
Un hombre que está haciendo “cosas” es alguien que no tiene interés en revelar la naturaleza de esas cosas. Ni al que husmea movido por la curiosidad, ni al que guarda silencio por discreción ni a ninguna otra persona. Hay gente que lo entiende de inmediato y desiste de su voluntad indagatoria, y gente que no. Habitamos un mundo abundante en acciones y reacciones, y estar preparado para lidiar con la diversidad es una actitud prudente. Uno nunca sabe si de un momento a otro no puede ocurrir una desgracia similar a la de ese pobre vigilante que vivía en aquel pueblo pequeño del interior del país, y que acabó por ganarse una notoriedad que jamás había promovido.
“Cosas”. Esa solía ser la única respuesta del vigilante Abeijón frente a las molestas indagaciones del oficinista jubilado Verdirame. Los dos hombres eran vecinos en un barrio popular construido en los tiempos en que la desvergüenza y la culpa sostenían una batalla pareja en la mente de los gobernantes, y si bien habían logrado edificar una relación cordial, entre ellos no existía ni rastro de esa intimidad tan amena que se forja con la proximidad.
La existencia del vigilante Abeijón transcurría pacífica entre unas reposadas rondas de patrullaje nocturno y un misterioso claustro diurno. El hombre cumplía sus obligaciones con método, y guardaba su mundo privado con autoridad. Su conducta no era digna de elogios ni pasible de reproches, motivo por el cual gozaba, en algún punto, de una cierta condición de invisibilidad que le satisfacía.
Por otra parte, el retiro de la actividad había transformado la vida del oficinista jubilado Verdirame en una madeja de sucesos irrelevantes y entrelazados sin un propósito definido por alguien que no era él, y que según su opinión, estaba determinado a sumergirlo en el monótono devenir de las instancias preliminares de la muerte. Y no siendo las visitas de su hija y sus dos nietos lo bastante frecuentes como para cubrir su necesidad de interacción social, no tardó demasiado en posar la mirada sobre los curiosos hábitos de su vecino.
Horas enteras dedicaba el oficinista jubilado Verdirame al estudio de las rutinas del vigilante Abeijón, y como las mismas guardaban una simetría rayana con la perfección, le resultó muy sencillo llevar a cabo sus averiguaciones.
Las costumbres de su vecino tenían, como dijimos, mucho de rutina y muy poco de improvisación. Jamás ponía un pie fuera de su casa sin un motivo válido, y cuando lo hacía, no se alejaba más de veinte o treinta pasos. Solo su trabajo como vigilante alentaba en él cierta voluntad -por cierto bastante precaria- de exploración, pero eso ocurría de noche, así que mal podía satisfacer la curiosidad del oficinista Verdirame.
Los dos personajes coincidían en la vereda para llevar a cabo labores domésticas tan penosas como estériles, y esos breves instantes eran aprovechados por el oficinista para practicar sus indagaciones debidamente camufladas. Sin embargo, con la persistencia de la palabra “cosas” como único eje de las conversaciones, comenzó a extraviar la razón.
Una tarde calurosa de verano, el oficinista jubilado Verdirame concibió por fin la semilla de lo que más tarde se convertiría en un ambicioso –aunque irresponsable- plan orientado a materializar una irrupción subrepticia en el inmueble del vigilante Abeijón.
La operación se ejecutó en la hora más temprana de la primera noche sin luna. El oficinista jubilado Verdirame forzó una ventana de la cocina que tenía un cristal roto, y sin mayores inconvenientes se escabulló hasta el living comedor del vigilante Abeijón. La habitación, al igual que el resto de la casa, estaba completamente desierta. El vigilante no tenía mesas, ni sillas, ni estufas, ni pinturas, ni lámparas, ni ninguna otra cosa mueble que pudiera ser considerada de alguna utilidad en el hogar. Nada.
Es difícil explicar el grado de estupefacción del oficinista jubilado Verdirame al encontrarse con algo tan extraño e inesperado como aquel interior sin amueblar. Solo es dable aclarar que gastó el resto de la noche en la búsqueda infructuosa de algún pasadizo secreto que lo condujera al verdadero living comedor de su vecino.
De pronto, el rumor de las llaves en el cerrojo le devolvió algo de la cordura que había extraviado. Era el vigilante Abeijón, armado con su bastón y su pistola nueve milímetros. Parco, firme e impredecible. Amenazante, aunque asistido por la ley y la razón.
“¿Qué hace usted aquí adentro?”, le preguntó el dueño de casa a una sombra apenas visible en un rincón de su cocina sin artefactos.
El oficinista jubilado Verdirame estuvo a punto de contestarle con la palabra “cosas”, pero el vigilante Abeijón, no tan afecto a las indagaciones, le disparó tres veces.
La sombra del muerto vistió la habitación hasta que los primeros rayos del sol se filtraron a través el cristal roto. Luego se desvaneció dejando a la vista las facciones tiesas del oficinista jubilado Verdirame, que aún conservaba su clásico semblante indagatorio.
FIN


19 comentarios:
¿Corro peligro si me siento identificada con la respuesta "cosas"?
Muy bueno!
Creo que hubiera debido contestarle "cosas". Una buena venganza ( pequeña, pero venganza al fin).
Quizás así hubiera evitado su muerte.
O apenas atrasado.
Odio la respuesta "cosas". Pero concuerdo en que es mejor que contestar "nada" que conlleva inmediatamente a una invasión de preguntas.
Muy bueno. Pero muy bueno. Me encanta encontrarme con dos personajes tan lejanos a mí en todo, pero al estar tan bien delineados me resultan comprensibles, cada uno con lo suyo.
Saluditos.
La curiosidad mató al ¿hombre?
Por eso, alentemos para que las agrupaciones de jubilados brinden entretenimiento y distracción, para evitar que anden chusmeando sin razón y para que "el monótono devenir de las instancias preliminares de la muerte" los tomen de rehenes...
Excelente relato, señor!!
Abrazos!!
esas "cosas" que generalizan y no dicen nada, que intentan ser la respuesta fácil y hasta demuestran las pocas ganas de contestar....
muy bueno Don, como siempre
un beso
Està muy bien. La gente indiscreta me molesta. Estoy con el "guarda".
Saludos
(ya tengo completa la historia del "Lady Be good" que habìa pensado escribir hace tiempo, y me lo recordè ahora, que te volvì a cruzar. Pero es màs tràgica que el caraxo!!)
Un vecino puede ser un perfecto extraño. A la luz de las consecuencias la curiosidad mató al hombre.
Qué raros personajes ha creado en esta historia.
Yoni, Ud. es misterioso. También hace cosas?
Y bueno ,el vigilante tuvo razón ,el oficinista estaba en su casa...A mí también me reventaría que un extraño se metiese en mi casa y en mi vida...No sé si empezaría a los tiros ,pero algo haría....Muy buena tu historia...
Cariños..
Jajajajaja! esto me hizo acordar a mi sobrino mas grande, que cuando volvía del jardín (4 tenía) y uno le preguntaba "que hiciste hoy Juancito?" contestaba justamente eso "cosas" y de ahi no se movía.
Me revienta la gente que te investiga todo el tiempo, el guarda tuvo cierta razón en pegarle tres tiros.
Muy buena historia.
un saludo
La construción de misterios que luego no terminana de resolverse porque nos damos cuenta de que lo importante es otra cosa; esa estructura está en el cuento: en la historia, y en el cuento: en cómo está escrito.
Estos juegos de espejos me atraen muchísimo, primeramente porque me gustaría mucho ser capaz también de producirlos.
Yoni, déjeme que lo felicite otra vez. Si usted no publica, me atrevería a decir que no puede pasar mucho tiempo antes de que suceda.
Un abrazo.
Discúlpeme Yoni, es este momento no puedo hacerle ningun comentario, me quedaron unas “cositas” por hacer.
Cosas que pasan!!
Me recordó a la señora que supo ayudarme en casa y despotricaba contra la vecina del frente prque estaba -según ella- toda la mañana espiándola por la ventana.
¿Y usted cómo lo sabe? -pregunté-
Menos mal que no me respondió con un "cosas" y agachó la cabeza asumiendo que estaba en falta.
Oiga Yoni, o mejor escrito, lea Yoni, siempre me va a hacer ir al diccionario, usted?
Un beso.
Te pongo un link, asì sè cuando posteàs.
Saludos
Hola Yoni!
Ultimamente tengo poco acceso a internet porque me he quedado sin ordenador temporalmente, pero que sepas que cada vez que puedo, vengo a leerte, lo que para mí sigue siendo un gusto.
Espero tener pronto más tiempo y dedicaros el que os mereceis a todos los que me visitais.
Gracias por estar ahí :)))
Besos!!
A muchos nos molesta las respuestas poco claras, aunque en general tambien las damos.
Ahora, si no queres meterte en problemas... metete en lo tuyo.
No?
Saludos!
Y bueno, eso le pasó por curioso. Un precio caro, pero en fin, así son las cosas.
Saludos.
perdone que no le escriba más, pero estoy dedicado a mis cosas...
Te escribo porque me gust{o ese avatar navideño ligado con la fiesta de las luces. Shalom
Estrella: No, está muy bien. Yo también.
Mona: Todo conduce a la invasión. Creo. La gente nunca tiene suficiente.
Marina: Muchas gracias a usté.
Candorosa: Y sí, encontrar ocupaciones para aquellos que nadan en tiempo. Muchas gracias a usté.
Laura: Pocas ganas, o una necesidad incumplidad de privacidad. Muchas gracias.
Gaucho: Y yo estoy con usté.
Winter: Sí, hago cosas. Muchas gracias a usté.
Julieta: Ahí está el asunto. Estaba en su casa. A uno se le olvida. Muchas gracias a usté.
Any: Esa es la actitud. Cosas y tiros. Muchas gracias a usté.
Calavera: Muchas gracias a usté. Me dice más de lo que merezco.
fea: ¿Qué cosas? Deje...
María: Muchas gracias a usté. La gente que se queja de sus propias actitudes cuando las ve en otro me resulta muy cómica.
Gaucho: Muchas gracias a usté.
Marga: Muchas gracias a usté. Yo también debo visitas por todos lados. No se haga problema.
Camilo: Exacto. Muchas gracias.
Mariela: Muchas gracias a usté.
Dante B.: Oh.
Alí Reyes H.: Bienvenido.
Un saludo.
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