Centenares de oscuros relatos que, más temprano que tarde y con total justicia, serán olvidados por los lectores, marginados por los críticos y desconocidos por el autor.

jueves, 27 de mayo de 2010

UN ARMA DE GRUESO CALIBRE (II)

Cuestión previa: Segunda entrega de un relato que no se ajusta al estilo exhibido hasta hoy en este espacio. Recordar la advertencia oportunamente realizada al publicar la primera parte. Quedan ustedes -otra vez- debidamente notificados.



UN ARMA DE GRUESO CALIBRE (SEGUNDA PARTE)

CAMILITA

Cuando Camila Pedroza me abordó aquella tarde al regreso de la escuela, el futuro inmediato se me representó en la mente con claridad meridiana. Solo el inmediato, porque ese que denominamos mediato o remoto, el que se encarga de cotejar el placer con la factura a pagar, brilló por su ausencia. Es cierto que yo aún era un imberbe rebosante de ingenuidad, pero no hacía falta ser una lumbrera para percatarse de sus oscuras intenciones. Mucho menos después del patético espectáculo que ella y sus amigas habían montado en el dormitorio de mi hermana la semana anterior.

- Hola nene. ¿Cómo te va?- me dijo con una sonrisa pícara apenas perceptible.

- Bien Camila. ¿Y vos?

- Después de lo que nos mostraste el otro día pienso que podría estar muchísimo mejor- respondió asegurándose de que su mensaje llegara con suficiente nitidez a mi cerebro preadolescente.

Sentí que tanto las maneras como las palabras estaban cuidadosamente elegidas para cumplir un rol de intimidación, aunque por fortuna su desparpajo no me anuló por completo. Camila era una rubia despampanante, de rostro angelical y unas curvas codiciadas por todo el plantel masculino del colegio. Lucía unos pechos poderosos, que de no haber sido por la delantera inigualable de Claudia Garibotti le habrían valido el primer premio sin mayores oposiciones. Y sus piernas blanquísimas rozaban la perfección, con muslos tersos que viajaban siempre al descubierto gracias a su audacia y su generosidad a la hora de explorar los límites permitidos por el director en lo que a moda estudiantil se refería. Sin embargo, su fuerte estaba en la división de retaguardia, departamento en el cual ninguna de sus rivales, por segura de sí misma que estuviera, podía animarse a competir sin temor al ridículo.

Camilita era un trofeo demasiado tentador como para ser desaprovechado alegremente, y como ya señalé, yo no estaba del todo inhibido por su solapado abordaje.

- ¿Cómo te puedo ayudar?- pregunté devolviendo la sonrisa con desfachatez.

- Si venís un ratito a mi casa te explico. Hoy mi vieja trabaja hasta tarde, y yo estoy sola hasta la hora de la cena.

- Bueno- contesté-. Y no agregué más. Quería que todo se diera lo más rápido posible, por aquello de los pájaros en la mano y los cientos que suelen volar.

Ni bien cerró la puerta del departamento sus dedos se deslizaron dentro de mi pantalón, generando de esa forma la primera erección de mi vida con serias aspiraciones de hallar un final digno de ser contado.

- ¡Dios mío nene! Voy a hacer todo lo que pueda, te lo prometo- confesó mientras me besaba la comisura de los labios-. Mete miedo tu amigo…

- ¿Es para tanto?

- Te juro que sí- sentenció con los ojos cerrados.

Nos encerramos en la habitación de la madre y dedicamos la siguiente media hora a una serie de maniobras preparativas durante las cuales sufrí un pequeño accidente que volvió el asunto a foja cero. Por supuesto que el entusiasmo lógico del debut me devolvió al combate en pocos segundos, aunque no me ahorró la vergüenza (más tarde Camila se vio obligada a llevar a cabo una compleja operación para ocultar la evidencia del desastre, y jamás olvidó el incidente). Sin embargo, llegamos al momento de la verdad envueltos en la locura de nuestra pasión adolescente, y cuando ella se colocó encima de mí, cerré los ojos y le di gracias a Dios por haberme dotado con la herramienta más adecuada para derrotar la endeble voluntad femenina.

- Quedate bien quietito nene eh… ni se te ocurra subir, que prefiero bajar yo- suplicó todavía compenetrada en su rol de docente-. Cuando yo te diga que estoy lista, muy despacito, te vas a empezar a mover.

La mueca de dolor en su rostro mientras –con precisión quirúrgica- ejecutaba la maniobra quedó grabada a fuego en mi memoria. Fue la primera manifestación del inconmensurable poder que me había sido otorgado, y que a partir de ese instante debería dedicarme a administrar del modo que mejor supiera o pudiera. Sentí alegría y pena a la vez; una mezcla que en aquel primer instante resultó deliciosa, pero que con los años fue pesando más y más en mi ánimo.

Aguardé su señal y comencé a moverme muy despacio, con las manos bien afirmadas en sus nalgas tensas por el esfuerzo. Luego aumenté la intensidad ignorando sus ruegos, y finalmente la conduje a un sacrificado orgasmo que ocurrió al tiempo que imploraba una piedad que jamás le fue concedida.

Es menester subrayar que Camila Pedroza, de dieciocho tiernas primaveras, rubia, de rostro angelical y un físico diseñado para la alta competencia, completó la faena entre sollozos, pero con una dignidad que, de no haber sido por la euforia que nubló mi razón, habría merecido, como mínimo, un cerrado aplauso. Ni por un instante consideró la alternativa de la retirada, y ese es, quizás, el único detalle que hoy debo agradecer de nuestra breve y tortuosa relación posterior.

Cuando por fin quedamos satisfechos nos derrumbamos uno al lado del otro, exhaustos. Y ella me abrazó y me besó con una sinceridad que su espíritu traicionero jamás volvió a demostrar. Todavía temblaba, y sus mejillas estaban húmedas gracias a una alquímica mezcla de lágrimas y transpiración.

Fue un momento mágico. Era imposible para un adolescente recién estrenado en las artes amatorias presagiar la tormenta que se avecinaba.


Continuará...

viernes, 21 de mayo de 2010

UN ARMA DE GRUESO CALIBRE

Cuestión previa: El siguiente relato no tiene nada que ver con el estilo que venimos desarrollando en este espacio y –por desgracia- NO es autobiográfico. Es un poco subido de tono y carece por completo de valor literario. Pero a mi juicio es divertido. Lo escribí para un foro en el que participaba hace unos cinco años. Consta de tres episodios, y para serles del todo franco, está inconcluso. Todavía no escribí el final (tengo esperanzas de que esta nueva publicación me de el impulso necesario). Y como la cruda realidad es que hace más de un mes que no se me ocurre nada potable para escribir, me pareció una buena oportunidad para subir algo un poco más divertido, más liviano.
Aquellos que lleguen a este sitio en busca de poesía o modestos firuletes literarios, abstenerse hasta nuevo aviso.
Quedan ustedes debidamente notificados.





UN ARMA DE GRUESO CALIBRE (PRIMERA PARTE)

EL DESPERTAR

Calzo cuarenta y cinco, y no estoy hablando de pies. Por desgracia, esta es la única forma de explicar mi drama sin rodeos. Cualquiera podría decir que escupo al cielo al calificar de “drama” a semejante bendición, pero quizás sea porque no ha comprendido las reales implicancias que esto tiene en la vida de un ser humano con aspiraciones de normalidad.

Repito para que lo razonen de un modo integral, superando esa primera reacción tendiente a la broma o el elogio: Calzo cuarenta y cinco; y ese es un hecho que, lejos de las suposiciones que puedan ustedes realizar, no suele celebrarse entre mis conquistas.

Proporciono a continuación una breve reseña de las opiniones que suele generar en el sexo opuesto esta característica tan peculiar de mi cuerpo:

La primera en descubrir mi secreto mejor guardado fue mi hermana mayor. Ella tenía dieciocho años y yo trece, pero aun así, la experiencia resultó mucho más traumática para su mente compleja y perversa que para mi tierna psicología adolescente. Y bueno. Como no podía ser de otra manera, aquella fatídica tarde de otoño me sorprendió con la bandera izada en el inodoro, haciendo mis primeras armas en el arte de la autosatisfacción. Y la pobre no pudo, no supo o no quiso reaccionar con la debida entereza. Se quedó muda por más de dos horas, y aunque luego recuperó algunas de sus funciones básicas, la palidez le duró varios días.

“Vos te vas a morir virgen, pendejo”, fue lo primero que dijo cuando se recompuso. Más allá de su juventud, la carrera amorosa de mi hermana andaba ya por su cuarta o quinta temporada, y su fama dentro de las paredes del colegio había llegado incluso a mis propios oídos, hecho que no me enorgullecía en lo absoluto. Pero sabía de lo que hablaba, y su sentencia causó en mi persona un efecto devastador. Juró que iba a llevarse el secreto a la tumba, pero ustedes saben cómo son estas cosas. Antes que nada, ella es una mujer, y las mujeres, por más que las modernas teorías tendientes a la equiparación de los sexos me contradigan, no manejan los mismos códigos que los hombres.

“Dale, mostrales pendejo. Es con fines científicos.”

Aquella noche, las cuatro mejores amigas de mi hermana vinieron a dormir a casa al solo efecto de constatar la veracidad de sus afirmaciones. Hasta ese día, jamás ninguna me había dirigido la palabra. “Las trolas de quinto” les decíamos nosotros, borregos de primer año con la testosterona en ebullición.

Por supuesto que en un principio me negué rotundamente. Me parecía un abuso descarado, y encima no me ofrecían nada a cambio. Pero entonces habló la tetona Garibotti y el conflicto se destrabó:

“Dale chiquito, vos nos mostrás la herramienta esa que tu hermana dice que tenés, y yo te muestro las tetas por treinta segundos.”

Cuando percibí su desesperación quise sacar provecho, pero mi contrapropuesta inicial fue rechazada de plano. Es que quería tocarlas. Más de una vez las había homenajeado en la bañadera, y aquella era una oportunidad que seguramente no se repetiría. Pero no se dio, y entonces preferí pájaro en mano que pechos en el sostén. Y hablando de pájaros en mano, cuando cumplí mi parte del trato desaté una verdadera revolución entre las cuatro incautas que hasta ese instante imaginaban tener todo bajo control. Grabrielita Rodríguez abrazó a la turca Apud con toda su fuerza, y las dos lloraron –supongo que de emoción- durante varios minutos. La tetona Garibotti sostuvo la mirada, orgullosa, altiva, testaruda. Pero luego me dio la espalda. Y Camilita Pedroza… bueno, no sé, después vamos a tener oportunidad de hablar en profundidad sobre ella. En cuanto a mi hermana, salió del cuarto apenas se llegó al acuerdo, y solo regresó para obligar a la tetona a cumplir con su palabra. Fueron treinta segundos inolvidables, y siempre le voy a estar agradecido por haber defendido mis intereses frente a aquella arpía traicionera.

“Te felicito querido, te van a llover las ofertas”, me dijo Gabrielita secándose las lágrimas con el pañuelo de la turca Apud. Al lado de lo que me había augurado mi hermana diez días atrás, aquello era música para mis oídos. Una música silbada por una mujer hermosa y con mucho mundo. Si hubiera podido elegir, sin duda habría sido ella la encargada de estrenar mi vida amorosa, y no Camila, que además de ser una criatura celestial, era peligrosa y mezquina como el mismísimo demonio. Pero las cosas son como son, y no es de hombres andar quejándose por los rincones.

Luego de aquel involuntario destape siguieron meses agitados, aunque inolvidables en todo sentido. Sin duda la mejor etapa de mi vida.

Continuará...