Centenares de oscuros relatos que, más temprano que tarde y con total justicia, serán olvidados por los lectores, marginados por los críticos y desconocidos por el autor.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

ALAS


Pequeña fantasía en tres episodios.




ALAS


“ALAS SIGNADAS POR UN DE REPENTE INSENSIBLE A LOS MERECIMIENTOS”

Esta mañana desperté con alas. Así, sin más. No hablo en sentido figurado; son dos magníficas alas plagadas de literalidad que brotan de mis omóplatos cubriendo por completo la parte trasera del cuerpo.

Imagino que debiera aflorar en mí un temor reverencial hacia lo pavoroso, y sin embargo siento mi espíritu pleno, inundado de una hermosura infinita y una inspiración profunda y poética. En el fondo, esta es solo una cosa más de las que suceden cuando uno enfrenta un nuevo día, y es muy importante que la mente esté receptiva.


Se me ocurre solo una queja referida al color: Estas alas son negras, y a mí me gustaría que fueran blancas, o amarillas, o verdes, o de otro color que no me hiciera parecer un ángel de la muerte; pero asumo que son las desventajas acarreadas por la ausencia de elección.

Admirable; realmente admirable. Me gustaría deslizarme por la ventana y ensayar una nueva mirada del mundo, pero a plena luz del día solo voy a conseguir que la gente se asuste y me arroje piedras. Creo que, dadas estas particulares circunstancias, la protección nocturna es mucho más recomendable.

Pensando las cosas con detenimiento, descubro que la vista es el sentido que más me interesa estimular a través de mi nueva anatomía, hecho por el cual la noche representa un verdadero inconveniente. Es que en la oscuridad todo se disuelve dentro de una gran mancha caótica, y la ilusión que deposito en las emociones que me aguardan será defraudada por la irremediable realidad. Entiendo que mi primer vuelo se encuentra atado al deber de ser inolvidable, cargado de ese erotismo libertario que siempre anhelé, y orientado hacia un paraíso de jardines idílicos; por lo tanto no puedo dejar ningún detalle librado al azar. Debo pensar muy bien el dibujo de mi aventura en orden a optimizar el disfrute.

Otro problema que me preocupa es la imposibilidad de probar el instrumental antes de lanzarme al vacío. Tampoco es cuestión de emular a Ícaro solo en la parte del impacto. En esta habitación diminuta, la única certeza es que no me puedo suspender en el aire como un colibrí, aunque infiero que es una mera cuestión de tamaño. Como el cóndor o el buitre, requiero de las densas corrientes de aire para poder planear. Muevo las alas sin dificultad. Soy dueño de la misma conciencia instintiva de vuelo que puede albergar cualquier ave de las que pueblan el cielo y los libros de ciencias naturales, pero aún así tengo miedo. Un miedo racional. Un miedo humano.

Me dispongo a despojar el alma de su aridez intrínseca; esa misma que reina en mi especie. Quiero intervenir en la organización del mundo por vez primera. Quiero emanar la seducción de haberme consagrado como ave. Quiero ser diferente, y estoy en posesión de las armas adecuadas.

Medito aferrado en el marco de la ventana, tan ensimismado como para sentirme ausente. Ya no pertenezco al suelo. Ya no hablo el mismo idioma. Cuando me pose sobre la copa de algún árbol, cuando haya superado al fin todas las contingencias desagradables, cuando pueda plasmar mi drama en verso será el momento de contarles más. Hasta entonces, los dejo con el fruto de mis cavilaciones en prosa.




“ALAS PORTADORAS DE INTERROGANTES AMIGOS DEL VÉRTIGO”

Desde aquí arriba la vista es maravillosa. Después de todo, la noche también posee un encanto particular, y me alegro de haberla elegido como marco.

Mi figura en cruz se eleva por sobre la chatura existencial del ser humano y sus penurias terrestres. Siento que no busco el idilio, sino que parto de él hacia un paraíso de esencias ajeno al de la Biblia. Por fin me he transformado en un individuo distinto; un ser superior condenado a la ostentación de su arrogancia desde el propio límite de su iluminación. Una genuina novedad que silba melodías sublimes apenas audibles para los mártires de la tierra, inmersos en actividades guiadas por un sagrado automatismo.

Si es que en realidad no soy Dios, al menos me le asemejo bastante.

Estoy agotado. Exhausto. Más allá de mi inapelable carácter divino me duelen las alas, y a pesar de esta incongruencia formidable necesito darles respiro. No creo que el reposo se encuentre reñido con la divinidad. ¿Acaso Dios no descansó el séptimo día?

Curioso. Muy curioso. Analizada desde la copa de este árbol, la imagen del mundo se torna angustiosa. Mi euforia mística desaparece por completo, y una vez más, lo paródico de la obra reclama de mi parte un papel comprometido. Pesada en el platillo de una balanza justiciera, mi pequeña evasión nocturna ya no me otorga esa excelsitud narcótica que recién creí detectar en mi naturaleza. Mis perfecciones ya no son tales, y aquella suficiencia orgullosa es ahora temblor y palpitaciones.

Tengo hambre, aunque sigo muy cansado para volar. La inminencia del amanecer exige una decisión urgente, pero yo no logro definirme. Si permanezco inmóvil seré descubierto, y si decido caminar entre la gente voy a despertar primero el pánico, luego la curiosidad, más tarde la incomprensión y finalmente un interés científico que me hará objeto de toda clase de experimentos macabros.

Pensándolo bien, y a pesar de este regreso a las fauces de lo ordinario, puede que en el fondo sí sea una criatura muy similar a Dios. Tal vez mi destino ha sido tergiversado por estas alas negras, y ya no debo vivir entre los hombres.

Cierro los ojos y me olvido de mis problemas. Espero no quedarme dormido, porque sería una calamidad.

¿Y si soy inmortal?




“ALAS SOMETIDAS AL ESCRUTINIO COLECTIVO EN BASE A SU SINGULARIDAD”


Esta mañana desperté sin alas. Así, sin más. No hablo en sentido figurado; aquellas fastuosas alas de color negro que ayer adornaban mi espalda, hoy yacen inertes algunos metros debajo de mi posición. Oculto entre las ramas observo el revoltijo de plumas que hace las delicias de un grupo de infantes sin nada mejor en qué ocupar su tiempo.

Me dormí extasiado por la contemplación de mis virtudes, y despierto ciego en la densa bruma de mi ser ordinario. He perdido algo que debo recobrar, o este vacío hermético y opresivo permanecerá por siempre dentro de mí. Sin mis alas, aquella aspiración de inmortalidad redefine su plano estratégico. Ahora no poseo esa cualidad que habilita la soberbia. Ya no soy un unicornio. La fragilidad de mi alma, vulnerable a las primeras impresiones, me sustrae de la singularidad corrompida para arrojarme al reino de lo plural, de lo ordinario, de lo cotidiano.

Los niños han perdido el interés. Después de todo, no son más que unas cuantas plumas negras en proceso de descomposición. Ahora llegó un policía, tres jubiladas, un predicador con la Biblia debajo de la axila, dos vendedores ambulantes, una pareja de novios, algunos paseadores de perros y una unidad móvil de televisión. Todos se pretenden descubridores. Todos son dueños a su manera.

El agente despliega una cinta amarilla con el fin de establecer un perímetro. Al mismo tiempo dialoga con el periodista administrando palabras tales como “afirmativo” y “adminículos aptos para el vuelo”. Me pregunto por qué complica las frases de ese modo. Él conoce la existencia de la palabra “alas”, pero en el fondo debe sentirla insuficiente para el confronte con la cámara.

Las jubiladas se desesperan por contar una versión distorsionada que amenaza con sepultar la verdad de lo sucedido. El predicador ensaya una explicación improvisada tratando de que los hechos no desentonen con su discurso previo. Los novios descubren su mirada fantasiosa, teñida por la lente del amor, y discuten airadamente con los vendedores ambulantes mientras los paseadores de perros cuidan que sus protegidos no dañen la evidencia.

Cada uno desempeña su rol. Este es el automatismo que ayer me enfermaba y hoy confirmo. Han descubierto unas gigantescas alas negras muriendo al pie de un árbol, y sin embargo no son capaces de mirar hacia arriba. Si lo hicieran, mi secreto sería descubierto, pero no lo harán.

Ahora lo comprendo todo. Este único vuelo, breve pero inolvidable, me ha despojado de mi humildad. Y ya no puedo recuperarla. He adquirido una conciencia de singularidad que no murió con mis “adminículos aptos para volar”. Mi piel es nueva, y extremadamente sensible. El dichoso transitar que ayer anhelaba, hoy no parece suficiente. Es algo austero de dignidad para un ser que alguna vez fue alado. La vista se me nubla entre lágrimas. Quiero volar, pero a un mundo sin imágenes.

El policía se ha quedado solo. Se rasca la coronilla con esmero, revelando una ignorancia terminante. Su cinta perimetral es ridícula ante la ausencia de la novedad, y sin embargo ejercerá una custodia moderada hasta la hora del almuerzo. Sin duda un instante crítico en su vida. En cuanto el suelo se haga presente bajo mis pies seremos tan parecidos…




Fin.

10 comentarios:

Briks dijo...

un presagio !


las alas negras le hicieron saber - hace mucho - que de alguna manera ud. terminaria siendo un "cuervo"









NOTA: si ud esperaba un comentario inteligente debió acudir a personas capacitadas para hacerlo.
deslindo, en consecuencia, toda responsabilidad.

AH!
me gusto mucho
eso debería sumar, che

LARGA VIDA

Claude dijo...

Me atrevo a recordar que algo similar sucede con ciertos atributos morales que pueden ser pasajeros en su vida útil y permanentes en nuestra idea de nosotros mismos, como la bravura o el entusiasmo seguidos de éxito, por más fugaz que éste resulte.

Yoni Bigud dijo...

Señor Briks: Su comentario es siempre bienvenido. Solo intente no comerme los ojos.

Le prometo que todo lo que viene será muuucho más corto. Lo que ocurre es que a este relato le tengo cierto aprecio.

Claude: Roza usted el fondo del asunto.

Me quedo pensando en los atributos morales de corta vida, y llego a la conclusión de que son casi todos.

Un saludo.

Anónimo dijo...

Es el colmo. Ni una miserable aceituna, ni una triste gamba en esta inauguración y, para suplir su racanería, nos ofrece un relato místico, deslumbrante, cierto, pero desdichado.
La próxima vez que vuelva a despertarse con alas pida que se las extirpen. De inmediato. Se ahorrará usted un aterrizaje a pies desnudos, mordiendo polvo.

No somos nada, don Yoni, claro que al menos usted puede contarlo, y bien, muy bien.

Gracias por este blog. Siga contándonos y no pare, por favor,

Srta. R.

Mona Loca dijo...

Yo digo: por qué escribe tan lindo?
Me gustó su primer relato.
Me gustó la descripción de sensaciones.
Me gustó.

Yoni Bigud dijo...

Srta R: ¡Qué alegría verla por aquí! Le prometo mejorar -y mucho- la parte gastronómica. Gracias por sus conceptos.

Mona: A usté también, muchas gracias por sus conceptos. ¡Qué alegría que haya gastado unos minutitos en leerme!

Les cuento que, en general, los relatos son mucho más cortos. El asunto es que a este primero -precisamente por ser el primero- le tengo un aprecio especial.

Un saludo.

Mona Loca dijo...

Pero Yoni, un relato es largo cuando aburre.
No fue el caso.
Así que basta de disculparse, hombre, que seguiremos viniendo por acá. Que sean tan extensos como requiera la trama!


pregunta de chusma: el dibujo es suyo, también?

Yoni Bigud dijo...

Mona: ¡¡¡Aguaaaaaante Mona!!!

Su pregunta chusma: No. Soy horrible dibujando. La imagen la robé en la red, así que no descarte que aparezca alguien reclamando derechos. Me pareció increible que fuera tan bien con el relato.

Un saludo.

Anónimo dijo...

Bueno, aquí voy.
Acabo de encontrarte en un espacio nuevo para mí. NO me sorprende la buena letra el detalle prolijo ni el argumento inesperado. Te conozco de otro lado, me compace la buena lectura -sobre todo si me hace volar-
Saludos (diría Crack)
Un beso con el abrazo (digo yo)

Yoni Bigud dijo...

Viviana: Bienvenida a mi nuevo reducto. Una alegría que usted haya decidido darse una vuelta, y me alegra que le haya gustado.

Un beso, digo yo echando por tierra el empaque formal que vendo en todos mis refugios.