Centenares de oscuros relatos que, más temprano que tarde y con total justicia, serán olvidados por los lectores, marginados por los críticos y desconocidos por el autor.

viernes, 26 de noviembre de 2010

PORQUE DE VERAS NO ESTABAS



Y me pregunté cómo podía ser que permaneciera muda, parada delante de mi furia en progreso, mirando como quien infiere el futuro y acepta esa visión sin siquiera encajar al vacío una mueca teatral.

‘Ahora te voy a cagar a palos’, le dije. Porque eso era exactamente lo que pensaba hacer. Y no porque estuviera borracho, o un poco más borracho que siempre, sino porque era –soy- un hombre violento. Liso y llano. Sin atenuantes. Aunque ella nunca me hubiera visto de esa forma.

‘Hoy golpeó a la puerta una mujer, y preguntó por vos. A los gritos preguntó, con el hocico incrustado en la madera. Y tenía la voz, el tono, de una puta urgida. De esas putas sucias que rellenan tus tardes de ocio. De esas arrastradas de vientre templado y tetas pálidas que empiezan a ganarse el pan ni bien se vacía tu tercer vaso. Y le dije que no estabas. Porque de veras no estabas. Y que con un poco de suerte te habrías matado cruzando alguna calle a destiempo, o peleando por un cigarrillo mojado con otro borracho más fuerte o afortunado. Pero que ella podía volver a buscarte cuantas veces quisiera. Y frotar el hocico contra la madera. Y pedir por vos con su tono de puta urgida. Que siempre iba a ser bienvenida en esta casa’.

Entonces le brotó del pecho una risotada infame, y sin embargo su rostro angélico no se transfiguró. Y de pronto mi mente se llenó de Violeta, mi puta urgida y mi puta urgente, con sus tetas pálidas, su vientre templado y su hocico brioso, desnuda en su esencia por aquella finísima crueldad impropia de la mujer que la exhibía.

Quise cumplir mi promesa, romperle todos los huesos de la cara y borrar esa sonrisa odiosa y serena, pero en algún punto entre la decisión y el acto perdí el equilibrio. Mientras intentaba ponerme de pie, un dolor punzante detrás de los ojos me devolvió al suelo, y allí quedé, sumido en una parálisis indigna de mis intenciones, víctima de una ceguera transitoria y brutal.

Presencié el final de la escena preso de la más absoluta oscuridad, en cuatro patas, como una bestia torpe y arrepentida que mendiga el perdón de su amo luego de mojar una alfombra nueva.

El taconeo cada vez más lejano; el borracho de mierda te voy a prender fuego dicho en un tono neutro, tan compatible con aquella sonrisa que en ese instante solo podía imaginar; el sonido de las llaves en el interior de su bolso y luego en la puerta. Todo con una parsimonia como salida de otra obra, en otro sitio y en otra época, libre de borrachos, arpías y putas urgidas.

‘La perdiste a propósito… ahora te voy a cagar a palos’, le dije sin gritar.

Pero ya no me respondió.


FIN

jueves, 14 de octubre de 2010

RETRATO DE UNA AUSENCIA



Elmer Koster desapareció una tarde calurosa de noviembre, a los ochenta y dos años. Las circunstancias de esa ausencia, voluntaria o provocada, permanecen desconocidas.

Su gabinete de lectura es un tibio reflejo del transcurso de sus últimas horas. Destacan por sobre las demás cosas una lámpara de rústica presencia y pálida prestación, una biblioteca erigida con criterios muy lógicos y un perchero de estilo.

Siete gruesos volúmenes abiertos sobre el escritorio de algarrobo contienen fragmentos subrayados con un lápiz que descansa inmóvil, muy próximo a uno de los vértices del mueble. Dichos fragmentos revelan algo sobre la cotidianeidad de sus ideas, aunque son inútiles para mensurar la posible hondura de sus penas. Refieren datos vinculados –talvez- con alguna inquietud de corte más o menos científico; destacan frases o párrafos que conforman complejas bellezas; capturan la semilla de próximos razonamientos, imposibles de ordenar sin su presencia. Pero no permiten inferir sucesos concretos.

Poca o ninguna luz arroja hasta el momento la investigación policial, que solo se lleva adelante a causa del carácter público y obligatorio de la función. Todo con lo que se cuenta para lograr el esclarecimiento del hecho son precarias hipótesis basadas en testimonios de vecinos que apelan al género fantástico en el afán de rellenar los vacíos promovidos por el celo del ausente en relación a su intimidad. Y se agregan las continuas perplejidades de un inspector anónimo.

Más allá del curso que ha tomado el trabajo policial, y siendo del todo ajeno a la lucidez o impericia del investigador, tengo para mí que las claves de la desaparición de Elmer Koster reposan ocultas en uno o varios rincones de su gabinete. En algún terroso manuscrito que todos, los incapaces, los curiosos y el narrador, en nuestros registros o descripciones, pasamos por alto irremediablemente. O en la discreta profundidad de algún recóndito cajón ante el que nuestros sentidos permanecieron indiferentes.

En cualquier caso, el misterio de esta ausencia parece transcurrir en otro espacio y en otro tiempo, al cobijo de una desidia general y uniforme. Nadie, ni los testigos, ni los perseguidores, ni siquiera el propio Elmer Koster, ha puesto demasiado empeño en penetrar los secretos de su universo.

FIN

sábado, 28 de agosto de 2010

LAS PALABRAS DE ROCÍO


De pie frente a la ventana, Rocío lo observó alejarse en la esperanza de que un último milagro lo hiciera cambiar de opinión. Al otro extremo de la calle San Blas se encontraba el hombre dentro de cuyo ser ella había reinado por más de diez años, y tuvo que luchar para retener las lágrimas.

El amor es un sentimiento noble, aunque demasiado frágil. Se alimenta de todo lo bueno que hay en el espíritu, y sin embargo bastan unas pocas palabras inoportunas para destruirlo. Esto lo sabía Rocío desde siempre, pero tanto había gozado en esos años, que llegó a pensar que las reglas del universo se habían olvidado de ella. Por eso le costaba asimilar el hecho de que Braulio ya no sintiera aquel antiguo amor intacto en su esencia, sino uno mucho más endeble, hecho a la costumbre y vulnerable frente a las palabras mal elegidas. Su orgullo de hombre ya no atendía las urgencias de la carne; solo las decisiones de la razón. Y en esa nueva inteligencia había llegado a sentirse cómodo, tan fuerte como para cargar con su propio destino.

El amor hablado es un terreno peligroso para cualquier pareja que lo transite, porque las palabras, en su honesto afán de describir el sentimiento, no hacen más que deformarlo. Y de esa deformación emergen las diferencias definitivas, ya que los raptos del cuerpo y la sutileza de la pasión no pueden ser reemplazados con nada. Un poema es una magnífica expresión de la riqueza que existe en las profundidades del espíritu humano, pero no es nada comparado con la complejidad de un beso. Y lo mismo ocurre cada vez que una frase -halagadora o hiriente- se escapa de nuestros labios. Esto no lo sabía Rocío, ni desde siempre ni desde ningún otro momento, y ahora lo estaba pagando demasiado caro.

Permaneció allí, inmóvil, con el semblante abatido a causa de la angustia. Con un suspiro derramado desde alguna profundidad confidencial.

Aguardó hasta que la sombra de Braulio se fundió con las otras sombras del mundo, y entonces lloró. Lloró como nunca antes lo había hecho en su vida, maldiciendo cada uno de los agravios que había proferido amparada en su historia. Lloró, no por amor sino por palabras, sin saber que cada lágrima que se derrama a partir de un error, es una lágrima desperdiciada.

FIN

martes, 10 de agosto de 2010

OVIDIO



‘Eres feo, Ovidio. Eres feo como un pie’. Eso se dijo justo antes de llamar a la puerta de su vecina. El corazón repicaba en la profundidad de su pecho, veloz, enérgico. Minúsculas gotitas de sudor resbalaban desde su frente en dirección a los mofletes exageradamente redondos, otorgando a su rostro un brillo uniforme, un color como de cera, sensible a las variaciones de la luz. Ocultó, sin embargo, la turbación interior que lo aquejaba. Y lo hizo lo mejor que pudo. Las manos cruzadas detrás de la espalda, la respiración urgente y esa sonrisa neutra moldeada por años de incomprensión y rechazo.

La puerta se abrió revelando a Clara en todo su esplendor. Una sonrisa integradora y genuina. El cuerpo cubierto solo con una bata de seda. Una toalla blanca anudada en la cabeza, oculto el cabello húmedo detrás de un velado aroma a jazmín. Y nada más.

‘Dilo Ovidio. Di lo tuyo de una puta vez’. Eso se dijo justo antes de que Germán irrumpiera en la escena. Pectorales apretados debajo de la camisa, tostada la piel, frondosa cabellera y una nota de desprecio en la mirada.

La presencia inoportuna del galán le agrió el semblante, y su torso adiposo comenzó a humedecer la tela que lo cubría.

Tardó pocos segundos en sentirse observado, minimizado del modo más cruel por la figura del recién llegado. Belleza, capilaridad, estatura, facilidad de palabra; exceso y defecto jugando una vez más en su contra. Exponiéndolo en su imperfección frente a los ojos inocentes de su amada. Y entonces percibió en ella el recelo y la desconfianza, la potencia destructiva de aquellos contrastes.

Intentó articular una frase, una justificación para su inexplicable presencia, pero el olor rancio de su transpiración lo indujo a apurar la retirada, allanando para su rival el camino de la conquista.

‘Te amo Clara’. Eso se dijo ni bien halló refugio en la intimidad de su hogar. Se secó el rostro con una toalla de mano y devolvió al florero la rosa que había mantenido oculta detrás de la espalda. Luego se sentó a contemplar el firmamento a través de la ventana de la cocina.

Allí, inmóvil, pensó en varias cosas. En Clara, por supuesto. En las desventajas de su apariencia. En las canciones que acompañaron su niñez en Granada. En la remota posibilidad de un amor. En las enseñanzas de su padre. En el cariño tosco de su madre. Y otra vez en Clara.

Entretanto, a pocos pasos de distancia, Germán la violaba por segunda vez.


FIN

martes, 15 de junio de 2010

UN ARMA DE GRUESO CALIBRE (IV)

Cuestión previa: Última entrega de la saga. Luego volveremos al tenor habitual de este espacio. Muchas gracias por haber acompañado la experiencia.



UN ARMA DE GRUESO CALIBRE (ÚLTIMA PARTE)

LA SENTENCIA

Una vez esparcido el rumor sobre aquella peculiar ventaja anatómica, comencé a circular por los pasillos del colegio precedido por mi reputación, hecho por el cual los murmullos, las felicitaciones y las sonrisitas pícaras estaban a la orden del día.

Muy pronto la revolución que se generó alrededor de mi persona me obligó a dividir el universo femenino en varias categorías, siempre de acuerdo con el nivel de interacción que se daba en la práctica. En la primera estaban aquellas cuya osadía las había impulsado a experimentar el desafío de meterse entre mis sábanas, logrando completar la faena con éxito. Les seguían las arrepentidas de último momento que solo se habían animado a satisfacer mis ansias con maniobras incompletas o proezas de tipo oral. Luego estaban las curiosas, que si bien habían tenido algún tipo de contacto, el mismo solo podía calificarse como tibio, lejano, limitado a la manipulación o ajeno a la desnudez. Y en el escalón más bajo se ubicaban las amigas de la fabulación, que no habiéndose atrevido siquiera a hablarme de lejos, se vanagloriaban de haber protagonizado sesiones inolvidables que bien podrían haber sonrojado las mejillas de la mismísima Camilita Pedroza. Dentro de esta última categoría incluso llegaron a verse, en el gimnasio y delante de decenas de testigos impávidos, escenas de pugilato entre una novia y una amante, ambas impostadas e igualmente decididas a sostener la fábula.

Hay de todo en la viña del Señor, decía hace años mi abuelita con su dulce acento andaluz. Y no le faltaba razón.

Entre las conquistas más destacables de aquella época viene a mi memoria Selene Andrada, una pudorosa quinceañera de tercer año que cantaba en el coro de la iglesia, y que a la postre se reveló como una amante desenfrenada, imaginativa y, por sobre todas las cosas, discreta. También recuerdo la ductilidad de Marina Garrido, la entrega de Fernanda Romo y la elegancia de Flavia Oliver; pero ninguna podrá acercarse jamás al sitio de privilegio que guardo para Claudia ‘la tetona’ Garibotti, aquella pragmática adolescente que logró destrabar el conflicto cuando mi pudor de infante y la intransigencia de sus amigas estuvieron a punto de echar por tierra el histórico acuerdo alcanzado en la habitación de mi hermana.

Egresada del colegio dos veranos atrás, y conmigo ya convertido en un hombre de experiencia a pesar de que recién estaba cursando el tercer año, la tetona comenzó a exhibir una conducta de la que jamás había dado la más mínima muestra. Fue como si hubiera aguardado, paciente y calculadora, que fueran otras las encargadas de pulir hasta el punto justo mis habilidades amatorias.

Favorecida por el hecho de ser la inseparable compañera de estudios de mi hermana (a pesar de que cursaban carreras distintas), no le resultó difícil preparar el terreno para el encuentro, que finalmente ocurrió en un hotel alojamiento ubicado a dos cuadras de mi casa paterna la noche en que, con un manejo de los tiempos digno de elogio, cerró los libros en el preciso instante en que yo me disponía a salir, rogándome que le hiciera compañía hasta que el colectivo llegara a la parada.

Brindó Claudia Garibotti, aquella noche, una demostración de talento de alcoba que hasta la fecha no he vuelto a disfrutar de parte de ninguna mujer. Y una sentencia. Porque los pequeños retazos de gloria que un individuo puede arañar a lo largo de su existencia, llegan siempre en compañía de una factura, un contrapeso destinado a impedir que la suela de los zapatos remonte un vuelo nada recomendable.

Recostada en la cama con el pelo revuelto, un cigarrillo colgando de sus labios húmedos y la luz violácea de la habitación dibujando caprichosos reflejos en la redondez de su cuerpo desnudo, la tetona permaneció más de quince minutos en el más absoluto de los silencios. Quizás exhausta por la batalla. Quizás ebria de tanta pasión. O talvez —solo talvez— gobernada por oscuras meditaciones, por la responsabilidad que siempre conlleva la elección de las palabras correctas.

Cuando por fin se decidió a hablar, emitió un veredicto brutal. Tan lapidario como poético. Tan descarnado como sentido. Las palabras resbalaban en su boca con una estética que yo jamás le había oído en presencia de mi hermana. Una profundidad oculta en algún sitio recóndito de su pecho, y que se me antojó reservada a través de los años solo para florecer en mi exclusiva presencia.


“Vos sos un instante. Un instante de cielo. En tu vida solo vas a conocer relaciones efímeras, aunque reales. Porque ninguna mujer se va a arriesgar jamás a convertirte en una costumbre. En un amor. A quedar expuesta a la posibilidad de tener que olvidar.

Vas a conocer mil verdades. Orgasmos genuinos. Deseos atroces. Perversiones que hoy están más allá de los límites de tu imaginación. Llantos sinceros. Sonrisas del alma. Miserias del cuerpo. Fantasías inconfesables. Palabras inventadas. Elogios sufridos. Gemidos espontáneos. Un inmenso arcón de conductas femeninas vedadas al resto de los mortales. Pero vas a ser siempre una anécdota. Una anécdota de color en la vida de una o mil mujeres.

La idea es que te acostumbres, que no te gane la frustración del amor negado, porque esa es tu condena. Es el precio a pagar por el don que se te dio.

Ninguna mujer que se precie se va a arriesgar si se le concede, como ahora se me concede a mí, un momento para la reflexión”.


Dicho esto apagó el cigarrillo, tomó el teléfono interno, dio precisas instrucciones para prolongar la estadía y luego se comportó de un modo tal que me dio la impresión de que su única voluntad era la de dejar refrendada con hechos la sentencia, para impedir que operara el olvido.

De más está decir que su vaticinio se cumplió al pie de la letra, y que a más de veinte años de aquel día mi vida se encuentra signada por una compleja mezcla de variedad y fugacidad. Atrás han quedado innumerables Camilas, Fernandas, Marinas y Flavias, todas ellas desvanecidas en mi memoria luego de su propio instante de reflexión, aunque siempre habiendo expresado, en forma voluntaria o inconciente, su verdadera naturaleza.

Y yo me conformo recordando la sentencia de Claudia Garibotti, la tetona, la única mujer que, a su modo, ha logrado ganarle al olvido. Y lo hago sabiendo que en el fondo es un trato no exento de justicia. Porque soy un instante. Un instante de cielo. Una anécdota de color en la vida de una o mil mujeres. Pero una muy grande. Enorme.



FIN

jueves, 3 de junio de 2010

UN ARMA DE GRUESO CALIBRE (III)

Cuestión previa: Tercera entrega de un relato que no se ajusta al estilo exhibido hasta hoy en este espacio. Recordar la advertencia oportunamente realizada al publicar las primeras dos partes. Quedan ustedes -otra vez- debidamente notificados.



UN ARMA DE GRUESO CALIBRE (TERCERA PARTE)

LA RUPTURA

Hablar del oso Lampone implica la tarea de retratar en la mente del lector a un mastodonte de casi dos metros de altura y ciento diez kilos de puro malhumor, que por fortuna para todos los que aún nos hallábamos a medio camino entre el renacuajo y el hombre había egresado del colegio el año anterior, llevándose consigo su abultada maleta de abusos y vejaciones. Sin embargo yo continuaba temiéndole con la misma intensidad que aquel infausto día en que me lo crucé por primera vez y me obligó a hacer ciento veinte flexiones de brazos para evadir una paliza que, luego, de todos modos me propinó.

Hablar del oso Lampone implica, como dije al comienzo, hablar del músculo aplicado a la violencia por la violencia misma. De la cesión de útiles escolares a modo de tributo. Del peaje diario para transitar libremente por cada rincón del patio de recreo. De cabezas sumergidas en la profundidad de los inodoros solo por diversión. De súplicas ignoradas. De ruegos sin eco. De silencios forzados.

Hablar del oso Lampone implica hablar de todo eso, pero por sobre todas las cosas, implica hablar del novio celoso de Camila Pedroza.

Asumo entonces que ya no hace falta aclarar el motivo que me condujo a mantener mi conquista en el más absoluto de los secretos. Si bien Camila se encargó de amenazarme apenas acabó nuestro primer encuentro, lo cierto es que cualquier otro comportamiento habría puesto mi integridad física en serio peligro. Por supuesto que me moría de ganas por refregar en la cara de mis amigos la identidad de mi amante. Quería describir en detalle cada centímetro de su anatomía, cada una de las poses que me había regalado y cada grosería salida de su boca en el fragor de la batalla, pero no podía confiar en que aquel hatajo de desesperados, casto bajo protesta, fuera a mantener la compostura ante semejante revelación. Por lo tanto, y muy a mi pesar, prevaleció el instinto de conservación por sobre los alardes del semental. Y así continuó mi vida, oscilante entre los puños del oso pendiendo sobre mi cabeza como una espada de Damocles, y la caprichosa psicología de su novia, incomprensible para mi tierno cerebro preadolescente.


Cuando por fin pude convencer a Camila de utilizar sus reconocidas habilidades en el tratamiento oral del miembro masculino sobrevino la primera gran desilusión de mi vida sexual. Ese día comprendí que la única criatura con la cual puedo practicar dicha actividad sin causarle una muerte horrenda por ahogamiento es la pitón amazónica, cuyas mandíbulas superior e inferior se encuentran unidas por un ligamento sumamente elástico que le permite introducir en su boca objetos de un tamaño muy superior al suyo. Por lo tanto, si deseo mantenerme dentro de las convenciones, una generosa porción de mi aparato reproductor se encuentra circunscripta a los sitios que han sido diseñados para tolerar en forma más o menos decente una incursión completa. Y Dios sabe que no son todos.

Aunque no era precisamente una luminaria, llegó un momento en que la musa comenzó a aburrirse de mi inmadurez, y la marcha de la relación se tornó insostenible para ambos. Con la excusa de que el oso desconfiaba de su sinceridad, fijaba los encuentros en horarios que un niño de trece años no siempre estaba en condiciones de satisfacer. A veces me fugaba de casa saltando por la ventana de mi dormitorio, pero otras me resultaba imposible burlar la vigilancia de mi madre.

Así las cosas, quedé colocado en el papel del villano que abusaba de la niña inocente cuando le venía en gana, guiado únicamente por su apetito sexual y ajeno a los sentimientos de su víctima de turno. Una enorme falacia que, unida a las zonas de su cuerpo que por una cuestión de tamaño se hallaban vedadas a mi deseo, comenzó a minar su interés hasta llevarlo al punto crítico de la desaparición. La ecuación era simple: ella se divertía a dos puntas mientras yo sufría para cumplir con sus extravagantes demandas. Esa situación no permitía más que un desenlace, pero nublado como estaba por su sonrisa y su desnudez, yo era incapaz de tomar una decisión.

Aquella tarde de viernes me abordó por sorpresa al regreso de la escuela. Y al Igual que la primera vez, el futuro inmediato volvió a representarse en mi mente con una claridad meridiana. Mi aventura sexual clandestina y desenfrenada había llegado a su fin, y solo restaba la comunicación oficial para devolverme de un plumazo a mis célebres sesiones de inodoro, sitio del cual nunca había estado preparado para salir.

“No sos vos, soy yo”, comenzó diciendo. Según sus palabras, la diferencia de edad era un factor determinante para la separación, y sin embargo no daba la impresión de hallarse demasiado afectada. De cualquier modo, en los tres meses que llevaba nuestra relación yo había crecido. Ya no era aquel borrego vacilante y temeroso que podía ser sobornado para enseñar sus secretos frente a un grupo hembras en celo. Había dejado de ser un niño inocente para convertirme en un hombre, también inocente, aunque esa es otra historia. No estaba dispuesto a desaparecer sin la merecida indemnización, y por lo tanto mi contrapropuesta no fue tan precaria como aquel torpe intento de manosear las tetas de Claudia Garibotti.

“Voy a pelear por nuestro amor; estoy seguro de que el oso lo va a entender”, le dije con una calculada mueca de fastidio. Y su rostro palideció. Intentó convencerme de desistir, horrorizada con la idea de que un alfeñique de cuarenta y ocho kilos tuviera la intención de razonar con el oso Lampone, pero mucho más, intuyo, con la cuenta que aquel verdadero disparate podía traerle a ella. Pero como mi fingida tozudez resultó demasiado para sus argumentos, terminó ofreciendo lo que desde un principio yo había estado buscando.

Aquella tarde me despedí por la puerta grande. Fuimos a su casa y tuvimos una intensa sesión amatoria que culminó en el preciso instante en que la madre cerraba la puerta del ascensor al regreso de su trabajo. Nunca más volví a verla desnuda.

Más tarde, ya refugiado en la tranquilidad de mi hogar decidí que había llegado la hora de esparcir el rumor sobre las dimensiones de mi miembro. Deseaba cosechar los frutos de la fama, explorar nuevos horizontes, ignorante de que allí afuera no todas las mujeres eran tan osadas como la inefable Camila Pedroza.



Continuará...

jueves, 27 de mayo de 2010

UN ARMA DE GRUESO CALIBRE (II)

Cuestión previa: Segunda entrega de un relato que no se ajusta al estilo exhibido hasta hoy en este espacio. Recordar la advertencia oportunamente realizada al publicar la primera parte. Quedan ustedes -otra vez- debidamente notificados.



UN ARMA DE GRUESO CALIBRE (SEGUNDA PARTE)

CAMILITA

Cuando Camila Pedroza me abordó aquella tarde al regreso de la escuela, el futuro inmediato se me representó en la mente con claridad meridiana. Solo el inmediato, porque ese que denominamos mediato o remoto, el que se encarga de cotejar el placer con la factura a pagar, brilló por su ausencia. Es cierto que yo aún era un imberbe rebosante de ingenuidad, pero no hacía falta ser una lumbrera para percatarse de sus oscuras intenciones. Mucho menos después del patético espectáculo que ella y sus amigas habían montado en el dormitorio de mi hermana la semana anterior.

- Hola nene. ¿Cómo te va?- me dijo con una sonrisa pícara apenas perceptible.

- Bien Camila. ¿Y vos?

- Después de lo que nos mostraste el otro día pienso que podría estar muchísimo mejor- respondió asegurándose de que su mensaje llegara con suficiente nitidez a mi cerebro preadolescente.

Sentí que tanto las maneras como las palabras estaban cuidadosamente elegidas para cumplir un rol de intimidación, aunque por fortuna su desparpajo no me anuló por completo. Camila era una rubia despampanante, de rostro angelical y unas curvas codiciadas por todo el plantel masculino del colegio. Lucía unos pechos poderosos, que de no haber sido por la delantera inigualable de Claudia Garibotti le habrían valido el primer premio sin mayores oposiciones. Y sus piernas blanquísimas rozaban la perfección, con muslos tersos que viajaban siempre al descubierto gracias a su audacia y su generosidad a la hora de explorar los límites permitidos por el director en lo que a moda estudiantil se refería. Sin embargo, su fuerte estaba en la división de retaguardia, departamento en el cual ninguna de sus rivales, por segura de sí misma que estuviera, podía animarse a competir sin temor al ridículo.

Camilita era un trofeo demasiado tentador como para ser desaprovechado alegremente, y como ya señalé, yo no estaba del todo inhibido por su solapado abordaje.

- ¿Cómo te puedo ayudar?- pregunté devolviendo la sonrisa con desfachatez.

- Si venís un ratito a mi casa te explico. Hoy mi vieja trabaja hasta tarde, y yo estoy sola hasta la hora de la cena.

- Bueno- contesté-. Y no agregué más. Quería que todo se diera lo más rápido posible, por aquello de los pájaros en la mano y los cientos que suelen volar.

Ni bien cerró la puerta del departamento sus dedos se deslizaron dentro de mi pantalón, generando de esa forma la primera erección de mi vida con serias aspiraciones de hallar un final digno de ser contado.

- ¡Dios mío nene! Voy a hacer todo lo que pueda, te lo prometo- confesó mientras me besaba la comisura de los labios-. Mete miedo tu amigo…

- ¿Es para tanto?

- Te juro que sí- sentenció con los ojos cerrados.

Nos encerramos en la habitación de la madre y dedicamos la siguiente media hora a una serie de maniobras preparativas durante las cuales sufrí un pequeño accidente que volvió el asunto a foja cero. Por supuesto que el entusiasmo lógico del debut me devolvió al combate en pocos segundos, aunque no me ahorró la vergüenza (más tarde Camila se vio obligada a llevar a cabo una compleja operación para ocultar la evidencia del desastre, y jamás olvidó el incidente). Sin embargo, llegamos al momento de la verdad envueltos en la locura de nuestra pasión adolescente, y cuando ella se colocó encima de mí, cerré los ojos y le di gracias a Dios por haberme dotado con la herramienta más adecuada para derrotar la endeble voluntad femenina.

- Quedate bien quietito nene eh… ni se te ocurra subir, que prefiero bajar yo- suplicó todavía compenetrada en su rol de docente-. Cuando yo te diga que estoy lista, muy despacito, te vas a empezar a mover.

La mueca de dolor en su rostro mientras –con precisión quirúrgica- ejecutaba la maniobra quedó grabada a fuego en mi memoria. Fue la primera manifestación del inconmensurable poder que me había sido otorgado, y que a partir de ese instante debería dedicarme a administrar del modo que mejor supiera o pudiera. Sentí alegría y pena a la vez; una mezcla que en aquel primer instante resultó deliciosa, pero que con los años fue pesando más y más en mi ánimo.

Aguardé su señal y comencé a moverme muy despacio, con las manos bien afirmadas en sus nalgas tensas por el esfuerzo. Luego aumenté la intensidad ignorando sus ruegos, y finalmente la conduje a un sacrificado orgasmo que ocurrió al tiempo que imploraba una piedad que jamás le fue concedida.

Es menester subrayar que Camila Pedroza, de dieciocho tiernas primaveras, rubia, de rostro angelical y un físico diseñado para la alta competencia, completó la faena entre sollozos, pero con una dignidad que, de no haber sido por la euforia que nubló mi razón, habría merecido, como mínimo, un cerrado aplauso. Ni por un instante consideró la alternativa de la retirada, y ese es, quizás, el único detalle que hoy debo agradecer de nuestra breve y tortuosa relación posterior.

Cuando por fin quedamos satisfechos nos derrumbamos uno al lado del otro, exhaustos. Y ella me abrazó y me besó con una sinceridad que su espíritu traicionero jamás volvió a demostrar. Todavía temblaba, y sus mejillas estaban húmedas gracias a una alquímica mezcla de lágrimas y transpiración.

Fue un momento mágico. Era imposible para un adolescente recién estrenado en las artes amatorias presagiar la tormenta que se avecinaba.


Continuará...

viernes, 21 de mayo de 2010

UN ARMA DE GRUESO CALIBRE

Cuestión previa: El siguiente relato no tiene nada que ver con el estilo que venimos desarrollando en este espacio y –por desgracia- NO es autobiográfico. Es un poco subido de tono y carece por completo de valor literario. Pero a mi juicio es divertido. Lo escribí para un foro en el que participaba hace unos cinco años. Consta de tres episodios, y para serles del todo franco, está inconcluso. Todavía no escribí el final (tengo esperanzas de que esta nueva publicación me de el impulso necesario). Y como la cruda realidad es que hace más de un mes que no se me ocurre nada potable para escribir, me pareció una buena oportunidad para subir algo un poco más divertido, más liviano.
Aquellos que lleguen a este sitio en busca de poesía o modestos firuletes literarios, abstenerse hasta nuevo aviso.
Quedan ustedes debidamente notificados.





UN ARMA DE GRUESO CALIBRE (PRIMERA PARTE)

EL DESPERTAR

Calzo cuarenta y cinco, y no estoy hablando de pies. Por desgracia, esta es la única forma de explicar mi drama sin rodeos. Cualquiera podría decir que escupo al cielo al calificar de “drama” a semejante bendición, pero quizás sea porque no ha comprendido las reales implicancias que esto tiene en la vida de un ser humano con aspiraciones de normalidad.

Repito para que lo razonen de un modo integral, superando esa primera reacción tendiente a la broma o el elogio: Calzo cuarenta y cinco; y ese es un hecho que, lejos de las suposiciones que puedan ustedes realizar, no suele celebrarse entre mis conquistas.

Proporciono a continuación una breve reseña de las opiniones que suele generar en el sexo opuesto esta característica tan peculiar de mi cuerpo:

La primera en descubrir mi secreto mejor guardado fue mi hermana mayor. Ella tenía dieciocho años y yo trece, pero aun así, la experiencia resultó mucho más traumática para su mente compleja y perversa que para mi tierna psicología adolescente. Y bueno. Como no podía ser de otra manera, aquella fatídica tarde de otoño me sorprendió con la bandera izada en el inodoro, haciendo mis primeras armas en el arte de la autosatisfacción. Y la pobre no pudo, no supo o no quiso reaccionar con la debida entereza. Se quedó muda por más de dos horas, y aunque luego recuperó algunas de sus funciones básicas, la palidez le duró varios días.

“Vos te vas a morir virgen, pendejo”, fue lo primero que dijo cuando se recompuso. Más allá de su juventud, la carrera amorosa de mi hermana andaba ya por su cuarta o quinta temporada, y su fama dentro de las paredes del colegio había llegado incluso a mis propios oídos, hecho que no me enorgullecía en lo absoluto. Pero sabía de lo que hablaba, y su sentencia causó en mi persona un efecto devastador. Juró que iba a llevarse el secreto a la tumba, pero ustedes saben cómo son estas cosas. Antes que nada, ella es una mujer, y las mujeres, por más que las modernas teorías tendientes a la equiparación de los sexos me contradigan, no manejan los mismos códigos que los hombres.

“Dale, mostrales pendejo. Es con fines científicos.”

Aquella noche, las cuatro mejores amigas de mi hermana vinieron a dormir a casa al solo efecto de constatar la veracidad de sus afirmaciones. Hasta ese día, jamás ninguna me había dirigido la palabra. “Las trolas de quinto” les decíamos nosotros, borregos de primer año con la testosterona en ebullición.

Por supuesto que en un principio me negué rotundamente. Me parecía un abuso descarado, y encima no me ofrecían nada a cambio. Pero entonces habló la tetona Garibotti y el conflicto se destrabó:

“Dale chiquito, vos nos mostrás la herramienta esa que tu hermana dice que tenés, y yo te muestro las tetas por treinta segundos.”

Cuando percibí su desesperación quise sacar provecho, pero mi contrapropuesta inicial fue rechazada de plano. Es que quería tocarlas. Más de una vez las había homenajeado en la bañadera, y aquella era una oportunidad que seguramente no se repetiría. Pero no se dio, y entonces preferí pájaro en mano que pechos en el sostén. Y hablando de pájaros en mano, cuando cumplí mi parte del trato desaté una verdadera revolución entre las cuatro incautas que hasta ese instante imaginaban tener todo bajo control. Grabrielita Rodríguez abrazó a la turca Apud con toda su fuerza, y las dos lloraron –supongo que de emoción- durante varios minutos. La tetona Garibotti sostuvo la mirada, orgullosa, altiva, testaruda. Pero luego me dio la espalda. Y Camilita Pedroza… bueno, no sé, después vamos a tener oportunidad de hablar en profundidad sobre ella. En cuanto a mi hermana, salió del cuarto apenas se llegó al acuerdo, y solo regresó para obligar a la tetona a cumplir con su palabra. Fueron treinta segundos inolvidables, y siempre le voy a estar agradecido por haber defendido mis intereses frente a aquella arpía traicionera.

“Te felicito querido, te van a llover las ofertas”, me dijo Gabrielita secándose las lágrimas con el pañuelo de la turca Apud. Al lado de lo que me había augurado mi hermana diez días atrás, aquello era música para mis oídos. Una música silbada por una mujer hermosa y con mucho mundo. Si hubiera podido elegir, sin duda habría sido ella la encargada de estrenar mi vida amorosa, y no Camila, que además de ser una criatura celestial, era peligrosa y mezquina como el mismísimo demonio. Pero las cosas son como son, y no es de hombres andar quejándose por los rincones.

Luego de aquel involuntario destape siguieron meses agitados, aunque inolvidables en todo sentido. Sin duda la mejor etapa de mi vida.

Continuará...

miércoles, 14 de abril de 2010

DE PRONTO NO ESTOY



Repaso mi vida consciente de que no puedo permitirme el olvido de ningún evento. La sangre que brota desde el hígado es más oscura, casi negra. Estoy seguro de que el proyectil lo alcanzó de lleno, y acaso haya visto el exterior. La existencia huye en una estampida terca y fría, llevándose el mañana con ella. Veinte minutos a lo sumo. Quiero pensar en vos, igual que cuando había un futuro. Igual que aquella tarde en que por casualidad te conocí.

Lucho en vano. Pierdo la batalla y me retuerzo con un rezo en la boca. Cesa el clamor de la calle y ya no escucho el rumor de los pasos que se pierden en los pasillos helados de mi última morada. No oigo el rechinar de las llaves y entiendo que voy a morir en soledad, de un modo no muy distinto al que muere el resto de los seres. No soy nada especial. Mi amor no es especial. Mi partida no es ruidosa. Me voy como una sombra húmeda, lejos del sol. No habrá una célebre última frase, no habrá un consejo para mi descendencia, no habrá una absolución para mi crimen ni un beso en las tinieblas. Soy otro más que no ha dejado nada. Soy otro más que se hunde en la miseria de la carne putrefacta sin haber escrito páginas de gloria.

Dios predica valor. No es decente abrazarlo al pataleo mientras sus ángeles emisarios se agrupan en torno a la puerta, prestos a tender su mano amorosa. Uno muere todos los días, hasta que deja de hacerlo y se consume.

Me rindo. Los harapos repentinos de mi cuerpo son mi único legado, y aguardará mi alma en pena tu llegada como un vago recuerdo de este día.

Y de pronto no estoy.


FIN

martes, 23 de marzo de 2010

LOS AMORES DE DONATO

Cuestión previa: Otro cuento muy viejito. Y con él termina esta costumbre. A partir de ahora, solo narraciones actuales.




Donato era, en apariencia, un hombre sencillo que no tenía enemistad alguna con nadie, ni tampoco grandes proezas que narrar, pero lo cierto es que su alma poseía algunos detalles no muy visibles que lo convertían en un individuo de excepción. Él no vivía como los demás; jamás iniciaba una conversación, evitaba cualquier contacto físico por mínimo que fuera y demostraba una exagerada pulcritud en sus hábitos alimenticios, entre otras excentricidades. Se entretenía, en cambio, al atardecer, detrás de la ventana, observando las idas y vueltas de una vecina a la que había llegado a amar más por culpa de la proximidad física que por el hervor de la sangre. Pero nadie vaya a creer que hacía esto con placer o alegría. Al cumplir esa rutina sentía todo el peso de su soledad, y solo se conformaba con el hecho de saber que era ese, quizás, el único acto completamente libre que ejecutaba en el día.

Si algo tenía Donato de particular, era el modo de procesar los sentimientos. No es que careciera de ellos, o fuera incapaz de desarrollarlos como cualquier otro individuo; lo original, si se quiere lo novedoso, estaba en la elección del objeto. Él amaba y odiaba cosas en las que el resto del mundo ni siquiera reparaba, o situaciones cotidianas que a una mente en equilibrio no le merecían más que una simple sonrisa o una queja liviana. Odiaba, por ejemplo, la lluvia. Y lo hacía en forma literal. No era un odio dicho al pasar, como el de aquel que expresa su contrariedad frente a un par de zapatos húmedos o un traje maltratado. No. Él la detestaba con la misma virulencia que un niño detesta al asesino de su padre. Amaba y odiaba, en síntesis, con una intensidad normal aunque mal dirigida, desviada por completo de su esencia. Y precisamente por eso, aquella devoción por las curvas de la vecina lo descolocaba.

Una tarde de primavera se dio cuenta de que el amor verdadero se hallaba al alcance de su mano, a solo unos pocos pasos de distancia. Contempló las paredes desnudas, y aferrado a las rejas de la ventana decidió que era el momento de atacar la causa de su penar. Sin embargo, odiaba la calle, y ninguna de las razones que acudieron a su mente sirvió para vencer esa fobia. No pudo traspasar la puerta de su casa. Lo intentó varias veces, pero no hubo caso. Entonces, inmerso en un profundo abatimiento, ideó un plan para sanar la herida en su corazón sin sacudir las precarias estructuras de su mente.

Esa misma noche, después de gastar varias horas haciendo cálculos y observaciones, tomó una pala que guardaba en el jardín y comenzó a cavar un túnel en dirección al living comedor de su mujer ideal. La empresa –por cierto bastante ambiciosa- se le antojó posible, nublado como estaba por la intensidad de sus sentimientos. Y tanto había trabajado su mente fogoneada por la soledad, que llegó convencerse de que la idea sería celebrada con efusión ni bien la pala asomara en el lugar de destino.

Así fue como los obstáculos que halló en su camino solo lograron que ganara más confianza. Él no necesitaba la ayuda de nadie; o al menos era eso lo que pensaba.

Finalmente, en el transcurso de la cuarta noche el túnel colapsó, y Donato quedó atrapado bajo una montaña de escombros.

De no haber sido por el inmenso agujero rectangular que se formó en el pavimento, nadie se habría percatado nunca de su desgracia. Gracias a eso, vecinos y bomberos oyeron sus lamentos y trabajaron juntos hasta la madrugada para liberarlo.

Con el último hilo de vida, Donato buscó los ojos de su amada entre la multitud, y los halló justo antes de ser introducido en la ambulancia. Esa fue su única y última alegría.

Pudo haber explicado las causas del desastre; sin embargo nadie le preguntó nada, y él, fiel a su estilo, no quiso iniciar una conversación.

Solo se turbó con el esfuerzo de los paramédicos que luchaban por salvarle la vida. Era demasiado manoseo, y él, aún preso de la necesidad, seguía odiando la calle.



FIN

sábado, 6 de marzo de 2010

LO QUE OYÓ PIERSIMONE



Cuando Piersimone oyó aquellas palabras, extrajo su revólver y le pegó un tiro en pleno rostro. Nadie iba a faltarle el respeto sin pagar el precio, y mucho menos un extranjero de alma ajena al Cristo. Luego colocó un pie a cada lado del cuerpo, y como el incauto aún se retorcía intentando encajar su mandíbula destrozada, le descargó las cinco balas que aguardaban en el tambor.

Cuando recobró la compostura (haber matado por primera vez no lo asustaba) buscó una bolsa plástica y comenzó a recoger los pedacitos de seso esparcidos por toda la habitación. Completar esa innoble tarea le demandó algo más de media hora, tiempo durante el cual no dejó de insultarse por no haber apuntado el arma hacia cualquier otro órgano vital. Para colmo de males, todavía restaba la etapa más difícil, aunque al final decidió postergarla a favor de una ducha. Lo cierto era que el desgraciado no iría a ninguna parte.

Ya aseado y con la mente libre de pasión y bravura, cargó el cadáver sobre sus hombros y lo llevó al sótano. Allí tenía su taller, y podría trabajar toda la noche sin ninguna clase de interrupciones.

Mientras bajaba cayó en la cuenta de que pronto se vería obligado a tomar otra ducha. Por estúpido que pareciera, no había reparado en el detalle de la sangre. Como pudo despejó la mesada que solía utilizar en los trabajos de carpintería, depositó el cadáver boca abajo y lo desnudó. Tampoco había reparado –y ya eran dos descuidos- en la resistencia que presentaba un cuerpo muerto cuando alguien pretendía despojarlo de su ropa. Entonces pensó en varias mujeres que habían pasado por su vida. “Muertas me habrían dado más problemas”, ironizó mientras revolvía las herramientas en busca del serrucho.

Contó doce piezas. Trece con la bolsa que contenía los despojos del cráneo. Pero antes de acomodarlas dentro del arcón que su ex esposa había cedido cuando se fue de la casa, no pudo reprimir la tentación de juguetear un poco con el antebrazo izquierdo de la víctima. Lo utilizó para acariciar la espalda de Carmelo, que en ese momento estaba ocupado en deglutir las primeras vísceras; y luego lo interpuso entre su hocico y la comida para observar su reacción.

El bicho mordió la mano aventurera y sacudió la cabeza como un demente, hasta que por fin se patinó con la sangre regada en el piso. Recién entonces soltó a la presa, y Piersimone la arrojó de nuevo a la bolsa plástica.

A la mañana siguiente, luego de borrar cuidadosamente los últimos rastros del desastre, trasladó el arcón hasta el puerto y se embarcó en una expedición de pesca.

Antes de arrojar los trozos al océano, comprobó que las corvinas abundan cuando se utilizan dedos de pies como carnada. Pescó diez, y regresó a su hogar justo para la cena.

“Tal vez se me fue un poco la mano”, pensó mientras se metía en la cama. Pero antes de profundizar en esa idea se quedó dormido.



FIN

martes, 23 de febrero de 2010

ALARIDOS

Cuestión previa: Uno más de esta serie de relatos escritos hace largo tiempo.



Ferguson percibió el estupor en los ojos de la señorita Peters, y adivinó los temblores debajo de aquel vestido de lino que tanto lo excitaba. Entonces la tomó de la mano e impostó una inflamación en el pecho, buscando sin disimulo la glorificación de su ser masculino.

“Sin duda es el viento del sur abatiéndose contra las persianas de la planta alta”, sentenció con un aplomo avalado únicamente por gestos ampulosos. Sin embargo la señorita Peters, recelosa de las conjeturas, no se mostró convencida.

A través de la ventana se filtró un difuso alarido proveniente del jardín en tinieblas. De pronto las rodillas de la señorita Peters ya no fueron capaces de sostener el resto de su cuerpo, y entonces tuvo que abrazar una de las columnas de mármol para mantener la vertical. Entretanto, Ferguson extravió la compostura.

Aturdida por los gemidos del pretendido héroe, la dama se vio obligada a dominar el tumulto en su espíritu con el fin de tomar control de una situación que demandaba acciones concretas.

Forzó la puerta trasera y se abrió camino en la espesura del jardín, sorteando las raíces entrelazadas y arrancando la vegetación de la entraña húmeda de la tierra.

Muy pronto faltó el aire puro entre las madreselvas. La señorita Peters y el suplicante Ferguson se supieron perdidos en el corazón de un bosque omnipresente, y presas del pánico como se hallaban, el verde los separó más que nunca.

Un segundo alarido delató una proximidad monstruosa. Los dos se lanzaron en una carrera sin rumbo, cada cual según el dictado de su propia angustia, sin hallarse del todo seguros de ser víctimas de una persecución.

Agotada por la tensión y el esfuerzo, la señorita Peters detuvo la huída y se dejó caer sobre el pasto, boca arriba. Luego perdió la noción del tiempo por un instante o por un milenio, y al abrir los ojos, estos se le inundaron con el celeste clarísimo del cielo. Una suave brisa refrescó sus mejillas transpiradas, y el sonido de una cascada cercana le reveló un paraíso impensado.

El tercer alarido se oyó lejano mientras la dama se bañaba en un río helado y cristalino. De inmediato percibió una nota familiar en aquella súplica febril. Era, sin duda, la voz entrecortada de Ferguson.

Entonces se apoderó de ella una súbita y genuina felicidad de la que no supo hallar fundamento. Y se elevó por sobre el bosque, el río y la cascada. Y ya no tuvo miedo.



FIN

martes, 2 de febrero de 2010

EL TÚNEL

Cuestión previa: Este es uno de los primeros cuentos que escribí. Hace mucho tiempo. No tiene gran valor literario pero es una historia simpática. Creo.



Cotignola asomó la cabeza sin tomar ninguna precaución, seguro de que sus cálculos eran correctos. Tardó unos segundos en reconocer el paisaje, pero cuando lo hizo, se arrojó de nuevo al túnel arrastrando consigo a tres de sus compañeros.

- Le pifiamos feo muchachos- dijo mientras estudiaba el plano con el rostro cubierto de tierra.

- ¿Cómo que le pifiamos, imbécil?- inquirió Caporalesi agitando el cucharón-. ¿Adónde estamos?

- En el comedor, justo debajo de la mesa de los guardias del turno noche.

- ¡Sos un infeliz Cotignola!- rugió Cafalonieri desde el fondo del túnel-. ¿No era que estabas bien orientado? Ahora el adivino nos va a arrancar los ojos.

- ¡Hay que tapar el agujero idiotas!- exclamó Cantalapiedra con mucho tino-. ¡Después ajustamos cuentas con este inútil!

- Lo que pasa es que ya rompí dos baldosas- acotó Cotignola sin ningún afecto por su integridad física.

- Las acomodamos como se pueda y nos volvemos ya mismo a la celda- sentenció Bartolucci, que era el líder indiscutido del grupo.

Una vez en la celda, la paliza fue descomunal. Todos querían aplicar por lo menos un golpe sobre el físico maltrecho del jefe de ruta. Se habían perdido meses de trabajo arduo, y si a alguien se le ocurría baldear el comedor, iban a terminar todos en aislación por tiempo indefinido. El alcalde no era precisamente un hombre comprensivo. Los reclusos le decían “El Adivino”, porque nadie había logrado fugar durante sus veinte años de gestión. Solía pasear por el comedor a la hora del almuerzo, y fulminaba con su mirada a aquellos que andaban envueltos en empresas riesgosas. Ni bien detectaba el miedo ordenaba una requisa inmediata en la celda del elegido, y jamás se equivocaba. Si no desbarataba un proyecto de fuga, descubría contrabando o alguna irregularidad de carácter grave.

Sin duda aquel hombre siniestro constituía, por sí solo, el principal obstáculo del plan; y para colmo ahora tenía un agujero de cincuenta centímetros por lado en el medio de su comedor.

Diez días tardó Cotignola en descubrir el error luego de sus vacaciones forzadas en la enfermería. Trabajó con disimulo en las horas de recreo en el patio, midió de nuevo las distancias entre la cocina y los pabellones, corrigió un desajuste de tres centímetros en las dimensiones de la alcaldía y dibujó un caño nuevo que no figuraba en el plano original. Esa misma noche, con sus mapas y dibujos anexos, expuso sus conclusiones frente al grupo de escapistas.

- Cuando nos topamos con el caño maestro tendríamos que haber doblado a la derecha, y no a la izquierda- dijo apretando su índice sobre el plano en el sitio exacto del error.

- ¡Pero eso fue hace más de tres meses!- exclamó Bartolucci.

Antes de que los ánimos se caldearan lo suficiente como para enviarlo de nuevo a la enfermería, el ingeniero jugó la carta que guardaba en la manga.

- Caporalesi…- interrogó con los dientes apretados-, cuando te quedaste cavando solo en pascua, ¿cavaste para la derecha como yo te había pedido?

- Sí Cotignola. No quieras salvar tu responsabilidad, que los cálculos eran tu trabajo.

- A ver Caporalesi… levantá la mano derecha- exigió con indiferencia.

Los siete hombres se arrojaron frenéticos encima del infeliz apenas hubo este confirmado las sospechas de Cotignola. La paliza fue aún más feroz que la sufrida por el ingeniero en la noche de las baldosas rotas (tal era el nombre con el que habían bautizado ese desastre ni bien les volvieron las ganas de ironizar); tanto que acabó con el ignorante en la enfermería y los demás en la celda de castigo.

Devueltos a la rutina de presidiarios comunes comprobaron que el túnel aún no había sido descubierto, y, por supuesto, que hacía meses que nadie baldeaba el comedor. Las obras de reparación –o mejor dicho de redirección- comenzaron de inmediato, con la presencia estelar de Caporalesi trabajando en doble turno. Las facas de sus compañeros habían grabado una “D” y una “I” en las palmas de sus manos, pero aun así, siempre había un encargado de supervisar cada palada.

Al comienzo del verano el nuevo túnel estaba listo. A escasos treinta centímetros de la superficie, Cotignola aplicaba todo su arte en la confección de un boquete para emerger con algo de discreción.

- ¡Qué caras raras tienen los italianos!- exclamó el adivino durante el que debía ser el último almuerzo.

- ¿Nosotros?- preguntó Bartolucci con cara de yo no fui.

- Sí, ustedes. ¿Por qué tan nervioso Caporalesi?

Caporalesi miró a sus compañeros en reclamo de esa mano que nadie podía tenderle. Ahora todo reposaba sobre sus hombros, y su físico no toleraría otra golpiza.

- Es que tiene una mancha de tuco en su camisa, señor alcalde- aventuró sin mucho convencimiento.

El adivino examinó la mancha y se desvió por completo del asunto. Es que las mentes inferiores, cuando superan el primer impacto, tienen la capacidad de reducir a las superiores a su condición.

- Es cierto Caporalesi- concedió el alcalde-. Es para estar a tono con el piso de nuestro comedor-, agregó echando una mirada recriminatoria sobre los guardias. Su instinto era implacable aun en la casualidad.

Si bien la bomba del adivino había explotado demasiado cerca, el comentario sirvió para librar al grupo de una segura requisa. La cartulina gris que tapaba el agujero, aunque exactamente igual al tono de la pared, no habría soportado una inspección minuciosa. Apenas si lograba mantenerse en pie ante las miradas indiscretas que los guardias lanzaban desde el exterior de la celda.

Cotignola asomó la cabeza sin tomar ninguna precaución, seguro de que sus cálculos eran correctos. Tardó unos segundos en reconocer el paisaje, pero cuando lo hizo, se arrojó de nuevo al túnel arrastrando consigo a tres de sus compañeros.

- Estamos afuera muchachos. Buena suerte para todos. Nos vemos en el Infierno.



FIN