
Uno, cuatro, cero, cuatro, cero, cuatro. Y la puerta se abrió como por arte de magia. Dentro del cofre reposaban miles de dólares que había le sustraído al mundo con una paciencia infinita, y sin embargo no parecían suficientes. Entonces sumó los que llevaba consigo, y sus ojos se iluminaron.
“¿Habré llegado al millón?”, se preguntó como si de almendras se tratara.
“Esto es el resultado de una vida ayuna de mujeres”, sentenció satisfecho.
Nunca había querido pensar en el matrimonio, por no ver en la mujer otra cosa que un espíritu acostumbrado a las exigencias. Solo confiaba en sí mismo, y su mezquindad no era capaz de ver más allá de los estrechos límites de aquella caja. Poco le importaba que el dinero no produjera un solo centavo en concepto de intereses. Él no lo prestaba. Ni a un banco, ni a un hermano, ni a un amigo ni a la propia madre que lo parió. A nadie; porque si algo había sacado en limpio de su paso por el mundo, era que el Ser Humano no tenía por costumbre devolver lo prestado. Lo mismo le daba un centavo que un millón de libras esterlinas. Siempre se imponía el derecho sobre la propiedad ajena.
Un millón de dólares americanos; limpios y en fajos de a diez mil. Era el premio a una de vida de esfuerzos y privaciones que por fin hallaba el merecido descanso.
“El dinero no hace la felicidad, pero da una sensación muy parecida”, se dijo en tono burlón. Era el pacífico poseedor de una fortuna no declarada que lo ponía a resguardo de las vicisitudes de la existencia.
Uno, cuatro, cero, cuatro, cero, cuatro. La puerta se cerró con graciosa exactitud, y él no pudo menos que contemplarla extraviado, celebrando la ciencia que los ingenieros habían puesto al servicio de su felicidad, y la de nadie más. Un millón de dólares que años atrás había soñado vagamente, sin hacerse ilusiones, y que ahora formaban su propio ejército, como los guerreros de terracota, dispuestos a defender al emperador en las mismísimas fronteras del mundo.
Tropezó con ella al salir del banco. Le ruego me disculpe, por favor, faltaba más, ¿la ayudo?, si no es mucha molestia, no lo es. Ordene tranquila, son solo papeles, ¿un café?, casualmente tengo quince minutos.
Uno, cuatro, cero, cuatro, cero, cuatro. Una vez más, la puerta no se resistió a esa combinación mágica. Y los guerreros de terracota se quedaron inmóviles, como sin alma, aguardando morir de a miles.
FIN


9 comentarios:
Uno de los hombrecitos se parece a Beto Casella! A fijarse cuàl!
Pd: una mentirita piadosa...
Mire, Yoni, esta vez me quedè afuera.
Siento que se me escapa el simbolismo de los guerreros y qué termina pasando con la mujer esta...como es que la deja entrar?
No sè si lo entendì.
Bah, sí sé.
No lo entendí.
Quizas el calor? o quizàs una simple cuestión de IQ.
besos!
(ah, fijesé que le mandé mail. Léalo y aproveche para vengarse)
Bla: El segundo de la derecha. Yo también lo noté :)
Mona: No se aflija. Cuando uno escribe suele dar por sentado que ha dicho todo lo que debe decir para que el lector entienda la idea, y no siempre es así. Su opinión me sirve, entre otras muchas cosas, para meter al taller algunos relatos (le cuento que muchas de estas cosas están escritas hace mucho tiempo, y yo no las estoy tocando antes de mandarlas a la pantalla. Así están registradas y así se quedarán hasta el mes que viene, que me toca registrar otra tanda).
Ah sí, le cuento más o menos cómo es la idea:
Los guerreros de terracota son sus dólares. Cada uno de sus dólares juntados con esmero.
Él tiene una idea sobre las mujeres y por eso se cuida de ellas. Es avaro y temeroso. Pero al final de pura casualidad se tropieza con una mujer que lo puede, y una cosa lleva a la otra. Pierde la cabeza y abre la caja para usar la plata en ella (no para comprarla, se entiende, sino para disfrutar su tiempo con ella).
Creo que en el fondo es un final feliz.
Un saludo.
Bien. Quiere decir que algo entendí.
QUe los guerreros de terracota eran su dinero, lo hab+ia entendido ( osea...ahora que me dice, me doy cuenta de que lo había entendido) lo que me desorientó fue lo de la mujer.
Y de por qué le había abierto la puerta de su bóveda.
Ahí me parece que me perdí.
Gracias por la explicación!
Recién, por esas cosas de los perfiles, entro por primera vez en este blog.
Me gustó la historia y entendí lo de los guerreros y los dólares.
Coincido en lo que decís de los supuestos que se dan al escribir.
Saludos!
Fíjese que nos ha escrito usted un cuento de verdad, con saborcito de leyenda y mito, como si le diera la vuelta al Rey Midas o al dueño de la gallina de los huevos de oro. Soldaditos, soldaditos (por cierto, son impresionantes, vi unos cuantos que trajeron para una exposición sobre China), dólares, dólares, y el desprecio a las mujeres que no tiene o no puede, como la fábula de la zorra y las uvas.
Y, de pronto, se abre la puerta y me pregunto si volarán los soldaditos.
En realidad nos ha contado usted un cuento de amor, y eso siempre viene bien, a cualquier hora,
Corro a leer más,
Srta. R.
Srta R: Efectivamente, es un cuento de amor. Bien por usted.
Un saludo.
Le repito, porque asi soy de cargoso, que lo estoy leyendo hacia trás y no puedo dejar de pararme sobre la idea suya de que la fortuna y estar cerca de una mujer son opuestos comprobados.
Mire, si yo fuera mujer me ofendería mucho, pero como no soy lo invito un café.
Nada de café literario porque me aburren sobremanera. Uno cualquiera donde atienda un gallego.
Gamar: En Parque Patricios subsisten algunos cafés muy interesantes. Parecen suspendidos en el tiempo, en una Buenos Aires mucho más amena.
Un saludo.
Publicar un comentario