Cuestión previa: El siguiente relato no tiene nada que ver con el estilo que venimos desarrollando en este espacio y –por desgracia- NO es autobiográfico. Es un poco subido de tono y carece por completo de valor literario. Pero a mi juicio es divertido. Lo escribí para un foro en el que participaba hace unos cinco años. Consta de tres episodios, y para serles del todo franco, está inconcluso. Todavía no escribí el final (tengo esperanzas de que esta nueva publicación me de el impulso necesario). Y como la cruda realidad es que hace más de un mes que no se me ocurre nada potable para escribir, me pareció una buena oportunidad para subir algo un poco más divertido, más liviano.
Aquellos que lleguen a este sitio en busca de poesía o modestos firuletes literarios, abstenerse hasta nuevo aviso.
Quedan ustedes debidamente notificados.
UN ARMA DE GRUESO CALIBRE (PRIMERA PARTE)
EL DESPERTAR
Calzo cuarenta y cinco, y no estoy hablando de pies. Por desgracia, esta es la única forma de explicar mi drama sin rodeos. Cualquiera podría decir que escupo al cielo al calificar de “drama” a semejante bendición, pero quizás sea porque no ha comprendido las reales implicancias que esto tiene en la vida de un ser humano con aspiraciones de normalidad.
Repito para que lo razonen de un modo integral, superando esa primera reacción tendiente a la broma o el elogio: Calzo cuarenta y cinco; y ese es un hecho que, lejos de las suposiciones que puedan ustedes realizar, no suele celebrarse entre mis conquistas.
Proporciono a continuación una breve reseña de las opiniones que suele generar en el sexo opuesto esta característica tan peculiar de mi cuerpo:
La primera en descubrir mi secreto mejor guardado fue mi hermana mayor. Ella tenía dieciocho años y yo trece, pero aun así, la experiencia resultó mucho más traumática para su mente compleja y perversa que para mi tierna psicología adolescente. Y bueno. Como no podía ser de otra manera, aquella fatídica tarde de otoño me sorprendió con la bandera izada en el inodoro, haciendo mis primeras armas en el arte de la autosatisfacción. Y la pobre no pudo, no supo o no quiso reaccionar con la debida entereza. Se quedó muda por más de dos horas, y aunque luego recuperó algunas de sus funciones básicas, la palidez le duró varios días.
“Vos te vas a morir virgen, pendejo”, fue lo primero que dijo cuando se recompuso. Más allá de su juventud, la carrera amorosa de mi hermana andaba ya por su cuarta o quinta temporada, y su fama dentro de las paredes del colegio había llegado incluso a mis propios oídos, hecho que no me enorgullecía en lo absoluto. Pero sabía de lo que hablaba, y su sentencia causó en mi persona un efecto devastador. Juró que iba a llevarse el secreto a la tumba, pero ustedes saben cómo son estas cosas. Antes que nada, ella es una mujer, y las mujeres, por más que las modernas teorías tendientes a la equiparación de los sexos me contradigan, no manejan los mismos códigos que los hombres.
“Dale, mostrales pendejo. Es con fines científicos.”
Aquella noche, las cuatro mejores amigas de mi hermana vinieron a dormir a casa al solo efecto de constatar la veracidad de sus afirmaciones. Hasta ese día, jamás ninguna me había dirigido la palabra. “Las trolas de quinto” les decíamos nosotros, borregos de primer año con la testosterona en ebullición.
Por supuesto que en un principio me negué rotundamente. Me parecía un abuso descarado, y encima no me ofrecían nada a cambio. Pero entonces habló la tetona Garibotti y el conflicto se destrabó:
“Dale chiquito, vos nos mostrás la herramienta esa que tu hermana dice que tenés, y yo te muestro las tetas por treinta segundos.”
Cuando percibí su desesperación quise sacar provecho, pero mi contrapropuesta inicial fue rechazada de plano. Es que quería tocarlas. Más de una vez las había homenajeado en la bañadera, y aquella era una oportunidad que seguramente no se repetiría. Pero no se dio, y entonces preferí pájaro en mano que pechos en el sostén. Y hablando de pájaros en mano, cuando cumplí mi parte del trato desaté una verdadera revolución entre las cuatro incautas que hasta ese instante imaginaban tener todo bajo control. Grabrielita Rodríguez abrazó a la turca Apud con toda su fuerza, y las dos lloraron –supongo que de emoción- durante varios minutos. La tetona Garibotti sostuvo la mirada, orgullosa, altiva, testaruda. Pero luego me dio la espalda. Y Camilita Pedroza… bueno, no sé, después vamos a tener oportunidad de hablar en profundidad sobre ella. En cuanto a mi hermana, salió del cuarto apenas se llegó al acuerdo, y solo regresó para obligar a la tetona a cumplir con su palabra. Fueron treinta segundos inolvidables, y siempre le voy a estar agradecido por haber defendido mis intereses frente a aquella arpía traicionera.
“Te felicito querido, te van a llover las ofertas”, me dijo Gabrielita secándose las lágrimas con el pañuelo de la turca Apud. Al lado de lo que me había augurado mi hermana diez días atrás, aquello era música para mis oídos. Una música silbada por una mujer hermosa y con mucho mundo. Si hubiera podido elegir, sin duda habría sido ella la encargada de estrenar mi vida amorosa, y no Camila, que además de ser una criatura celestial, era peligrosa y mezquina como el mismísimo demonio. Pero las cosas son como son, y no es de hombres andar quejándose por los rincones.
Luego de aquel involuntario destape siguieron meses agitados, aunque inolvidables en todo sentido. Sin duda la mejor etapa de mi vida.
Continuará...