si bien el traje era de color negro, me resultó ofensivo que su definición hiciera centro en aquella prenda. Sobre todo teniendo en cuenta que, en su momento, no me costó más que un puñado de dólares.
El hombre continuó escrutándome como si nunca hubiera visto un traje negro, pero ya no dijo más.
- Disculpe caballero- dije para distraerlo-. Hay mucha gente vestida como yo. A lo sumo seré un hombre de traje negro, y no el hombre del traje negro.
- Usted se dirige a la casa de su sastre… ¿no es cierto?- preguntó como al descuido-. Es el judío que importa las telas desde Europa.
Encontré aterradora la seguridad con la que habló. O mejor dicho, lo acertada que era su afirmación. Me sentí asaltado; abordado; invadido en mis actividades más triviales.
- ¿Cómo lo sabe? ¿Me estuvo siguiendo?
- De ninguna manera- objetó-. Siempre tuve la sospecha de que usted no era solo un producto del imaginario popular.
- ¿Qué está diciendo?- indagué ya con la certeza de su locura.
- Digo que usted es una leyenda. Una leyenda urbana.
Su sentencia sonó como una campana en lo profundo de mi mente, y el estupor se hizo dueño.
- Mire a su alrededor- dijo pasando la mano por mi hombro-. ¿Ve mucha gente vestida como usted?
No supe qué contestar.
- El judío falleció de un infarto en el año mil novecientos cuatro. Aquella mañana usted fue el primer cliente en llegar a la sastrería, y al hallarlo muerto simplemente…
- Mi sobrino me había regalado el arma la tarde anterior, por mi cumpleaños.
- Lo sé- aclaró-. Leí los artículos de la época.
- Disculpe, me bajo en esta estación- le comuniqué entre sollozos. La realidad estaba aplastando mi paraíso espectral.
- Vaya amigo, pero llévese mi tarjeta. Por las dudas…
Mi nuevo sastre es un sujeto singular. Me atiende una vez por semana, en forma gratuita; y lo hace movido por el orgullo de vestirme. O por alimentar esa leyenda que algún día nos tendrá a los dos como protagonistas.
FIN
Por el Río Paraná
venía nadando un piojo,
con un hachazo en el ojo
y una flor en el ojal.
Me acertó con los cuernos el Diablo y no fui capaz de escribir otra cosa. Así muerto que me entierren, que yo no soy de esos que se lamentan bajo la mortaja. La poesía, en verso, me queda a trasmano del alma, y un espíritu que no es poético merece el castigo de lo material. Y todos los demás castigos del mundo.
¿No te doy lástima, mujer? Pues retuérceme bien el cuello y pon fin a mi sufrimiento. ¿Qué esperas? Y no temas, que la muerte viene con nosotros desde que vemos luz.
Ayer, en las ráfagas del viento me llegó la voz de las musas, y las obligué a que se hiciesen a la mar, y con ellas pasé embarcado la noche entera. Pero luego se reveló el océano, y entregado a las olas no supe oír los susurros.
“Hazle unos versos al primer amor bajo la sombra de aquel cerezo”, me dije. Sin embargo, para el amor primero me sobran años, y para los versos me faltan luces. Me encuentro perdido en algún punto del abismo que separa al charlatán del poeta. Y en torno, soledad y silencio.
“Elige una mujer cualquiera y estúdiala en sus modales, en su figura, en su forma de vestir”, me conminé al verme acorralado. “Ellas son el corazón del poeta, trágicas, aunque siempre luminosas”. Y nada. Las palabras que imaginé no fueron más que tristes alardes de una técnica mediocre; demasiado dulces, demasiado trilladas, demasiado ajenas al arte incluso para estropearlo.
Desecho en este punto mis ambiciones del día, y me quedo con el verso que ensayé al comienzo. Así, entre un llorar y un maldecir, sumerjo los pies en agua templada a la espera de que otros sean los vientos que golpeen a mi puerta.
FIN
En un sótano húmedo de paredes tiranas, un hombre de ojos grises monta guardia. Observa los gloriosos contornos de la cautiva y sueña un amor que se le antoja factible. Piensa los olores, compone los sabores, y acaso extravía algún fragmento de realidad.
En un instante caduca el hombre y prevalece la pureza de la fiera. Gritan los ancianos resortes del colchón mientras el torso desnudo y brutal impregna su transpiración en esa piel blanquísima.
La muchacha se retuerce agónica mientras la bestia progresa en su carne. Con las muñecas sangrantes entre sus ataduras, arquea la espalda y eleva el pecho al ser escrutada, sabiendo que de esa forma lo mismo se alivia y se ofrece.
Y percibe la saliva; y la lengua que la explora; y los ritmos violentos que le nublan la vista; y los gemidos que traicionan su orgullo.
Y los fluidos la invaden. Y ella sin soltar una lágrima.
En un sótano húmedo de paredes tiranas, un hombre de ojos grises yace junto a un amor soñado. Goza los olores, celebra los sabores, y acaso se inventa algún fragmento de realidad que ya no cuestiona.
FIN
BREVES RELATOS DE PECADORES (V)NO HAY TIEMPO PARA MÁSMaccarone irrumpe con violencia. Amenaza, roba y huye. En plena fuga es descubierto y herido, pero la noche está de su parte y se refugia en la oscuridad de un galpón. La herida lo debilita, y mientras la policía cierra el cerco, el rumor de los vecinos ardidos le infunde un temor que lo paraliza.
Una piedra golpea en la chapa, y pronto le siguen otras. Se filtra el argumento de un comisario y el crujir de las antorchas. La sangre brota de su cuerpo y lo nubla, pero a su modo entiende que el tiempo se consume.
Un perro viejo se escabulle por la puerta entreabierta, exponiendo su figura difusa. Algunas balas silban y otras perforan la carne y la chapa. Ya no es tiempo de palabras, y Maccarone no tiene fuerzas para batirse. El aullido tenue del animal penetra en sus oídos, y él interpreta un presagio. Se incorpora, se limpia el sudor y medita el dibujo de su hora final.
Maccarone abandona la oscuridad y el sigilo. Patea la puerta y salta sobre la bestia que descansa. El fuego propio se confunde con el otro. Aprieta un brazo en el cráneo y por un instante lo protege. Le quema el abdomen, siente un impacto en la rodilla y pierde el equilibrio. Ya no tiene municiones.
Ahora todo es silencio. Maccarone se extingue en el suelo rodeado de rostros satisfechos. Gira la cabeza y percibe un bulto inmóvil. Tal vez sea un policía, tal vez un vecino curioso. Con suerte el comisario. De cualquier modo, ya no hay tiempo para más.FIN
BREVES RELATOS DE PECADORES (IV)
EL HERMANO DE DALILAUna novia del pasado que el tiempo reveló inmerecida para un sujeto carente de imaginación como yo, acaba de sufrir una terrible tragedia. Sin embargo, no tuve el valor de ofrecer mis condolencias.
Durante los dos años y medio que duró nuestra relación, nunca fui capaz de establecer un vínculo sólido con su hermano menor. Los padres conformaban un matrimonio encantador, pero él era un muchacho tímido –e incluso un tanto agresivo- que en general daba la sensación de hallarse en plan de huída. Hablando con sinceridad, debo admitir que me ponía nervioso, y que estaba convencido de que me guardaba un rencor infundado, de aquellos que mi madre solía catalogar como peligrosos.
Una noche, sobre el final del noviazgo, tuve que quedarme a dormir obligado por una tormenta. Recuerdo que sentí su mirada gélida en la oscuridad del dormitorio, y por primera vez tuve miedo. Todos sabíamos que estaba molesto por la obligación de compartir el territorio con un extraño.
Hace tres días se levantó, tomó un baño y eligió un atuendo elegante para ir a la universidad. Segundos más tarde irrumpió en la cocina y sin mediar palabra disparó varios tiros a sus padres con una escopeta que escondía desde hacía meses en el sótano de la casa. Una ingeniosa forma de honrar a los progenitores.
Finalmente miró a su hermana Dalila (que estaba petrificada frente a su desayuno) como decidiendo su futuro. Entonces giró sobre sus talones, asesinó al perro y se pegó un tiro en la boca. Esa es la versión que le oí repetir al novio de ella delante de los micrófonos de los reporteros.
Lo curioso de esta historia -horrorosa por cierto- es que también yo me vi afectado por sus derivaciones. Me molesta que Dalila tenga novio, aun cuando no es el primero después de mí.
FIN
BREVES RELATOS DE PECADORES (III)
SANTIFICARÁS LAS FIESTAS
Un amigo de esos que la vida luego nos quita por haber sido esa intimidad un pobre producto de la coyuntura me confió una noche –no sé por qué motivo- el secreto de Don Enzo Gerarduzzi, un italiano que tenía un taller mecánico en el corazón de Parque Patricios, cerca de la vieja cárcel de la avenida Caseros.
Este inmigrante con pocas luces y una historia de mucho sacrificio halló en el país una existencia a su medida: insulsa y monótona, aunque adornada por dos o tres episodios tórridos y misteriosos. Uno de estos episodios, que luego se convirtió en su secreto peor guardado, es el que intentaré relatar a continuación, siempre que mi memoria no acabe jugándome una mala pasada.
Juraba una anciana que vivía desde niña en la calle Matheu, que Gerarduzzi había asesinado a un turco en medio de una áspera discusión a causa de un presupuesto. Siempre según aquella mujer, el hecho había tenido lugar un domingo por la madrugada en el taller del italiano, quien aterrado por el resultado de la disputa, guardó el cadáver en el baúl de su auto y se marchó con rumbo desconocido.
De tanto repetir el cuento en cada comercio de la zona, la anciana edificó un mito que llegó a gozar de cierto crédito entre los vecinos. Sin embargo Gerarduzzi, que conocía la existencia del rumor, jamás se preocupó por desmentirlo. Y así las cosas, el mito continuó su camino hasta convertirse en una auténtica leyenda barrial.
“Esa desgracia le ocurrió por no santificar el día del Señor como nos enseña la Biblia”, decía por lo general la señora, víctima de una monumental confusión entre el antiguo testamento y el nuevo, e incluso en lo referido al día o los días a santificar. Es cierto que Gerarduzzi nunca cerraba las puertas de su negocio, y que tenía empleado a un inmigrante rumano al que había reducido a una condición muy similar a la esclavitud, pero en última instancia, ese no parecía ser su pecado más grave.
Si mi gusto por la fábula no me está traicionando, creo que la policía llegó a interrogar a Gerarduzzi en alguna oportunidad. Aunque no podría jurarlo. Existen detalles del relato que los años transcurridos se han encargado de borronear, y otros que seguramente habrán sido incluidos sin la debida confirmación.
Sí recuerdo que el pobre italiano perdió algunos clientes que luego recuperó, y que la anciana falleció dos años más tarde, siempre firme en sus dichos.
FIN
BREVES RELATOS DE PECADORES (II)EL DILEMA DE EVA
Supe de Eva y de su dilema a través de un primo suyo que conocí en un curso acelerado sobre deidades nórdicas que fue impartido en el aula magna de la facultad de derecho de la Universidad de Buenos Aires en el mes de enero de mil novecientos noventa y cuatro. Era un muchacho de conversación amena, por lo que bastó el primer retraso de un profesor para que el tedio nos empujara a un intercambio que incluyó, entre otros asuntos, las terribles cavilaciones de su prima.
Por entonces Eva tenía veinte años, y además de ser una criatura preciosa, era una mujer sensible y creyente. Por eso su familia quedó estupefacta cuando aquel domingo de ramos, luego de no probar bocado durante el almuerzo, confesó su dilema entre sollozos.
“No puedo amar a Dios sobre todas las cosas. Lo intento, pero no lo logro. No puedo elegirlo en contra de mi voluntad. Deseo con toda el alma observar los diez mandamientos que nos impuso, pero eso no está en mis manos. ¿De qué sirve que reprima mis sentimientos? ¿No sería eso una violación de la octava regla? Amo a Raúl mucho más de lo que lo amo a Él, y por cierto, mucho más que a mí misma. ¿Por qué me exige lo que no puedo dar? Yo puedo prometer obediencia ciega, adoración infinita o flagelación metódica; pero no un amor excluyente. Alguien que me pide eso, es alguien que en realidad no me ama.”
Recuerdo que cuando escuché el dilema de Eva quedé sumido en una conmoción bastante auténtica. Genuina. Y es que en aquella época aún me conmovían los dramas sencillos e irresolubles.
Supongo –o deseo suponer- que además de conmoverme sugerí algún curso de acción, e incluso, tal vez, pude haber ensayado una explicación acerca del significado y la correcta interpretación del primer mandamiento. No lo sé. No podría asegurarlo. Lo que me resulta curioso es el nítido recuerdo que guardo sobre la historia de Eva, y sobre la imagen que de ella me formé en la mente. Más que nada porque no podría decir una sola palabra sobre su primo. Ni siquiera su nombre.
FIN
Cuestión previa: El primero de cinco relatos cortos, unitarios y oscuros.
BREVES RELATOS DE PECADORES (I)LA MÍSERA EXISTENCIA DE GUAGLIANONENarro aquí la historia de un tal Guaglianone, no porque contenga alguna nota de especial interés, sino por la tragedia que implica. El relato de un sufrimiento conlleva siempre un desahogo, aun cuando su protagonista haya perecido en las tinieblas de un pasado lejano.
Nació Guaglianone y le fue dado codiciar, más basado en sus carencias que en la naturaleza. Hombre corriente, posó la mirada sobre aquello que la vida le había negado y deseó secretamente. Sin embargo, todos los deseos que alimentó en su vida permanecieron como tales, obligándolo a espiar felicidades o miserias ajenas.
Un día comprendió, de un modo precario aunque suficiente, que en el mundo no existen las cosas sueltas. Los objetos que no son propios deben por fuerza ser ajenos, y todos valen la vida misma del pretendiente.
Tengo para mí que los misteriosos vínculos generados por Guaglianone a partir de aquel día (y su posterior desaparición en la década del veinte) guardan una íntima relación con esta idea, pero no puedo asegurarlo. Lo único que dejó –u olvidó- fue un sobre con identificaciones apócrifas en la caja de seguridad de un hotel que me pertenece.
FIN
Cuestión previa: El siguiente escrito responde a la consigna "Un relato que hable de la soledad", y a diferencia del resto del material que pueden leer aquí, que tiene entre dos y diez años (salvo El primer asesino y Bifurcaciones que son muy recientes) este ha sido escrito el día domingo. Lo aclaro porque me di cuenta de que hay muchos relatos que sigo publicando aun sin reconocerme del todo en el texto.
Usted me dice y yo le rebato, escupe el señor Diéguez, moralista, políglota y boxeador profesional. Porque con la verdad no ofende ni teme, pero menos teme que ofende. Y devuelve a la tertulia su atmósfera más propicia. Y expone una pulida erudición con base en la prehistoria. Y descubre finalmente que ni se aquieta su furia, ni se sirve su gozo; y que crece en su aparato digestivo una dolorosa náusea, una cólera, una voluntad de discurrir con el plexo solar que sin embargo se esfuerza en atribuir a la injusticia de un dardo solitario.
Y por las noches teje y desteje un ovillo de farsas. Y prepara el rebenque para el blanco de su pupila felina. Y se ríe como un orate con su cara de pájaro, al tiempo que apunta un índice justiciero hacia el villano irreverente. E igual condena un desaire o amonesta un sexo corrupto. Y produce un juramento brutal.
Con la verdad no ofendo ni temo, pero menos temo que ofendo, escupe el señor Diéguez, académico, astrólogo y mendigo de amores. Y rompe en llanto a causa de otra puñalada trapera. Y barre las migas de su pasado. Y las oculta debajo de una colorida alfombra persa. Y su aureola se enfunda en un aire profesoral. E igual regala un piropo o edifica un servicio. Y produce una melodía angelical.
Y de pronto cae presa de una rancia turbación. Y cae rendido ante su obtuso anhelo de amor. Y cae en la cuenta de que, al final del día, continúa tan solo como al principio.FIN
El hombre del guardapolvo blanco lanzó una mirada escrutadora sobre el interno, y se sentó en la única silla vacía que había en la sala. Sin embargo, no se detuvo en presentaciones inútiles.
- ¿Así que vos sos el que no quiere hablar?- preguntó mientras examinaba una carpeta repleta de hojas sueltas-. No importa, eso no te convierte en loco.
Sin aguardar la respuesta, extrajo una banana del maletín y la devoró con los modales de un auténtico cerdo, tragando secciones completas casi sin masticar y empujando los restos con un dedo meñique muy bien entrenado. Luego decoró el acto con un eructo de mediana intensidad y pasó la siguiente media hora silbando la melodía de la pantera rosa.
Los dos hombres persistieron en su actitud haciendo caso omiso uno del otro, aunque no parecía existir entre ellos el clima de tensión que la escena demandaba. La música –por cierto muy mal ejecutada- logró instalar una mueca de placer en el rostro del interno, y entonces el médico comenzó a utilizar su lápiz negro a modo de baqueta, con el objeto de enriquecer el número.
Poco después improvisó un silencio durante el cual aprovechó para extraer del maletín un nuevo elemento destinado a seducir el agrio temperamento de su víctima. Era un retrato de una dama pintado con témpera sobre una cartulina blanca.
- ¿Le gusta?- indagó con fingido desinterés-. Claro que le gusta; es una obra mía.
El otro echó una ojeada recelosa, a larga distancia, y al cabo de unos segundos asintió con más cara de aceptar la última oferta en una transacción comercial que de estar expresando un gusto artístico. Sin embargo, el médico suspiró como si alguien le hubiera quitado un peso mortal del centro su pecho; como si un juez misterioso e inflexible lo hubiera absuelto de un delito macabro.
De pronto la débil interacción de los personajes se vio suspendida por la irrupción de un segundo médico, acompañado por dos enfermeros morenos de un tamaño colosal.
El artista se puso de pie.
- Doctor Molina- expuso plegando sus anteojos-, según mi opinión profesional las neuronas de este paciente se encuentran sumidas en una calma expectante.
Y se quedó inmóvil, visiblemente conmovido por la hondura de su conclusión.
El diagnóstico fue recibido con un gesto de desaprobación conjunto de los tres individuos.
- Gutiérrez, ya mismo le devolvés el guardapolvo y la tarjeta a Perotti y te me vas volando a tu habitación- sentenció enfurecido el colegiado, aunque sin alzar el tono de voz-. Te quedaste sin bananas hasta la semana que viene. Calma expectante… ¿sos tonto vos? ¿por qué crees que lo tenemos encerrado a este? ¿No te das cuenta de que es peligroso?
Gutiérrez ensayó un recurso humorístico, pero su risita no halló ningún eco en el grupo. Entonces se escabulló hacia el corredor con una mano en el bolsillo y la otra agitando una batuta invisible, mientras a su espalda alguien silbaba una melodía felina.
FIN