Centenares de oscuros relatos que, más temprano que tarde y con total justicia, serán olvidados por los lectores, marginados por los críticos y desconocidos por el autor.

lunes, 9 de marzo de 2009

LA PINTURA DEL CORONEL




Madrid, 12 de agosto de 1951.



- Le sugiero que no hable de más doctor- acotó la señorita Victoria-. Entre y haga lo suyo sin tanto prolegómeno.

- Entiendo, aunque debo generar una toma de conciencia para que se preste al juego.

- Hágalo entonces- gruñó la joven-; pero sin sermones, por favor. El hombre ha vivido demasiado.

Los gemidos que emitía el coronel desde la habitación contigua se filtraban a través de una hendija aumentando la tensión entre los presentes. No quedaba demasiado tiempo antes del inevitable desenlace, y las cartas de la señorita Victoria no eran las mejores para enfrentar una situación tan delicada. Conocía las mañas del anciano, y no tenía ninguna duda de que la pintura aún estaba en París. ¿Pero dónde exactamente? Todavía resultaba imprescindible su colaboración. A pesar del cáncer, y de sus frecuentes lagunas mentales.

El doctor Gorostiaga había mentido con un descaro inédito en su persona. Lo suyo con el hipnotismo no pasaba de ser una afición; estaba demasiado lejos de ser el profesional sólido y seguro de sí mismo que había compuesto días antes para la esposa del coronel. Sin embargo, por primera vez en su vida se había dejado seducir por el dinero. Si lograba que el viejo hablara, con hipnosis o sin ella, la pintura haría inmensamente ricos a todos los eslabones de la cadena conformada para recuperarla. La esposa, la señorita Victoria, el fulano de la galería de arte, el hipnotizador y hasta los transportistas iban a pasar el resto de sus días disfrutando una seguridad económica sin precedentes.

El plan era muy sencillo: presentar a la hipnosis como el medio más eficaz para combatir unos dolores que esa altura se habían tornado insoportables, y aprovechar el procedimiento para escrutar la mente en busca de la información deseada. Pero Gorostiaga no estaba seguro de poder cumplir con su parte. Ni siquiera con un octogenario moribundo y consumido por el fuego de su propia desesperación.

A pesar de que jamás se habían visto antes, los dos hombres simpatizaron de inmediato. Entonces, apenas el doctor sintió que había ganado su confianza –en esos menesteres sí que era muy hábil- se animó a sugerir el método que en teoría dominaba a la perfección para aliviar el intenso sufrimiento del coronel.

La esposa y la señorita Victoria se acomodaron en un rincón oscuro con la excusa de brindar un apoyo moral que el enfermo no había requerido. En rigor de verdad estaban obligadas a hacerlo, ya que si el procedimiento tenía éxito no podían ser los de Gorostiaga los únicos oídos en la habitación.

Quince minutos bastaron para que el coronel cayera en el estado de sopor necesario para comenzar con las indagaciones. Sin embargo, a medida que avanzaba el cuestionario se fue tornando más y más evasivo, hasta que al final sus balbuceos fueron incomprensibles.

Gorostiaga, conciente de su proceder fraudulento, fue el primero en perder la poca fe que tenía, pero la mirada fulminante de las dos mujeres lo obligó a continuar la parodia.

- Vamos coronel… confiese ese secreto que guarda hace tanto tiempo- rogó mientras se esforzaba por mantener una apariencia controladora frente a las damas.

- El secreto…- susurró el coronel en un tono aun más bajo que el empleado por el doctor.

En ese preciso instante, como por arte de magia, afloró la verdad. Una verdad amplia, detallada y muy distinta de la esperada por los confabulados.

La confesión del coronel fue pronunciada en inglés. De principio a fin. Un inglés perfecto. Un inglés nativo que nadie en su círculo íntimo sabía que hablaba. Ni siquiera la señorita Victoria.

Por más de media hora, el hombre relató los pormenores de una infancia desgraciada, transcurrida en una de las áreas más pobres de Londres: Whitechapel. Y luego, sin variar un ápice el tono de la voz, describió con lujo de detalles una decena de asesinatos monstruosos perpetrados durante su juventud. Ni siquiera reparó en que los orines del doctor Gorostiaga habían humedecido su lecho.

Jack the Ripper se incorporó de golpe, sobresaltado y feroz; y clavó su mirada gélida en el rostro descompuesto de la señorita Victoria. Pero ya no pudo continuar, y el secreto de la pintura se desvaneció con su muerte. Aunque eso ya había dejado de ser lo más importante.


FIN

5 comentarios:

Mona Loca dijo...

Sorprendente!



( si lo piensa bien...el coronel terminó ofreciendo una pintura, despues de todo...o no?)

Cameron West dijo...

Increible final para una famosa historia con final abierto... como de costumbre... lo felicito...

Vill Gates dijo...

Excelente.
Me dió gusto leerlo.
De todas maneras el secreto no muere con el anciano, queda perforando la memoria de los oyentes y ninguno osaría repetir aquello. Pero eso ya es interpretación.

Yoni Bigud dijo...

Mona: Ya lo creo. Una pintura.

Cameron: Gracias por leer.

Vill: Gracias. Buen punto.

Un saludo.

Cameron West dijo...

esta noche a las 0 hs se inicia la votación del concurso Cameron Loviu.... considerese avisado.