Centenares de oscuros relatos que, más temprano que tarde y con total justicia, serán olvidados por los lectores, marginados por los críticos y desconocidos por el autor.

viernes, 28 de noviembre de 2008

IMPERATORE




Imperatore lanza un ruego ocular a todos sus compañeros y a ninguno. No sabe. Nunca sabe. Pero el dramatismo de su ignorancia alcanza mayor pureza con la espalda contra el pizarrón. Está solo, de pie junto a un docente que insiste en formular esas preguntas que lo paralizan. Si tuviera algo que responder, no podría. Pero no es el caso.

“A ver Imperatare… si me dice quién era el presidente de los argentinos en el año mil ochocientos noventa y uno lo dejo volver a su asiento y me olvido del asunto.”

Imperatore conoce de presidentes lo mismo que de física cuántica. Algunos nombres rondan por su cabeza, pero ni siquiera está seguro de que hayan ejercido alguna vez el cargo. San Martín, Sarmiento, Alberdi, Rosas… para él son todos la misma cosa; personajes lejanos y oscuros que lucharon en la época en que el país estaba lleno de indios. La mayoría de ellos Aztecas e Incas. Está seguro de ese dato, porque esos eran los salvajes que dominaban a otras tribus más débiles como los Pieles Rojas y los Budas.

El docente aumenta la presión. Exige definiciones y recorta los plazos, sabiendo que el alumno no está a la altura del desafío propuesto. Imperatore percibe el final y oculta su indefensión detrás de un talante reflexivo. La hábil maniobra le regala segundos preciosos, pues parece a punto de escupir una respuesta salvadora. De hecho, gracias a esa magnífica puesta en escena, hasta sus propios compañeros se han convencido de que es su memoria -y no su astucia- la que acude al rescate.

El tiempo se consume y la cortina de humo se disipa. El fugitivo está desnudo y acorralado; tiene que jugar la última carta.

Imperatore conoce y comprende el procedimiento. Infla el pecho, elige un nombre entre tantos y lo pronuncia. Claro y seguro de sí, como siempre.

“¡Manuel Belgrano!”

Los acontecimientos se precipitan. La cara del docente y la de sus compañeros son claros indicadores de su paupérrima elección, pero él no logra contener las carcajadas. No sabe por qué dijo eso. Simplemente salió, como pudo haber salido Artigas, Rivadavia o Juan José Paso.

“Imperatore… eso no es desconocimiento. Eso es de puro bestia.”

Imperatore toma asiento. Esa era una de las únicas cosas que sabía antes de pasar al frente.


FIN

6 comentarios:

Mona Loca dijo...

YOni, este MENCANTÒ.
me sentí identificada!!

què bien describe la sensación de vacío mental...por falta de estudio, claro.

Belgrano, Artigas, Pizarro, tal vez?...todos mezclados luchando contra los pieles rojas...

Es TAL CUAL.

Historia y geografìa nunca fueron mi fuerte, y de las dos, Historia era la peor!!

Excelente cuentículo, lo felicito.

Yoni Bigud dijo...

Mona: ¡Muchas gracias! No sé por qué en el momento de colgarlo imaginé que a usté podía llegar a gustarle.

A mí me costaba mucho geografía, igual que a usté. Me la llevaba a diciembre todos los años, junto con una carretilla de materias que luego acomodaba como podía. Era un pésimo estudiante.

Un saludo.

Claude dijo...

Ídem Mona Loca, su descripción de la situación es impecable e involucrante. No le cuento qué experiencias como las de Imperatore he tenido porque me da vergüenza. Saludos.

Yoni Bigud dijo...

Claude: Muchas gracias por pasar, y por su opinión. Si yo ahondara más en el carácter autobiográfico de esta obra...

Un saludo.

Verònica dijo...

me senti muchas veces en el lugar de IMPERATORE, y màs que nada con un profesor de astronomìa que era de lo peor, el viejo Albornoz.. jamàs se irà de mis recuerdos creo.. desde el primer dia de clase diciendo: "la letra con sangre entra".. eso ya me lo dijo todo, pero tuve que aguantarlo, un beso, Vero.

Yoni Bigud dijo...

Verónica: Algunos adoquines solo hemos entendido a través del método Albornoz. Gracias.

Un saludo.