Centenares de oscuros relatos que, más temprano que tarde y con total justicia, serán olvidados por los lectores, marginados por los críticos y desconocidos por el autor.

martes, 18 de noviembre de 2008

EN LO PROFUNDO DE LA GALERA




“Ahora sí que la jodimos Rigoberto. Sos un inútil. La idea era que aparecieras en el pico del desconcierto, y no cuando ya todo el mundo me estaba insultando. No sé para qué ensayamos tanto si después siempre termina todo en un desastre. Estoy harto de tantos tomates. Si al menos no estuvieran podridos…

El gordo acaba de despedirnos, y ya no tengo valor para pedirle una última oportunidad; así que a partir de hoy estamos solos. Vos y yo, como el primer día. Se me acabaron las ideas Rigoberto, y nuestra incompetencia es famosa en toda la región. Además, con la compra de aquellas palomas que se nos volaron se me acabó el dinero. ¿Qué vamos a hacer ahora?”


Con el hocico húmedo y la respiración agitada, el conejo olfateaba la galera en busca de su almuerzo postergado, revelando que la novedad no le resultaba tan inquietante.

Cuando el mago acabó con sus lamentaciones, el futuro, negro y cortísimo, comenzó a desafiar sus dotes de improvisación. Pero él estaba en blanco. Apenas llegaran al hotel y el viejo no viera un centavo de la malograda función, serían desalojados con toda justicia.

Miró a su compañero con un dejo de compasión, pero envidioso de su ignorancia. El mundo estaba listo para someterlos con su horrenda maquinaria de privaciones, y él solo era capaz de pensar en el almuerzo. Entonces comprendió que lo odiaba. Rigoberto lo había involucrado en un descenso hacia la miseria más cruel sin ofrecer nada a cambio. Era un farsante y un desconsiderado.

Mientras intentaba separar la carne adherida en las últimas costillas de su amigo, tomó la pata que había cortado con su cuchillo de acero alemán y la guardó en el bolsillo derecho del saco.

“Los conejos solo dan buena suerte cuando llegan al estómago”, murmuró en un suspiro brotado desde lo más profundo del alma.

Ni bien el viejo lo echó a la calle, destinó sus últimos ahorros a la compra de un billete de lotería. Luego se sentó a esperar su destino en un banco de la plaza.



FIN

3 comentarios:

Anónimo dijo...

No hay como el hambre para convertirnos en insensibles.
Excelente. Otro.
Un beso

Mona Loca dijo...

Mi madre hubiera dicho: "La necesidad tiene cara de hereje"


era una mujer sabia.

Yoni Bigud dijo...

Viviana: El hambre es una de las cosas que nos hermana. Todos nos comportamos más o menos igual bajo sus efectos.

Mona: Su madre tenía razón. Y no solo la cara...

Un saludo.