Centenares de oscuros relatos que, más temprano que tarde y con total justicia, serán olvidados por los lectores, marginados por los críticos y desconocidos por el autor.

martes, 9 de diciembre de 2008

UN TRANVÍA LLAMADO DESEO



No le parecía. Estaba seguro. Mientras él caminaba sumido en la batalla con sus demonios internos, la rubia que se topó cuando doblaba la esquina le había guiñado uno de sus ojazos color miel. El detalle era que el mensaje estaba llegando a su cerebro con dos minutos de retraso.

Corrió frenético por la calle diez de noviembre intentando distinguir a su musa entre una multitud de personajes que ahora le resultaban insoportables, hasta que, más debido a la frustración que al desgaste físico, se detuvo en la intersección con el parque. Allí obtuvo el segundo guiño del día, pero esta vez de la suerte. Con las manos afirmadas en sus rodillas giró la cabeza en la dirección del viento para inflar sus pulmones, y entonces vio a lo lejos el trasero de la rubia justo en el instante en que abordaba el tranvía. De nuevo emprendió la carrera, y de nuevo llegó tarde. La puerta de un amor efímero o eterno se le había cerrado en pleno rostro casi con indiferencia, y no pudo más que sentirse condenado a una soledad que no deseaba.

Se abalanzó dentro de un taxi y lo obligó a emprender una tenaz persecución, sabiendo que aunque había perdido de vista el tranvía en el tráfico, solo era cuestión de replicar su recorrido hasta encontrarlo en algún punto remoto de la ciudad. Para entretenerse mientras el conductor arriesgaba la vida de ambos, imaginó la trama de una novela que relataría las peripecias de un muchacho de barrio para reunirse con la mujer de sus sueños, y jugó con la idea de titularla “Un tranvía llamado deseo”. Su intención de plagio le arrancó una carcajada que el taxista interpretó como una aprobación a su forma de manejar.

En el momento en que la desesperación empezaba a convencerlo de abandonar la empresa, el chofer lanzó un grito al tiempo que golpeaba el techo del vehículo.

“¡Qué hembra dios mío!”

Levantó la vista y la vio. Cruzaba la calle paseando toda su voluptuosidad a escasos metros del vehículo. Otra vez la suerte le confirmaba su apoyo incondicional. Entonces pagó de apuro, y sin aguardar el cambio se arrojó a la vereda. Su musa se hallaba al otro lado de un mundo de automóviles que entorpecían su felicidad amparados por una simple lucecita verde.

Decidió no desviar la mirada de su objetivo, y cuando detectó el colorado por el rabillo del ojo apuró el paso para no dilatar la espera.

El ruido seco del impacto alteró la rutina de la zona por varias horas.

Mientras la viuda lloraba sobre el cadáver sin poder explicar a la policía su localización en un sitio tan ajeno a su cotidianeidad, un puñado de curiosos observaba la escena detrás de la cinta.

“Perdón señor, ¿sería tan amable de prestarme su pañuelo?”, preguntó la rubia, que había presenciado el accidente. “Es que desde hoy tengo una basurita en el ojo que me está volviendo loca.”


FIN

5 comentarios:

Staff de Bla Bla Bla dijo...

Pobre mujer... era un pañuelo de tela? Nosotros tenemos una teoría sobre éstos...

Mona Loca dijo...

Uy!
Espero que no sea su teoría de lo que ocurre cuando uno corre detrás de los sueños...

Indis Creta dijo...

Uhh, pobre tipo!

Ojalá que desde el mas allá no se pueda ver el mas acá, así, por lo menos, le queda la ilusión de que no murió en vano!

Yoni Bigud dijo...

Bla Bla Bla: Era de tela. Y usado.

Mona: No lo es. Quédese tranquila. O corra. Como quiera. Yo sé que a usté le va a ir mucho mejor.

Indis Creta: Qué lindo deseo. Se nota que usté es buena gente.

Gracias.

Un saludo.

gamar dijo...

Noooo, yo interpreto que esa voluptuosidad no era otra cosa mas que el propio mal.
Bueno, después de pelearse con su mujer uno piensa así.
Buen relato.