
Y me pregunté cómo podía ser que permaneciera muda, parada delante de mi furia en progreso, mirando como quien infiere el futuro y acepta esa visión sin siquiera encajar al vacío una mueca teatral.
‘Ahora te voy a cagar a palos’, le dije. Porque eso era exactamente lo que pensaba hacer. Y no porque estuviera borracho, o un poco más borracho que siempre, sino porque era –soy- un hombre violento. Liso y llano. Sin atenuantes. Aunque ella nunca me hubiera visto de esa forma.
‘Hoy golpeó a la puerta una mujer, y preguntó por vos. A los gritos preguntó, con el hocico incrustado en la madera. Y tenía la voz, el tono, de una puta urgida. De esas putas sucias que rellenan tus tardes de ocio. De esas arrastradas de vientre templado y tetas pálidas que empiezan a ganarse el pan ni bien se vacía tu tercer vaso. Y le dije que no estabas. Porque de veras no estabas. Y que con un poco de suerte te habrías matado cruzando alguna calle a destiempo, o peleando por un cigarrillo mojado con otro borracho más fuerte o afortunado. Pero que ella podía volver a buscarte cuantas veces quisiera. Y frotar el hocico contra la madera. Y pedir por vos con su tono de puta urgida. Que siempre iba a ser bienvenida en esta casa’.
Entonces le brotó del pecho una risotada infame, y sin embargo su rostro angélico no se transfiguró. Y de pronto mi mente se llenó de Violeta, mi puta urgida y mi puta urgente, con sus tetas pálidas, su vientre templado y su hocico brioso, desnuda en su esencia por aquella finísima crueldad impropia de la mujer que la exhibía.
Quise cumplir mi promesa, romperle todos los huesos de la cara y borrar esa sonrisa odiosa y serena, pero en algún punto entre la decisión y el acto perdí el equilibrio. Mientras intentaba ponerme de pie, un dolor punzante detrás de los ojos me devolvió al suelo, y allí quedé, sumido en una parálisis indigna de mis intenciones, víctima de una ceguera transitoria y brutal.
Presencié el final de la escena preso de la más absoluta oscuridad, en cuatro patas, como una bestia torpe y arrepentida que mendiga el perdón de su amo luego de mojar una alfombra nueva.
El taconeo cada vez más lejano; el borracho de mierda te voy a prender fuego dicho en un tono neutro, tan compatible con aquella sonrisa que en ese instante solo podía imaginar; el sonido de las llaves en el interior de su bolso y luego en la puerta. Todo con una parsimonia como salida de otra obra, en otro sitio y en otra época, libre de borrachos, arpías y putas urgidas.
‘La perdiste a propósito… ahora te voy a cagar a palos’, le dije sin gritar.
Pero ya no me respondió.
FIN

