Centenares de oscuros relatos que, más temprano que tarde y con total justicia, serán olvidados por los lectores, marginados por los críticos y desconocidos por el autor.

sábado, 31 de octubre de 2009

EL HOMBRE DEL TRAJE NEGRO



Algunas de sus actitudes –demasiadas por cierto- me convencieron de que aquel individuo llevaba perfecta cuenta de mis movimientos. Entonces elegí ignorarlo, pero eso lo afectó de un modo evidente y profundo. En un principio pareció sumirse en un insondable abismo de dolor, hasta que por fin percibió en mi rostro un atisbo de remordimiento. Luego mantuvo el decoro hasta que llegamos a la siguiente estación.

Cuando el tren retomó la marcha, su invasión ocular se tornó más intensa, y ya que éramos las únicas dos personas en el vagón decidí invitarlo a que se acercara. Imaginaba que un cambio de palabras en un clima distendido sería suficiente para restablecer la calma. Para mí, porque su desparpajo había comenzado a irritarme, y para él, porque era evidente que mi presencia era el motivo de su turbación.

“Usted es él”, concluyó al tiempo que un temblor vigoroso le sacudía la barbilla.

“Usted es el hombre del traje negro.”

Casualmente me dirigía al pueblo vecino para visitar a mi sastre, y si bien el traje era de color negro, me resultó ofensivo que su definición hiciera centro en aquella prenda. Sobre todo teniendo en cuenta que, en su momento, no me costó más que un puñado de dólares.

El hombre continuó escrutándome como si nunca hubiera visto un traje negro, pero ya no dijo más.

- Disculpe caballero- dije para distraerlo-. Hay mucha gente vestida como yo. A lo sumo seré un hombre de traje negro, y no el hombre del traje negro.

- Usted se dirige a la casa de su sastre… ¿no es cierto?- preguntó como al descuido-. Es el judío que importa las telas desde Europa.

Encontré aterradora la seguridad con la que habló. O mejor dicho, lo acertada que era su afirmación. Me sentí asaltado; abordado; invadido en mis actividades más triviales.

- ¿Cómo lo sabe? ¿Me estuvo siguiendo?

- De ninguna manera- objetó-. Siempre tuve la sospecha de que usted no era solo un producto del imaginario popular.

- ¿Qué está diciendo?- indagué ya con la certeza de su locura.

- Digo que usted es una leyenda. Una leyenda urbana.

Su sentencia sonó como una campana en lo profundo de mi mente, y el estupor se hizo dueño.

- Mire a su alrededor- dijo pasando la mano por mi hombro-. ¿Ve mucha gente vestida como usted?

No supe qué contestar.

- El judío falleció de un infarto en el año mil novecientos cuatro. Aquella mañana usted fue el primer cliente en llegar a la sastrería, y al hallarlo muerto simplemente…

- Mi sobrino me había regalado el arma la tarde anterior, por mi cumpleaños.

- Lo sé- aclaró-. Leí los artículos de la época.

- Disculpe, me bajo en esta estación- le comuniqué entre sollozos. La realidad estaba aplastando mi paraíso espectral.

- Vaya amigo, pero llévese mi tarjeta. Por las dudas…


Mi nuevo sastre es un sujeto singular. Me atiende una vez por semana, en forma gratuita; y lo hace movido por el orgullo de vestirme. O por alimentar esa leyenda que algún día nos tendrá a los dos como protagonistas.


FIN

jueves, 8 de octubre de 2009

POR EL RÍO PARANÁ



Por el Río Paraná
venía nadando un piojo,
con un hachazo en el ojo
y una flor en el ojal.

Me acertó con los cuernos el Diablo y no fui capaz de escribir otra cosa. Así muerto que me entierren, que yo no soy de esos que se lamentan bajo la mortaja. La poesía, en verso, me queda a trasmano del alma, y un espíritu que no es poético merece el castigo de lo material. Y todos los demás castigos del mundo.

¿No te doy lástima, mujer? Pues retuérceme bien el cuello y pon fin a mi sufrimiento. ¿Qué esperas? Y no temas, que la muerte viene con nosotros desde que vemos luz.

Ayer, en las ráfagas del viento me llegó la voz de las musas, y las obligué a que se hiciesen a la mar, y con ellas pasé embarcado la noche entera. Pero luego se reveló el océano, y entregado a las olas no supe oír los susurros.

“Hazle unos versos al primer amor bajo la sombra de aquel cerezo”, me dije. Sin embargo, para el amor primero me sobran años, y para los versos me faltan luces. Me encuentro perdido en algún punto del abismo que separa al charlatán del poeta. Y en torno, soledad y silencio.

“Elige una mujer cualquiera y estúdiala en sus modales, en su figura, en su forma de vestir”, me conminé al verme acorralado. “Ellas son el corazón del poeta, trágicas, aunque siempre luminosas”. Y nada. Las palabras que imaginé no fueron más que tristes alardes de una técnica mediocre; demasiado dulces, demasiado trilladas, demasiado ajenas al arte incluso para estropearlo.

Desecho en este punto mis ambiciones del día, y me quedo con el verso que ensayé al comienzo. Así, entre un llorar y un maldecir, sumerjo los pies en agua templada a la espera de que otros sean los vientos que golpeen a mi puerta.


FIN