
El perro lo miró con ojos lunáticos al tiempo que echaba por la boca una espuma blanca y espesa. Firmin se detuvo y llevó su mano a la daga que traía oculta entre las ropas. Y así se quedaron, los dos, navegando entre el cálculo y la intuición; estudiando la mutua apariencia hasta en los detalles más ínfimos.
De pronto la bestia soltó un gruñido apenas audible, que al cabo de un instante desembocó en cuatro ladridos roncos. Firmin se aferró a la daga, aunque permaneció inmóvil. Lo último que deseaba era atraer la atención de algún vecino indiscreto, pero en una callejuela angosta como aquella los balcones se extendían hasta donde alcanzaba la vista. Una anciana con el sueño cambiado podía ponerlo al descubierto, y si eso llegaba a ocurrir, el perro sería la menos seria de todas las amenazas.
Sacando a relucir sus mañas de sicario viejo, Firmin decidió que si lograba abrirse camino hacia los iluminados chapiteles de la catedral podría aguardar allí mismo a que el animal regresara a sus cabales. Entonces envolvió el torso con la capa, dio dos pequeños tironcitos al ala de su sombrero y giró sobre los talones.
La torre norte de la catedral –leyó en una placa de bronce- se había erigido en el siglo XVI gracias al esfuerzo combinado de un obispo y un conde, casi ciento cincuenta años más tarde que el resto de la estructura. Firmin supuso que alguna guerra de las que abundaban en la Edad Media habría acabado con la anterior, pero tampoco se detuvo demasiado en sus conjeturas. Solo se encontraba allí para ganar tiempo.
De regreso en la callejuela, la recepción del mastín no fue mejor que la anterior. Gruñidos, ladridos graves y mucha espuma salpicando la tierra húmeda.
Esta vez Firmin no retrocedió. En lugar de eso avanzó a paso firme hacia el animal, que con los ojos inyectados en sangre ejercía una presión descomunal sobre la cadena que rodeaba su cuello.
Intentó restablecer la armonía hablándole a pocos centímetros del límite impuesto por las ataduras, pero no obtuvo ningún resultado. Por lo tanto echó mano a la daga dispuesto a abrirle la garganta al menor descuido.
“¡Aguas van!” se oyó desde lo alto; pero Firmin no reaccionó a tiempo y fue alcanzado por los orines.
Varios improperios se le escurrieron entre los dientes mientras el perro seguía ladrando con la cadena a punto de ahorcarlo.
- ¡Aguas van! ¿No me oyó? – indagó el vecino- ¿Qué hace ahí abajo a estas horas de la noche?
- Nada buen hombre. Es este maldito perro que no se calla, y me vuelve loco.
- Pues no se va a callar, y por estas horas, en este barrio tenemos la mala costumbre de dormir.
Firmin se desembarazó del vecino con dos o tres frases protocolares, y se alejó calle arriba oliendo a amoníaco.
El mastín, por su parte, continuó ladrando hasta perderlo de vista.
FIN

8 lectores indignados:
Al final, el mastín era el menos importante de los problemas!!
jajaa!
Me gustó mucho
besos!
oh, aguas doradas (nocturnas para peor!)...
Muy bueno...
beso,
muy bueno, no esperaba menos, viniendo a visitarte ;)
saludos!
Ja! El problema no era el perro!
Desconcertante.
Me gustó.
Un dorado saludo.
Muy bueno ,escribís muy bien !!Pobre Firmín ,qué asco ...beso
Creo que ese perro, intentaba señalar algo a su dueño, quien no supo comprenderlo y por eso, sintió que el único modo de silenciarlo era quitándole la vida, cuando en realidad, posiblemente el perro estuviese tratando de salvarle la vida.
Beso!
"posiblemente el perro estuviese tratando de salvarle la vida, a Firmin".
Mona: Muchas gracias. El mastín es la excusa :)
Duquesa: Muchas gracias. No todo lo que brilla es oro.
Marga: Muchas gracias.
Camilo: Ciertamente no lo era. Gracias.
Julieta: Bienvenida. Muchas gracias.
María: Interesante interpretación. Gracias.
María: Comprendido :)
Un saludo.
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