
Intimación de Von Riddelbaun a Schroeder
Estimado Doctor:
Aquí estoy, observando la persistencia de la nieve moscovita a través de la ventana de mi nuevo departamento. Ciertamente, un espectáculo maravilloso que usted debería presenciar en algún momento de su vida. En lo personal, la danza de esas minúsculas esferas blancas y etéreas me genera aquellos arrebatos de inspiración que hace ya tantos años me han colgado a la espalda la pesada mochila de la celebridad. De pronto me agito como un corcel a punto arrojarse al fragor de la batalla y libero toda la energía de mi ciencia en beneficio de la raza. No creo que exista un sitio más adecuado en la geografía europea para que arda el fogón invisible de mi creatividad. ¿No le parece? Descuento que sí.
Ayer por la tarde, mientras me debatía víctima de una de estas insobornables ráfagas de ingenio, se me ocurrió consultar un desarrollo matemático que hace algunos años llevé a cabo a partir del planteo de la ecuación de Ziegler y las refutaciones de Von Braun. Ingrata fue la sorpresa que me llevé al no hallar la carpeta en el segundo cajón de mi escritorio; y más tarde la desazón llegó a su límite con el fracaso de la búsqueda en las profundidades de mi archivo personal. Entonces, un tanto desesperado aunque todavía lúcido, recurrí a la libreta de “préstamos sin esperanzas de retorno” que guardo en la caja fuerte de mi dormitorio; y allí fue donde me topé con la solución del misterio. El mentado desarrollo (que sin duda es una de las joyas más preciadas de mi repertorio matemático) se encuentra en su poder desde el nueve de abril del año pasado. Por lo tanto, considero que ha llegado la hora de que usted evalúe seriamente la alternativa de una devolución que ponga a buen resguardo su honor. Sé que el secreto de mi teoría lo tortura, pero le pido que piense con detenimiento en lo que estoy a punto de decirle, y a continuación intente explorar las bondades de aquel sinceramiento expiatorio que alguna vez le sugiriera un enfurecido profesor Keppler: Si en el curso de estos quince meses no ha sido usted capaz de hacer fluir los intrincados mecanismos de su entendimiento, mucho más difícil será ahora que su atención ya se habrá concentrado en alguna actividad más reposada.
En otro orden de cosas le comento que han llegado a mis oídos algunos rumores no demasiado auspiciosos sobre la marcha de su relación con nuestra querida Erika. Circula la hipótesis –insólita por cierto- de que ella lo habría abandonado en Costa Rica hace varios meses, y ahora estaría viviendo un intenso romance con un camionero polaco experto en problemas de lógica. No sé cuánto habrá de cierto en todo eso, pero en nombre de nuestra amistad de tantos años me sentí en la obligación de contarle.
Le ruego que no piense que sigo resentido por el desenlace de aquella cena en la que ella, llorando a lágrima viva, se dejó conmover por ese estupendo poema que usted robó de la oficina del licenciado Richter una semana después de su muerte.
Aguardo que recapacite,
Profesor Arthur Von Riddelbaun
Reconvenciones de Schroeder
Estimadísimo Profesor:
En efecto, desde hace catorce meses tengo en mi poder un extensísimo documento que sin duda alguna es de su propiedad. No lo niego, ni pretendo disfrazar mi olvido con excusas de estudiante secundario. En el mejor de los casos mi actitud ha sido negligente, y me comprometo a reparar los daños –si es que los hubiere- con la mayor celeridad. Lo que me llama poderosamente la atención es que dicho documento no coincide en lo más mínimo con la descripción que usted me proporcionara en su última epístola.
Paso a explicarle la situación, querido amigo:
Usted me reclama la devolución de un sesudo desarrollo basado en la ecuación de Ziegler y las refutaciones de Von Braun, que es de su autoría; y lo que yo tengo delante de mis ojos es la ecuación de Ziegler (textual) con algunos desvaríos suyos al margen que, dicho sea de paso, son sugestivamente parecidos a las refutaciones de Von Braun. En síntesis, querido profesor, lo que está sobrando en este desafortunado incidente es su autoría. Por fin usted se saca la careta y demuestra esa clara voluntad de usurpación que lo acompañó toda la vida. Se conduce con el mismo aire expropiatorio que han revelado los grandes villanos de la historia en esa Rusia helada que no les resulta familiar aunque se esfuercen. Primero fue Napoleón Bonaparte, luego Hitler y ahora usted. Pero recuerde que la historia de la humanidad ha demostrado siempre un marcado afán de repetición. Y ese no es un dato menor; sobre todo cuando a renglón seguido me enrostra un solapado hurto literario que jamás cometí, llevando esta falacia a un nivel de crueldad e injusticia francamente intolerable. Pero bueno, a veces la ingratitud desconoce los límites del buen gusto, y yo, como siempre, le voy a dejar pasar el exabrupto en nombre de esa hermosa amistad que tenemos desde hace tantos años, y que usted insiste en maltratar cada cinco renglones.
En segundo lugar le informo que el profesor Keppler jamás me sugirió ningún sinceramiento expiatorio. De hecho fui yo quien le hizo a él una sugerencia de ese estilo, y como no la recibió de buen grado, hace veinticinco años que no me dirige la palabra. A propósito, si por ventura llegara a topárselo en alguna de sus orgías de creatividad sobre las nieves moscovitas, dígale que su último libro, “San Juan conoce a Heráclito”, apesta.
Por último, y para insuflar en su alicaído espíritu matemático una sensación al menos parecida a la felicidad, le confirmo que mi relación con nuestra amada Erika encontró un tormentoso final. Pero debo aclarar, para poner a salvo su reputación de compañera fiel y dama de recta conducta, que no fue ella quien me abandonó a mí, sino yo a ella. Y no hubo de por medio ningún camionero polaco experto en lógica, sino una camarera húngara ducha en cuestiones de horizontalidad (no estoy orgulloso de mi conducta pero es la verdad). Por otra parte, la crisis no tuvo lugar en Costa Rica sino en las paradisíacas playas del pacífico mexicano, y para su regocijo le confieso –solicitando su absoluta discreción- que a duras penas logré esquivar la amputación de mis tesoros más íntimos.
Quédese tranquilo profesor, no me cabe la menor duda de que su motor no ha sido el resentimiento. Aquella cena forma parte del pasado, y ahora me doy cuenta de que solo fue útil para profundizar esta estúpida brecha que existe entre los dos. Y así fue como terminamos a miles de kilómetros, en cuerpo y en espíritu. Yo, entregado bajo el calor del trópico a los brazos de la lujuria; y usted, abandonado a un exilio estepario sin sentido, congelado su corazón a causa de mi “sex appeal”. ¡Qué horror! Le prometo una pronta reparación que nos devolverá el afecto sincero. Vaya trabajando en ese ánimo festivo que alguna vez lo hizo famoso.
Contando con su sincera amistad,
Doctor Nicholas Schroeder
Continuará...


4 comentarios:
Juaaa!
esto sí que ya es un lío: un científicio alemán residente en Rusia que cita a Neruda!
Reproche: cómo me hace esto??? Cómo OSA saltarse la escena de la cena?
(uy! qué lindo que suena, la escena de la cena)
Bien, volviendo.
Como no desarolla la parte más interesante???? Imperdonable.
Me olvidé: Priiiii!
Eso, eso, cuente usted cómo fue la cena, no nos deje sobre ascuas...
Por lo demás, es increíble. Lo felicito por alumbrar semejante epistolario. Hay que estar muy, pero muy chiflado para hacerlo tan bien,
¡¡¡Felicidades!!!
Srta. R.
Mona: ¿Vio? Viene bien internacional la cosa.
Respondiendo el reproche: Yo creo que todavía estoy a tiempo de agregarla. La verdad es que estos escritos en forma de carta me cuestan menos que los cuentos propiamente dichos. Si tengo que reescribir la cuata parte, también hago el intercambio de la cena.
Mona: Lo logró :)
Srta R.: Claro que sí, ya le dije a Mona y se lo confirmo a usted.
Muchas gracias. ¿Sabe que el asunto de la chifladura es cierto? Le juro... no lo digo al pasar.
En otro orden de cosas, estoy escribiéndole un mail, pero hoy me fue imposible terminarlo. Calculelo para mañana. Sobre la hora, pero a tiempo.
Un saludo.
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